• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

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El domingo 14 de septiembre fueron inauguradas dos exposiciones en los espacios de Oficina #1. La primera de ellas con el título Boom and Bust es una muestra que completa una mirada sobre el trabajo más reciente de la artista Ana Alenso; la segunda, con el nombre Quebrada escondida, inserta en el panorama de las artes venezolanas los dinámicos procesos del creador Rubén D’Hers.

Ambos artistas de origen venezolano se encuentran residenciados en Berlín y en su visita conjunta a Venezuela también proyectaron la realización de una acción al unísono en la instalación Fundamentos lineales que actualmente se exhibe en el Salón Banesco Jóvenes con FIA; una obra tan inquietante como sosegada que integra las poéticas delirantes del objeto encontrado característico de la obra de Alenso, con la multiplicación sonora y las metáforas del azar que vibran en los intersticios abiertos por D’Hers.

Suele ser la vida febril y callada en sus enlaces. No tiene remilgos a la hora de inaugurar lo necesario, de darle curso a lo que está atascado para desprender, como si nada, las férreas capas de lo obstruido. En este punto la sencillez suele ser la clave, zurce lo inconexo, enlaza los referentes e inaugura el lenguaje de lo que no puede ser nombrado. En el caso de Alenso y D’Hers, tanto en su proyecto en conjunto como en las dos individuales que estarán en exhibición hasta mediados del mes de octubre, nos encontramos con propuestas que respiran en las maniobras de lo fantástico; la belleza comulga en ellas desde el enigma generado por las tensiones que las integran: son todo y nada, están y no están, han caído aquí y permanecen a punto de desaparecer, germinando sobre el bullicio ensordecido que lidera las prácticas recientes de nuestra turbada ciudadanía.  

En la muestra de Alenso, las tramas del mercado bursátil, los errores del sistema y los posicionamientos subyugantes de fenómenos como la enfermedad holandesa –término usado en economía para identificar las consecuencias negativas que sufre un país cuando experimenta un crecimiento súbito en sus ingresos mediante la explotación de materia prima– son trasladados hacia reflexiones objetuales de una gran carga simbólica y formal, residuos, hallazgos, marcas, evidencias y reflejos que al recomponerse en el espacio museográfico trasladan hacia el espectador sensaciones múltiples y alternas, visualidades sensoriales donde anidan las tracciones individuales del conflicto social que se agita bajo los quiebres intangibles del proceso macroeconómico.  

En la obra de D’Hers, es el campo de acción del sonido el que se expande a través del engranaje sutil de líneas dispersas, una ambientación instalativa donde estructuras mecánicas, cables, instrumentos musicales, cuerdas y artilugios en movimiento se acoplan para desarrollar una atmósfera penetrante. Entrar es desprenderse de todo ante la potencia de un espacio otro, surgimiento de una textura inexplicable construida por la cadencia inesperada que brota de lo no existente, de lo abandonado, de lo inamovible. Paisaje sonoro y visual que surge como tregua, que abraza, como el descanso que arropa al abismo desde las emanaciones ocultas de la delicadeza.

En ambos procesos nos enfrentamos a la contingencia de un encuentro casi táctil con el detritus y sus variables como estructuras resonantes de la vida; materia sensible que nos devuelve a nosotros mismos y que articula idea y formato bajo el sigilo indescifrable de la existencia humana.