• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

Bifurcaciones II: el mercado y el arte

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En conversaciones sostenidas con alumnos y colegas han surgido preguntas en torno a esas figuras de la pródiga demanda que rodean los linderos del arte actual. Pues por más que se profundiza en consideraciones y análisis diversos, cuesta mucho entender cómo es posible que creadores recientes superen los montos y hasta el alcance de sus piezas en desplazamientos que se disparan con una velocidad exorbitante por sobre los costos de los ya casi olvidados grandes maestros del arte.

Nombres como Yayoi Kusama, Jeff Koons, Takashi Murakami e incluso el latinoamericano Félix González Torres, entre muchos otros, pertenecen a una generación cuyas trayectorias son dibujadas mediante amplios estudios de mercado, presentando carreras más cercanas a los enérgicos vaivenes de una bolsa de valores que a las variables y problemas del desarrollo del arte en la contemporaneidad. A propósito de González Torres, vale la pena destacar un ejemplo.

Conocí la obra de este artista cuando comencé a trabajar en el Museo Alejandro Otero. A este lugar llegó una muestra con el nombre Sin título, Caracas en el año 2000, la cual reunía una retrospectiva de un cuerpo de trabajo que comenzó a circular con mayor profundidad luego de su muerte a mediados de los años noventa. En aquel momento me impactó sobremanera este creador –a quien Nicolas Bourriaud dedica un capítulo especial en su texto Estética relacional– por representar una apuesta particular de conexiones vinculantes, como esas impecables montañas de caramelos que el público podía retirar y desvanecer en sala, engullendo a la obra, participando de un proceso colectivo, de una poesía material en la que el artista convoca los procesos de la vida y la muerte en la boca y el alma del visitante, equiparando incluso el peso de algunas de estas instalaciones con el peso de los cuerpos de afectos personales desvanecidos.

Bajo esta dinámica fueron también famosos sus bloques de copias Offset, donde frases, datos e imágenes de una gran fuerza poética se encontraban distribuidas para que el visitante se apropiara de ellas. En esta delicada trama, paisajes evanescentes esperaban la mano del espectador y la continuidad de un gesto que se vaciaba desde la sala del museo hasta el pulso inherente de la existencia. En la pasada edición de Art Basel en la ciudad de Miami tuve la oportunidad de visitar el stand de la Andrea Rosen Gallery, quienes lo exhibían. Impulsada por el recuerdo me dirigí con entusiasmo a un bloque de copias que estaban en el centro del espacio, dispuesta a retirar una. Cuál no sería mi sorpresa cuando no solo la preocupación de los presentes sino también la mirada desesperada del encargado de la galería convirtieron el gesto natural de aquella apropiación casi en un performance, mientras el joven le comentaba a mi acompañante que tenía comprometido el bloque completo a un coleccionista, por miles de dólares.  

En ese instante suspenso estaba retratado el conflicto cardinal entre el mercado y el arte. A pesar de los aspavientos pude llevarme la copia ideada para tal fin, la cual por extrañas circunstancias perdí al final de mi viaje. Sin embargo, no me pesó. En ese cruce del destino la pieza salió de mis manos y continuó su ronda de efímeras transiciones, tal como lo esperaba el artista que la concibió.