• Caracas (Venezuela)

Lorena González

Al instante

Querido lector:

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Una vez más y como ha ocurrido en otras oportunidades, esta columna se ve atrapada por las dinámicas de un contexto que llama a la palabra más allá de lo que semana tras semana se estructura en cada una de sus pesquisas en artes visuales. De nuevo, le pido disculpas, porque es necesario revelar las ficciones y las verdades, hablar con honestidad. Hoy, en un día que para su lectura será martes 5 de enero, es para mí un lunes 4 de enero. En este periplo escribo lo que será vigencia y tiempo real para usted, mientras voy pensando en la mejor forma de decir algo sobre la legalidad de un proceso que en el preciso instante de la emisión de este texto tendrá un significado crucial para la vida cívica y la democracia en nuestro país.

A pesar de las muchas consideraciones, debo confesarle que la incertidumbre guía mis pasos, porque en ese mañana que es hoy para usted, la mayoría de los venezolanos nos vemos azotados por un sinfín de amenazas, ilegalidades y transgresiones con las que ciertas fracciones del oficialismo junto con instituciones del Estado han querido empañar y desviar la clara ruta de una victoria democrática que en las recientes elecciones de la Asamblea Nacional tuvo la oposición venezolana. Se dice rápido, pero este terrible y mordaz zarpazo definitorio es el colofón de un sistema que ha alterado a diestra y siniestra el orden constitucional del país y que tuvo a muchos opositores en la misma injusta duda de no saber si ir o no a acompañar la investidura de los diputados electos; sumergiéndonos en el penoso tránsito de una inmensa fragilidad civil, actuando como perseguidos en un proceso que debería ser absolutamente normal en cualquier país democrático.

Por eso, he querido en este texto distanciarme por un rato de lo injusto y de aquello a lo que no quiero acostumbrarme; apartarme de ese error constante que estos años nos han hecho soportar e incluso asimilar, de esa nueva y escalofriante escala de antivalores y victorias subterráneas que se han alzado como una secuencia oscura en la vida de cada uno. Yo quiero, como seguramente usted también quiere estimado lector, celebrar sin el temor a que nos metan presos. Yo quiero que lo atípico no sea lo normal. Quiero como todos, necesitar cosas y encontrarlas. Quiero poder mirar y hablar con libertad, dialogar, respetar y ser respetada en una sociedad plural. Yo quiero saber que cuento con las instituciones de mi país y que en todo el territorio nacional cada uno de nosotros tiene el apoyo de un Estado que lo protege y lo respalda, independientemente de su afición o gusto político, de su género, su estatus o su preferencia sexual.

Yo quiero confiar en que las leyes existen y son respetadas, que no es posible que un sistema judicial aprisione los derechos de los individuos a los cuales representa por una oscura necesidad de permanencia en el poder. Me gustaría mucho saber que vivo en una democracia sin presos políticos y que el que está preso o libre ha recibido el correcto desempeño de la ley. También quisiera saber que no hay mulas, ni pagos, ni contrabandos, ni tráficos ilegales de todo tipo en un peligroso ejercicio de economías ilegales; quisiera saber dónde está el dinero de mi país, dónde su curso, sus fines y su destino.

Finalmente, además de todas esas cosas, quisiera tan solo tener la sencillísima y pequeña certeza de que mientras usted está leyendo esta columna yo podré estar parada en la Asamblea Nacional, que estaré tranquila junto a muchos otros, viendo y acompañando un evento común, que no tendré que llevar vinagre por si empiezan las bombas lacrimógenas; que no habrá grupos armados, ni confrontaciones, ni carreras, ni rumores, ni policías en gigantescas motos sin placas lanzando balazos desestabilizadores; quiero pensar que no habrá caos, ni extrañas noticias, ni censura, que no van a haber más violaciones.

Entonces podrá ser un gran día, un día sereno, en el que ese país normal que tanto necesitamos por fin aparezca. Ojalá.