• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

Bifurcaciones III: el arte del mercado

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Máscaras, artificios, revelaciones, trucos y certezas son algunas de las claves que transitan en veloz movimiento por entre las vertientes de ese campo activo que nuestra época abre para el intercambio económico a través del arte. Paradójicamente, en un mundo donde proliferan dificultades económicas, políticas y sociales, las artes visuales parecen haber entretejido un mecanismo inédito en el que la manifestación de lo intangible despunta como uno de los bienes más cotizados de los últimos tiempos.

El propio Luis Camnitzer destaca en varias de sus intervenciones recientes que en el siglo XXI el arte se ha consolidado con mucha rapidez con base en lo que él denomina una civilización gobernada por los neo-feudalismos. Con esta máxima se refiere a pequeños grupos de inversionistas que multiplican de forma asombrosa sus capitales y que han comenzado a guiar el destino del arte, personalizando estrategias en las que incluso la colocación en comodato –dentro de los museos más importantes– de piezas compradas en las grandes ferias garantiza el crecimiento historial de estas y su legitimación institucional.

A este modus operandi similar al desenvolvimiento monárquico del arte previo a la modernidad, le siguen cuestionamientos y situaciones paralelas que complican aún más la definición de una línea coherente dentro del estallido. En este sentido, recurrimos a la ya citada Sarah Thornton, quien nos recuerda en su libro Siete días en el mundo del arte dos líneas pertinentes: la primera, los problemas que las grandes casas de subastas afrontan ante la escasez de las obras de los grandes maestros y la necesidad, en consecuencia, de modelar nuevos artistas ejemplares. El segundo, los testimonios de creadores de trayectoria como John Baldessari, quien asegura con ironía que en el futuro la humanidad se dará cuenta de que este furor se ha basado en la adquisición de una gran cantidad de papelitos, collages, piecitas y retazos que van a evaporarse con rapidez y que no sirven para nada.

No obstante, el arte está allí y a pesar del desafuero sigue consolidando sus caminos, logrando en la mayoría de los casos no perder el desempeño sensible que lo convierte en una entidad multiplicadora de sentido. Quizás la gran pregunta conveniente sería: ¿qué es lo que compra la gente, qué quieren, qué necesitan? Si proyectamos un vuelo raso sobre los artistas más buscados y las piezas más cotizadas nos encontraremos con un enclave crucial: fragmentos, retazos, archivos, pesquisas, testimonios personales, dudas… Allí, brota un arte que se pregunta por sí mismo y que carente de aseveraciones tan solo refleja desde sus estrategias particulares los dolorosos quiebres de un mundo que dejó de ser para todos, de sociedades que ante la posibilidad del progreso que impulsó los avatares del siglo XX se ha encontrado con la compleja debacle de todo lo conocido. Tal vez perdidos, exilados dentro de nuestros contextos, conviviendo en un nudo hosco donde incluso se ha desvanecido la fe y la confianza del individuo en sus semejantes y en el afuera; estemos intentando reescribirnos a través de la conjunción de esos fragmentos hacia los que se inclina el arte actual: manifestación de estados críticos donde se debate la oscilación de una inquietud, poéticas de una fragilidad común en la que se reviven los extraviados lugares de la memoria, la identidad, la verdad y el vínculo.