• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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Leopoldo Tablante

Los alcances del cuerpo

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El último y mayor sacrificio del comandante Chávez fue su tránsito hacia la inmortalidad: su cuerpo expuesto en capilla ardiente por más tiempo del que recomiendan las precauciones sanitarias. El ex presidente no fue pudoroso ni siquiera durante su última hora: debió satisfacer la necesidad de duelo de sus seguidores y, además, darle su espaldarazo a la campaña presidencial de su heredero, el presidente interino Nicolás Maduro, quien desde la muerte oficial del comandante hasta el viernes 15 de marzo por la tarde (mientras escribo estas líneas) había nombrado a Chávez más de 2.500 veces.

El chavismo se gestó en plena improvisación, y ni siquiera con su desesperación onomástica se garantiza que Nicolás Maduro aguante esa mecha. Para escamotear sus limitaciones, el presidente interino y candidato presidencial ha seguido la línea editorial de su jefe fallecido: ha descalificado a su contrincante, Henrique Capriles Radonski, llamándolo fascista y homosexual (lo que no debe haber halagado a los miembros del Bloque Socialista Unido de Liberación Homosexual del PSUV). Mientras tanto, otro duelo arropaba a la oposición: el anuncio por parte del dueño mayoritario de Globovisión, Guillermo Zuloaga, de la venta de 80% de las acciones de la estación opositora, la principal desde el cierre de RCTV en mayo de 2007. El anuncio es una especie de victoria post mórtem para el Chávez pendenciero, un personaje de facundia arrolladora o soporífera que, hay que decirlo, se hizo entre constancia y algunos riesgos.

Muchos le reprocharon a Chávez su cobardía, y es verdad que Chávez se rajó el 27 de febrero de 1992 en La Planicie y declaró que “los objetivos trazados no fueron cumplidos en la región capital”; es verdad que sus lances golpistas dejaron un reguero de soldados muertos; es innegable que durante los catorce años de su ciclo presidencial se desató una violencia delictiva a la que él, probablemente para desmoralizar a la clase media opositora, nunca le metió la mano; es cierto que se ensañó, con la ayuda de las instituciones del Estado, contra un grupo de enemigos “vitrina” del régimen (la jueza Afiuni, el ex comisario Iván Simonovis o los ejecutivos de Econoinvest, sólo por citar algunos); es obvio que la idea del magnicidio –que sus más fieles colaboradores consideran hoy como un hecho consumado– fue para él una obsesión que comprometió su metabolismo; es verdad también que le horrorizaba que lo contrariaran, lo que explica el cierre de RCTV y de 33 estaciones de radio en julio de 2009, ondas que debían zumbar en su oído como una nube de abejorros.

Sin embargo, cada una de esas acciones ameritó golpes de teatro que atornillaron aún más al Chávez Robin Hood en el corazón polarizado de sus seguidores y contribuyeron a crear un clima de hostilidad que excitó la fibra sensible de esos excluidos que han sido desde hace un buen rato la principal amenaza de la clase media y la institucionalidad venezolana y, por extensión, de las clases aventajadas y los gobiernos latinoamericanos dóciles a la influencia estadounidense. Su modo de hacer política consistió en una idea elemental: guerra contra el imperialismo yanqui y contra sus aliados; a esa idea le correspondió un solo personaje: él mismo, hasta la victoria siempre.

Después de todo, polémicas como las chavistas son una labor de alto impacto cancerígeno: pisar escenarios, someterse a emociones o a ridículos exagerados, plantarle la cara al que está enfrente y, sin el más mínimo indicio de cargo de conciencia, declararse poseedor de la verdad no le garantizan la homeostasis a nadie, ni siquiera al Chávez “vergatario” de Aló, Presidente.

El comandante se la jugó a su manera y en su empresa le dio forma al chavismo, un espíritu de confrontación, nacional y continental, al que, paradójicamente, Venezuela hoy sólo ofrece repeticiones, tartamudeos y conjeturas. Quizás el duelo alcance para que Maduro enlace con otro sexenio, quién sabe. Pero seis años son demasiado tiempo incluso para el aura de protección que puede emanar de un muerto.