• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Muchas veces la historia prefigura adaptaciones manejadas por aquellos que ejercen el poder. La mayoría de nuestros recuerdos están sujetos a ese hilo oficial que va modelando olvidos y verdades. Desde este ángulo, la realidad se convierte en un inquietante sueño compartido, espejismo de contradicciones que murmura accidentes entre lo que somos y las rutas delineadas por un inalcanzable tejido donde se oficializan las variables de lo que ese poder considera necesario para su permanencia.

La historia humana está penetrada por estos abismos. Fue la segunda mitad del siglo XX, con el apego que demostraron las sociedades hacia la vida democrática, el período que quizás con mayor conciencia quiso colocar en manos de lo colectivo las decisiones estatales. Los oscuros matices del todo comenzaron a adquirir las particularidades brillantes de la consulta legislada y la participación activa. Es el momento de las leyes administrativas, del derecho civil y de la facultad concluyente de la individualidad.

Aunque la revolución del mundo web asentó estas iniciativas en un archivo universal gobernado por la práctica privativa de cada una de las partes que hacen vida en el todo; continúan desplegándose asentamientos monolíticos difíciles de cambiar: colectividades al borde de la miseria que ni siquiera tienen acceso a la herramienta digital o más allá de estos casos puntuales, el crecimiento de sobrentendidos inoculados en el ejercicio de las hegemonías dominantes: la desigualdad entre el hombre y la mujer junto con la exaltación preferencial del género masculino.

Algunos destellos en medio de los laberínticos espacios de una feria de arte me conectaron con estas consideraciones. El primero fue la excelente muestra que con el título Color, gesto, materia presentó la Colección Mercantil en la FIA, indagando en la obra de cuatro artistas fundamentales en la historiografía nacional: Mary Brandt, Teresa Casanova, Mercedes Pardo y Maruja Rolando. A través de una cuidada selección los espectadores pudieron vincularse con la prolífica experiencia plástica de creadoras cuyos ejercicios formales también consolidaron los logros de la abstracción en el país.

En el caso de la Fundación Provincial, el homenaje al Taller Cobalto fundado a finales de los años setenta bajo la gestión de Alicia Briceño y con el apoyo posterior de Sofía Ímber (gestora, periodista e intelectual agasajada en esta edición de la FIA) abrió las puertas al impulso productivo de mujeres venezolanas.

Finalmente, la obra de Nayarí Castillo, quien participó en el proyecto de Banesco La mirada del otro con la pieza Colección conmemorativa Lya Imber de Coronil o anotaciones para celebrar heroínas, congregó el punto de atención que de algún modo unió todos los impulsos que enaltecieron lo femenino en el recinto ferial. La ausencia de mujeres en la colección numismática de Banesco (más allá de La Niña, La Pinta y la Santa María) la invitó a desarrollar una serie de monedas y billetes conmemorativos de cinco figuras claves en la historia civilizatoria de Venezuela: la periodista Ana Luisa Llovera, la educadora Mercedes Fermín, la gestora cultural María Teresa Castillo, la actriz y directora de teatro Juana Sujo y la escritora Teresa de la Parra.

Sobre cinco delicados estuches, Castillo potenció una multiplicadora frase que las involucró no solo a ellas, sino a la labor de muchas en una historia segmentada que todavía espera nuevas consideraciones: “Ellas también tuvieron el Ávila como jardín”