• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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La misión de la enésima República

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Pasado los bombos y platillos de los 112 escaños de la Mesa de la Unidad Democrática contra los 55 de los partidos aliados al presidente Maduro, tiene que quedar claro que la gestión de los nuevos diputados va a ser de todo menos fácil. Recuérdese que desde hace algunos años la Asamblea le ha ido dando poderes habilitantes al Ejecutivo, poderes de los que este goza todavía. Por supuesto, de ahora en adelante la Asamblea Nacional no asentirá en pleno las ocurrencias de Maduro, que se quedó el domingo 6 de diciembre con un ñame crudo entre las manos. Sin embargo, los parlamentarios recién electos todavía transitan el legado carismático de un Chávez que es considerado redentor de la condición política del pobre: el mismo que importó médicos cubanos para atender enfermos en las barriadas más hostiles de Venezuela, el que se obsesionaba con la necesidad de educar a las masas y que se aventuraba a hacerlo él mismo por Aló, Presidente, a pesar de su famoso lapsus «adquirir-adquerir» (nada es perfecto).

Chávez puso el dedo en la llaga en lo que tiene que ver con señalar las necesidades de los que menos tienen, que no tanto para encontrarles soluciones verdaderas: Barrio Adentro, los planes de masificación de la educación a través de las misiones Robinson, Ribas y Sucre, la Gran Misión Vivienda Venezuela, la más redundante de todas por aquella barrabasada de «vivir viviendo». En su condición de mago televisivo, el finado inventó una agenda pública sin necesidad de plan de gobierno. Sabía hablarle al país, y desde su tribuna hertziana, puso a sudar la gota fría a los esclavitos de su tren ministerial, encargados de hacer realidad sus sueños y de ser humillados en público a la hora –ineluctable– de fallar. Todo ese martirio no alcanzó. Las misiones tuvieron, quién lo puede negar, un impacto simbólico notable, pero no educaron lo suficiente a nadie para formar personas productivas y pacíficas ni para dignificar a los damnificados. A pesar de esto, el chavismo graduó a los más pobres de ciudadanos, pendencieros e hipersensibles, pero de ciudadanos al fin.

El idealismo del «hombre nuevo» chavista se apoya sobre sus programas sociales, de eso están claros sus principales beneficiarios. Sí, ya lo sabemos, salud a palos y educación sin mucha moral ni muchas luces, pero por ahí van los tiros. Y lo de los tiros no es metáfora. Hoy el mundo se estremece de pavor ante la aleatoriedad del terrorismo islámico, y tanto Francia como Bélgica son dos de las principales fuentes de sangre nueva para el integrismo suicida. ¿No tendrá que ver con que Francia, por ejemplo, cuya comunidad musulmana proveniente de las antiguas colonias roza el 10% de la población total, ha creado límites urbanísticos y educativos precisos que catalizan la frustración social de los suburbios y estimula a los jóvenes excluidos a abrazar por Internet causas ciegas y fanáticas? Porque como Chávez, ISIS tiene plena conciencia de lo práctico que es figurar por Youyube para pescar en río revuelto.

Superados los años en que deberá hacer las veces de dique de contención política, el consenso de la oposición debería comenzar otro ciclo histórico mostrándoles cierta necesaria empatía a sus oponentes y aceptando como ciertas las mejores intenciones del Chávez idealista. ¿Quieres una sociedad pacificada y capaz de reconciliarse consigo misma? Entonces cura y, sobre todo, orienta a tus viejos excluidos. Cobra implacablemente tus impuestos, castiga severamente la corrupción, invierte el ingreso fiscal y la renta petrolera invitando a educadores y médicos a que le metan mano a los barrios del país, trátalos muy bien, como la élite que son y seguirán siendo, crea oportunidades que hagan pensar en un escenario de esperanza, dale crédito a tus propios aliados. De la tarea –que se cobrará la motivación de varias generaciones– dependerá el crecimiento de una clase media con seso suficiente para apreciar, algún día, las ventajas de vivir sin ganas de soplarle el tubo a una bicha criminal.