• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

Presos políticos

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En los momentos que Venezuela atraviesa parece no haber distancia entre aquellos acontecimientos que en el tiempo señalaron la arremetida de lo humano. Inestabilidades de una trama política que parece repetirse en determinados contextos. Ruidos equivalentes, desorden, quejas, dolor. Angustias del individuo que se resiste, del colectivo que escapa y se lastima. Allí, en esa brecha transversal, germina el ritmo de un sonido implacable: una sola voz, un golpe fijo y contundente; crudo embrague de una memoria compartida, de un silencio a voces que reclama sus derechos.

El 19 de abril inauguramos en la galería de arte de la Alcaldía El Hatillo la exposición Obra abierta. Ejes de libertad. La muestra estableció reflexiones sobre un tema que se ha convertido en uno de los puntos más álgidos de los problemas políticos, económicos y sociales que transita nuestro país. Entre las actividades inaugurales desplegamos el desarrollo de un conjunto de performances donde apuntamos por el impulso crítico de la acción física como gesto efímero y enlace permanente que se ancla por entre los murmullos de una ciudad y un cuerpo interrogado en tiempo real. La mayoría de las performances tuvieron lugar en la plaza Bolívar, por este motivo le pedí a la artista Consuelo Méndez que desarrollara una acción que conectara el traslado del público desde la galería hasta ese lugar.

Para el diseño de su intervención conversamos muchas cosas. Pero la performance es en sí misma una suerte de estrategia no programada, parte de una idea, de una intuición y luego se amplifica con las respiraciones que emanan del afuera. Consuelo quería invitar a firmar por la libertad, para ello se colocó un engranaje de jaulas que encerraban su cabeza, debidamente cubierta por un tejido que le daba un aire de figura milenaria. Inició el recorrido con un llamado y una melodía, pero poco a poco el encierro corporal suscitó la enunciación a pleno pulmón de las situaciones más críticas de la Venezuela reciente: "¡Presos políticos!", gritaba Consuelo, mientras contaba "1, 2, 3… 16… 35… ¡La Tumba!". Continuó, sin parar, enumerando los muertos por la violencia, los asesinatos de policías, los crímenes diarios, la terrible crisis cotidiana de la vida en la muerte.

Una amiga impactada me comentó sobre las cercanías de este trabajo con un poema de Andrés Eloy Blanco titulado Pesadilla del tambor, que escribió cuando fue preso político en tiempos de Juan Vicente Gómez. Alucinado por el dolor, desplegó este testamento en La Rotunda, circunscrito al sonido espantoso de los que venían llegando, de los grillos, de la oscuridad, de las torturas, del peso voraz de la injusticia. Posteriormente lo grabó con su propia voz. Mi amiga lo conocía por su familia. Su padre también fue un preso político de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en los años cincuenta. Su madre colocaba la grabación a finales de año, pues lo consideraba el testimonio de una tragedia que no debían borrar de la memoria.

Hoy estamos de nuevo en ese territorio devastado, desconociendo los lugares que no debimos volver a visitar como sociedad. Desde esta fractura del tiempo, Consuelo Méndez levantó aquel día el mismo lamento de Andrés Eloy Blanco, clamando desde las sombrías catacumbas de un país que se ha convertido en una inmensa cárcel.