• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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El Premio Mendoza #12+1

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El año pasado se recibió la noticia sobre la dinámica inédita que planteó el Premio Mendoza para su nueva edición: una convocatoria plural en la que pudieran participar artistas de cualquier procedencia, dispuestos a empalmar un proyecto que estaría sujeto a las votaciones posteriormente desarrolladas por un jurado de 12 curadores.

Los participantes fueron los artistas más votados, para lo cual se sumaron todos los valores –en escala numérica del 1 al 12– que cada curador destacó de 12 creadores, a partir del universo completo de casi 100 postulantes.

Debo confesar que desde los inicios me pareció un mecanismo arriesgado. Una escala del 1 al 12 sin una deliberación entre un grupo de especialistas –lo que sería más conveniente– podía desembocar, como lo hizo, en sumas y selecciones con las que no se está realmente de acuerdo. En segundo lugar, no dejé nunca de pensar en el resultado final.

Una curaduría es un reto sustancial y los procesos artísticos de los creadores involucrados también se construyen al alimón del diálogo que tiene lugar entre todos los actores del plan: museógrafo, curador, diseñador, artistas, asistentes, montadores... El perfil de esta convocatoria a pesar de refractarse como una lectura desde la democratización aparente de las redes sociales, los reality shows y los concursos de talentos que abundan en el imaginario mediático y las formas de lo global, no parecía visualizar ese diálogo necesario entre los conceptos y la forma, la materia y el espacio, la idea y los resultados que acompañan la totalidad de la investigación.

Para entenderlo, es necesario visualizar al proceso curatorial como un intento sinfónico y al curador como una suerte de director de orquesta. Hay músicos que necesitan más ensayos, otros que saben la partitura de inmediato, unos van muy rápido, en tanto que algunos olvidan cosas. El curador está allí para ajustar esos detalles; acentuando las fortalezas y debilidades de cada uno, lo que influirá en la presentación definitiva del movimiento visual-espacial.

En el caso de la reciente edición del Premio Mendoza no parece haber brotado esa zona de intercambio; es como si todos los músicos –gracias a calificaciones otorgadas por un grupo de personas que no los han visto ni escuchado en vivo y a una coordinación abierta– estuvieran interpretando una partitura que nunca ensayaron en conjunto.

Esto propició no obstante dos cosas. Una muy favorable, que fue ciertamente el contar con una resonancia mucho mayor a nivel de medios, conocimiento y difusión dentro de todos los ámbitos de proyección del Salón desde su apertura, lo cual lo populariza con éxito hacia nuevos entornos de la vida pública y artística; sin embargo, en sala, un alto porcentaje de propuestas que aún están en proceso sobrepasan a las obras realmente acabadas en el universo particular de sus conexiones formales y conceptuales consigo mismas y con el espectador. Entre estas destacan la premiada Tubos, de la dupla Yance y Bonfanti; la mencionada Basta de falsos héroes de José Vívenes y dos más: Festival de crítica de María Virginia Pineda y Correspondencia de Arnoll Cardales. Como ejercicio, esta edición funciona como una apuesta curatorial específica, pero si pretende ser un modelo a largo plazo deberá proyectar ajustes que asienten más nueces y menos ruido en los linderos cada vez más difusos del arte contemporáneo venezolano.