• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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República de Expatriados Unidos

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Que 70% de los estudiantes declare estar dispuesto a abandonar el país después de terminar su formación universitaria es la confirmación de que el «me iría demasiado» discurre en paralelo al socialismo del siglo XXI. La alarma ingenua del documental de Ivanna Chávez y Javier Pita, que hace poco más de dos años le puso los pelos de punta a Venezuela, se ha convertido en la única luz al final de este túnel que es el bolivarianismo firmado por Nicolás Maduro, presidente de un país de economía acorralada, donde la guardia reprime, los choros campean y Chávez en el empíreo solo atiende las plegarias de quienes rezan la oración que a él le gusta.

Es bien conocido que el Vaticano es de las burocracias más universales y herméticas del mundo. Y por más anticlericales que se quieran, las revoluciones tienden a imitar los renglones torcidos de Dios: erigen su propio santoral y su propia literatura votiva. Una vocación de fe para propagar el fatalismo mientras, a perdigón, plomo y chantaje limpios, la guardia, las milicias y los tribunales se ocupan del trabajo sucio.

Mientras tanto, los que pueden hacerse los locos, o los que pueden permitirse pagar su éxodo por los intersticios de un país abandonado por las aerolíneas, se van para intentar reciclarse en otra parte. No es empresa fácil para nadie, ni siquiera para los estudiantes, quienes, sin embargo, cuentan con un par de ventajas nada despreciables: la motivación del primer intento adulto y la trayectoria natural de una clase media convencida de que la civilización queda en otra parte. Algunas cifras de vieja data son elocuentes: según la directora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello, Anitza Fréitez –quien, a falta de estadísticas oficiales, se remitió a números de las Naciones Unidas y del Banco Mundial–, entre 2005 y el 2010 la emigración anual se habría incrementado casi 40%. Mientras en 2005 se habrían ido 378.000 personas, en 2010 se le habrían añadido a ese contingente 143.000 individuos, para llevar el total a 521.000.Y el presente, está claro, levanta como la espuma.

Se van quienes pueden irse: los que después de años de educación dentro de los parámetros de la modernidad no la encuentran ni en un rollo de papel sanitario, los que se prevén cesantes en un país sin incentivos para la productividad, y los que todavía pueden darse el lujo de pensar que su prosperidad y su sesos estarían a mejor resguardo con un mar de por medio. En esa diáspora de gente relativamente privilegiada –cuyos destinos principales son España (164.000 individuos a finales de 2010) y Estados Unidos (172.000 individuos a finales de 2010)– pulula el miedo del acoso reciente, la melancolía del expatriado y los mitos de dignidad. Hay quienes resoplan todavía la carrera delante de un rotweiller de la GNB o del Sebin, pero también los que suscriben en los países que los acogen las voluntades políticas más reaccionarias (como los venezolanos que, en Estados Unidos, simpatizan con las iniciativas recalcitrantes del senador republicano Marco Rubio) o se entonan a sí mismos baladas de mártires a pesar de la modestia de sus sacrificios: una venta de remate, un giro de cerrojo y un vuelo a mejor destino sin fecha de regreso.

Se trata de un complejo retrato de familia con un lugar común: la frustración, brasa remota que enciende el fuego de los comecandelas locales. La primera cuita es obvia: la fuga de talentos, que difiere el desarrollo. En 2007 una investigación del SELA halló que 14% de los venezolanos universitarios mayores de 25 años residentes en Estados Unidos tenía estudios de alto nivel, cinco puntos porcentuales por encima de la población estadounidense y de los otros latinoamericanos residentes en el norte. ¿Se conduelen Maduro y sus secuaces por esa pérdida? Para ellos la fuga de cerebros es apenas efecto colateral de la purga de la burguesía apátrida. Porque para quien se pretende la última instancia, la respuesta nunca tiene matices: a los infieles, pensantes y encumbrados, les gusta la democracia. Y a esos, camaradas, ni con cédula ni con pasaporte.