• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Cruces y ficciones

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Bajo el título Cruces contemporáneos, las salas 1, 2 y 3 del Museo Alejandro Otero presentan una selección de piezas de la Colección distribuidas en dos segmentos unidos por el mismo nombre. La primera de ellas es una aproximación a la obra de Alejandro Otero a través del estudio de su cronología y su obra. Ubicada en la entrada, la muestra se extiende por la historia visual de este magnífico artista en un recorrido que traza el paso de la figuración a la abstracción, piezas emblemáticas de series como Las Cafeteras o Los Coloritmos junto a las fantásticas aproximaciones al arte digital que delineó en Saludo al Siglo XXI. A pesar de la intención de acompañar contextos críticos y reflexiones del artista la revelación de estos pasos, la inserción áspera y con graves problemas de acentuación en los textos rotulados, debilita a nivel museográfico lo que hubiera podido ser un buen recorrido.

A su lado y en la parte superior, las salas 2 y 3 continúan con el mismo nombre. Allí nos encontramos con una inquietante selección: obras de Sigfredo Chacón, Dulce Gómez, José Antonio Hernández Diez, Diana López, Yucef Merhi, Roberto Obregón, Muu Blanco, Armando Reverón, Marisol Escobar, Paloma Navares, Gerardo Suter y Francis Alÿs, entre otros creadores que nos vinculan con la convulsa y prolífica década de los años noventa, etapa donde la mayoría de estos paradigmas conceptuales y formales fueron producidos.

Sin embargo, un gesto ingenuo y ligero agrupó esta segunda parte en dos categorías. En sala 2 fueron reunidas como Expresiones de lo lúdico y en sala 3 como Expresiones de ficción. En extremo amplias y por lo tanto débiles, estas dos clasificaciones abruman por su inoperancia curatorial. Son características fundamentales del arte en general lo que devela un estudio rapaz y frágil de cada una de las obras allí exhibidas, así como una fractura en el planteamiento: bajo esos dos estigmas podrían ser reunidas estas propuestas pero también cualquier otra variación, desde la Cueva de Altamira hasta nuestros días.

No obstante, por varias razones, hay que verla. Una, es detectar como a pesar del fallo se sostiene la fuerza intrínseca de cada obra; la otra, es la evidencia de una fisura más profunda, pues al colocar dentro del “cruce” la obra de Otero, surge la sombra adulterada de aquella hermosa muestra titulada Contemporánea que en 1999 exhibió prácticamente el mismo conjunto, pero como un grupo de adquisiciones realizadas por el MAO entre 1994 y 1998.

Al final del recorrido una frase rotulada del sociólogo Norman L. Friedman concluye: “El fin primero de la ficción es producir la ilusión completa de la realidad”. La muestra y su imposibilidad de consumar ese pensamiento me llevó de inmediato a otro cruce extemporáneo de ficciones que también en su intento voraz de sustitución se resquebraja, atrapado por los saturados vahos de nuestro presente: engaños desmesurados, campañas mediáticas sin base, heroísmos ultra-fingidos; la gélida mueca de un poder sórdido cada vez más agrietado por el demandante aluvión de la verdad.