• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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Leopoldo Tablante

La masacre de los fantasmas

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A los movimientos revolucionarios nacionales les corresponde una industria paralela encargada de construir sus mitos y sus símbolos. En México, por ejemplo, en tiempos de Lázaro Cárdenas, fue lanzado el clásico Vámonos con Pancho Villa , que a pesar de su importancia fue un fracaso comercial que quebró a su productora, Cinematográfica Latinoamericana S.A., en la que estaba involucrado Alberto J. Pani, fundador del Banco de México. Tras la experiencia, el Estado prefirió cederle la ficción fílmica nacional a destacados productores (Arturo Ripstein y Gregorio Walerstein entre ellos), quienes se ocuparon de cubrir las salas latinoamericanas con sus historias de machos de cantina y mujeres desengañadas que oscilaban entre la ciudad y la provincia y que, según Carlos Monsiváis, enseñaron a los mexicanos a ser mexicanos.

El gobierno bolivariano también comprendió el rol estratégico del cine para modelar las conciencias y por eso fundó la Villa del Cine.

Sin embargo, ante la modestia de sus resultados en tiempos de Internet y de redes sociales, la gestión comunicacional revolucionaria ha preferido atomizarse en la latonería y pintura de la realidad: perseguir, multar y cerrar medios de comunicación privados que coinciden en que el color de los tiempos que corren es el rojo de alta saturación de los más de 20 mil plomeados anuales.

Abro Twitter y me salpican muertos ya viejos, de referencia: una mujer, Carmen Vezga Pinzón, de 44 años, asesinada a la salida de un centro comercial de Terrazas de Club Hípico porque quiso salvar su iPhone tirándolo al suelo de su vehículo y el ladrón, frustrado, le pegó un tiro que perforó su pulmón izquierdo. Sigo bajando y me encuentro con que en el complejo urbanístico de la Misión Vivienda en La Urbina cayeron a tiros, en menos de una semana, Yehison Javier Alfonzo Pedroza, de 17 años, y Rodrigo Beleño Pedrozo Alfonzo, de 23, el primero en las residencias William Dávila, y el segundo en la torre J.

Acto seguido, voy a la página principal de este diario del jueves 8 de agosto y me encuentro con que la jueza Betilde Araque le había impuesto a El Nacional una multa equivalente a 1% de sus ingresos brutos durante el año 2009 por la publicación, el viernes 13 de agosto de 2010,de aquella foto macabra que mostraba cadáveres desnudos y amontonados en la morgue de Bello Monte. La gráfica hizo reaccionar entonces al profesor Roberto Briceño León, director del Observatorio Venezolano de Violencia, quién calculó una relación de 75 muertes violentas entre 100.000 habitantes para toda Venezuela (el doble de Colombia, a pesar de la guerrilla, y superior en 26 casos a la proporción venezolana de 2006) y 220 muertos entre 100.000 habitantes sólo para rottentown, Caracas. El número nos hace codearnos con una élite de urbes entre las que destacan San Pedro Sula, en Honduras, y Ciudad Juárez y Acapulco, en México.

De Acapulco recuerdo a los clavadistas de La Quebrada y aquellas películas protagonizadas por Dean Martin en las que siempre había figurantes ligeras de ropas.

Hoy el narcotráfico decapita y mutila a los incordios a plena luz del día. La morgue de Caracas me remite por su parte a la despreciable carcajada por CNN del ex presidente de TeleSur y ex ministro del Poder Popular para las Comunicaciones, Andrés Izarra. En agosto de 2010 el funcionario le reprochó al canal su "pornografía periodística", aunque no ofreció estadísticas que contrarrestaran las estimaciones de Briceño León y nos devolvieran el sentido del pudor. Sí, lo sé, la paz bolivariana reside en la constelación del imponderable y cualquier magnitud que la describa es tan obscena como una felación en plano de detalle.

Todo lo anterior apenas sirve para pisarle la cola a la crueldad.

Amigo lector, cuando le caigan a tiros a un familiar y usted deba ir a la morgue a reconocer el cadáver, piense que su dolor es una interferencia de la señal de TVES, que aunque no disponga de fondos para costear el salto de analógico a digital, siempre le brinda la oportunidad de considerar que una pesadilla sólo es un mal sueño.