• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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Leopoldo Tablante

La multiplicación de los penes

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Resistí, pero al cabo pudo más el llamado de la sangre.

Maduro hereda y se enreda. Él sabe bien que carga con un compromiso de histrionismo imposible. En su cabeza se entrechocan el recuerdo de Hugo Chávez deseándole ánimos a un colaborador de su tren ministerial antes de someterse a una operación en la entrepierna (un “estiramiento de guaya”), así como su promesa de darle “lo suyo” a su ex esposa Marisabel durante la víspera de un día de San Valentín. Por si fuera poco, Chávez, que en la imaginación de Maduro es un pajarito, fue del dicho al hecho: sacó al miembro reproductor masculino de su etapa refractaria para erigirlo, como eterno tótem priápico, en forma del horrendo cohetón rojo y negro de la plaza El Venezolano o, incluso, para diseminarlo entre el pueblo en forma de un teléfono celular bautizado “vergatario”.

Como todo ejemplar de su especie, el “vergatario” era capaz de vibrar al sonar o al activar el modo silente. Me imagino que en este instante el comandante Chávez debe estar fraternizando con el doctor Joseph Mortimer Granville, el médico británico que, en plena Inglaterra victoriana, inventó un relajador muscular eléctrico bautizado entonces “martillo de Granville”, que se hizo muy popular entre las mujeres porque, aplicado ahí mismo, les procuraba el “paroxismo” necesario para “curar” la histeria. Sin embargo, en los años cincuenta la Asociación Americana de Psiquiatría despejó el enigma: la histeria no es una verdadera enfermedad. Es un mito inventado por la comunidad de médicos de sexo masculino que, con su falso diagnóstico, delataba más bien sus lagunas en el terreno amatorio.

La obsesión con la idea de recalcar el carácter “cuatriboloeao” de la revolución bolivariana ha sido un esfuerzo semántico en el mismo sentido: construir la identidad del “proceso de cambios” como resultado de una iniciativa de un hombre fuerte, Hugo Chávez, que, usando el lenguaje del ex presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez, era varón tanto en el ámbito político como, dizque, en otros más privados.

¿Para qué pedirle peras al olmo? Después de todo, las revoluciones figuran en el papel como iniciativa de individuos animados por sus gónadas. De Simón Bolívar se cuenta su apetito por las más jóvenes y apetecibles mancebas de los pueblos que visitaba cuando se encontraba en campaña. En Los miserables, el libro favorito de Hugo Chávez, su tocayo Víctor Hugo describe a uno de sus personajes principales, el Marius Pontmercy enamorado de Cosette, como un soñador sin virilidad alguna hasta que abraza la causa de República durante de la Revolución de Julio de 1830 y va a sacrificarse en las barricadas. El Che Guevara, que perdió la virginidad gracias a los favores de las domésticas de su niñez y juventud (de donde extrajo su primer apodo: “el chancho”, del que se sentía muy orgulloso), humillaba públicamente a los desertores llamándolos “maricones”. Todo este relato de espadas duras y rutilantes (la espada de Bolívar), para las que el norte es el sur, conecta naturalmente con la rectitud fálica de nuestros aliados recientes: Rusia, donde la homosexualidad es delito; Irán, donde, públicamente, se cuelgan adúlteras; o Libia, donde el caído Gadafi se jactaba de la bella existencia de sus harenes.

Que una de las mayores motivaciones oficialistas para atacar a Henrique Capriles Radonski durante la campaña presidencial haya sido su celibato y su supuesta homosexualidad habla de que hoy Venezuela es el molde de yeso que espera el bronce caliente que hará realidad la estatua de Chávez erecto. El acto fallido de Nicolás Maduro, más que evidencia de su falta de talento como orador, es manifestación de una anacrónica política de Estado que, mientras avergüenza a parte de la sociedad venezolana, halaga, por la razón que sea, a quienes ven en el chavismo el regreso del carácter del padrote criollo dispuesto a hacerle el favor a Venezuela, esa mujer mal querida que, a pesar de todo, está a punto de conocer el orgasmo de la llamada justicia social.