• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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Los ojos de la suerte

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En la intersección de las avenidas St. Charles y Louisiana, en Nueva Orleáns, hay un músico salvaje que sopla un saxo alto con furor inducido de crack desde una boca a la que le faltan varios de los dientes de arriba. La faena debe ser ardua, aunque él, con los músculos del cuello estirados por el esfuerzo, parece no darse por enterado. Sopla y sopla un remedo de banda marcial con un dejo al Eric Dolphy de Out to Lunch: estridente, desesperado, pero con la certeza de estar haciendo un buen trabajo. Pocos conductores se animan a tirarle monedas.

Se trata de un caso clásico de cerebro astillado proveniente de alguna barraca siniestra del gran gueto que, a pesar de la avanzada de la gentrificación, todavía es el sector de la ciudad que se conoce como Central City. La zona siempre figura en la prensa local como escenario de crímenes entre crueles y ridículos. Como si los venezolanos tuviéramos el poder de exportar nuestra mala vibra, la avenida principal de este infierno urbano se llama Simón Bolívar.

La miseria del gueto repta con sigilo tal que, incluso, es capaz de alcanzar el sistema nervioso central de figurones consagrados, como el del pianista Herbie Hancock, quien, a mediana edad, se enganchó al basuco. Sin embargo, la notoriedad de otros se dejó pulir no tanto por las adicciones o el peso de una torturada historia social como por los caprichos de las casualidades y los itinerarios. Es el caso del acordeonista francés de origen argelino Nobert Slama: a éste lo descubrí por casualidad en Yuki, un restaurante japonés de la turística calle Frenchmen. Tocaba su instrumento con una muchacha misteriosa −tal vez cincuenta años más joven que él− sentada a su lado. Era ella quien recogía propinas y le mostraba el camino. Porque Norbert es invidente. No lo vi durante varios años y la otra tarde me lo conseguí en un bar de hipsters, el Circle Bar, tocando su repertorio acostumbrado de jazz gitano a lo Django Reinhardt y de balmusette. En esta ocasión un guitarrista hacía las veces de hada bondadosa. El público no debía sobrepasar las diez personas, todas preguntándose “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”.

No era para menos. Aparte de ser un virtuoso de digitación supersónica –también es pianista–, Norbert arrastra la penitencia de su propia biografía: nacido hace 89 años, ha un sido mujeriego empedernido con seis matrimonios a cuestas y entradas y salidas de amante en amante. A los 14 años le fue diagnosticado un cuadro ocular de retinitus pigmentosa, lo que, a pesar de que lo ha ido dejando ciego, no lo ha intimidado para cambiar cada tanto de continente: Francia, Italia, Israel, giras por Asia y América Latina, para terminar recalando en Estados Unidos y, desde hace quince años, en Nueva Orleáns.

Norbert Slama ha tenido una existencia nómada e inefable que nadie sospecha entre sus cedés autogestionados –quemaditos, ilustrados con impresiones artesanales a color y vendidos a diez dólares− y sus modestos conciertos para leales y contados habitués. Aparte, lo contratan en fiestas privadas –en especial matrimonios–, donde toca su acordeón con la sonrisa beatífica de un Stevie Wonder de otra parte. Su vejez, melódica y casi inocua, cuenta con un pasado que, de solo verlo en vivo, suena como una exageración:

Tocó en la cubierta del yate de Aristóteles Onassis, dirigió el combo que alguna vez acompañó de gira a Josephine Baker, recibió el elogio de Edith Piaf en el camerino de la cantante y simpatizó con Elizabeth Taylor. Como si su pasado o su leyenda urbana no tuvieran la más mínima importancia, el viejo transita entre el sur de Francia –donde regentaría una posada para turistas− y una vida nómada en Nueva Orleáns, donde nunca ocupa la misma casa por mucho tiempo y donde se gana el pan tocando en casi cualquier parte la música de su infancia.

Es curioso lo que la vida hace con algunos que, se suponía, debían estar en la cresta de la ola, aunque esa sea intriga de la vanidad de otros. A los ojos del ciego el tiempo no existe.