• Caracas (Venezuela)

Lorena González

Al instante

Reconocimiento y equilibrio

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Plantear un análisis real sobre los muchos desplazamientos que desde hace un buen tiempo nos ocupan en los difíciles y sinuosos caminos que tomó la cultura venezolana en los últimos diez años, requiere una mirada certera a la hora de evaluar los procedimientos que colaboraron o los que fueron infructuosos en determinados ámbitos de este desempeño. Con respecto al territorio de las artes visuales, línea vertebral de esta columna, debo confesar que muchos fueron los momentos en que se levantó una expresión crítica sobre la parcialización y el mal manejo estatal que vinculado a la tintura política marginó caminos eficientes junto a la exclusión participativa de los actores del campo.

Del mismo modo, también han sido destacadas las buenas gestiones que en determinados momentos propiciaron el rescate de estos desvíos y solventaron y aún solventan las radicalizaciones totalitarias. Por ello el panorama es amplio, diverso y múltiple; tan vasto y particular como las individualidades y colectivos que lo integran dentro y fuera de la institución "museo". El reciente desenlace del panorama electoral abre una nueva brecha que más allá de las fantasías polarizadas destaca la preocupación real por parte de una mayoría de ciudadanos que finalmente armonizan en un valioso punto común: mejorar la grave crisis en la que se encuentra nuestro país.  

Ante un cuadro como este, las determinaciones, las acciones y los acuerdos deberían intentar distanciarse de los dos grandes peligros que nos han dividido en estos años, lentes de aumento que distorsionan el valor de la verdad dentro del pequeño relato. Del lado de la oposición está el pulso de pensar a capa y espada que nada de lo que se ha hecho sirve para algo. En la esquina oficialista, la ampliación se centra en la fetichización del opositor, tildando cualquier acción positiva como una amenaza de proporciones épicas. Entre estos dos esquemas separatistas habrá que reconocer y encontrar el delicado cauce de la verdad, lo adecuado, lo fallido y el error; armonizar los testimonios de la buena gestión, de lo justo y necesario para todos.

No es tarea fácil. Desde este espacio de reflexión mucho se ha escrito al respecto. Para no parafrasearme decidí citar palabras anteriores que aunque renuevo en un escenario político distinto, continúan, ahora más que nunca, como temas pendientes:

“La meta es encaminar los esfuerzos que las individualidades y colectividades de todas las generaciones, dentro y fuera de las instituciones públicas y privadas, han estado trazando en solitario. Tenemos que propiciar una cultura activa y dialogante, consolidar una energía plural donde no exista la condición partidista, donde la historia se preserve y se respete estemos o no de acuerdo con ella.

Es tiempo de analizar los modelos museológicos que nos han precedido (incluso los de estos años de complejidades) para tomar lo mejor de ellos y levantar un encuentro real desde la producción nacional de creadores de todas las generaciones; abrir las puertas del museo a todos los artistas del país, engranar intercambios nacionales e internacionales que ayuden a levantar posibilidades y presupuestos, incluir mejoras para un trabajador cultural que necesita apoyo y respaldo, reconstruir el invalorable destino de un museo formativo que fue academia para estudiantes de todas las disciplinas y casa para comunidades desatendidas que vivieron al museo como un espacio posible.

El museo es un organismo vivo donde debe existir la libertad simbólica y material para incluso cuestionar al propio Estado que lo respalda, para mirar su pasado y desde las variables híbridas de su presente sembrar ese vínculo crítico que solo el arte es capaz de consolidar en el alma de una comunidad dispuesta a construir un mejor futuro”.