• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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Leopoldo Tablante

«Presidente» y su fortuna

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Eran otros tiempos, 1982 o 1983: la pobreza era menos agresiva y los mendigos, tal vez, menos desesperados. Aunque la Venezuela saudita se había agrietado para pronto transformarse en naufragio, entonces nadie sudaba frío. Como los traumas familiares, las recesiones se manifiestan en diferido: vas a psicoterapia y el analista te previene sobre las consecuencias de un cambio difícil. Si no colapsas en el acto, te engañas a ti mismo y te subes sobre una alfombra mágica.

De entonces recuerdo la labor precisa de algo parecido a una impresora de chorro de tinta, vista en una feria de tecnología celebrada en el viejo centro comercial Plaza las Américas de El Cafetal; la promesa –inscrita sobre una gran pancarta instalada en un terreno baldío al lado de la iglesia de la Caridad del Cobre, en Santa Paula– de la inminente construcción de la sede para el Centro para el Mejoramiento de la Enseñanza de la Ciencia (la valla debe estar todavía allí, descolorida, con un rótulo espontáneo de la miniteca «Hadley», escondida detrás del kiosco y engullida por los cujíes); la ansiedad adolescente ante el cuadro distópico de una serie cinematográfica australiana titulada Mad Max (ya habían salido las dos primeras películas); y la enigmática presencia por las calles de mi urbanización de un indigente inofensivo a quien llamábamos «Presidente».

Creo que el apodo tiene que ver con el discurso reiterativo de un loco de calle tocado por el delirio de grandeza. Quizás repitiera que era presidente de algo, o que había sido mano derecha de algún presidente. Es el caso clásico del paranoico megalómano a quien se le raya el disco duro en el surco del poder. Las bibliotecas públicas están llenas de individuos de esa estirpe. El hecho es que Presidente deambulaba por las calles de El Cafetal con la maceta cuarteada y una altivez inexplicable. Era un hombre espigado que debía estar en la segunda mitad de la cincuentena. Llevaba una calva que hacía contraste con dos alerones blancos laterales. Parecía una especie de David Morales Bello venido a menos. A veces se lo veía bien vestido y su barba se erizaba en la medida en que su ropa limpia iba percudiéndose. Alguien debía estarle tirando un cable, alguien que lo compadecía pero que no se atrevía a rescatarlo. Dormía sobre cartones en una meseta ubicada en el cerro que baja de la avenida Circunvalación del Sol a la calle La Trinidad, o en algún claro del que llamábamos «el Campito», una parcela sin construir que hoy ocupa el Polideportivo Santa Paula. «¡Presidente!», le gritaban los jodedores de turno, y él apuraba el paso, prensando en su boca mil pensamientos sin molde.

Presidente debió haber esquivado los cuadros psiquiátricos y neurológicos de la adicción al bazuco, un flagelo más reciente. A veces incluso se permitía incursiones en lugares que acogían la vida vecinal: la panadería Paula, los kioscos, el automercado del centro comercial... Ahí, en el pasillo de las especies refrigeradas, me lo conseguí una vez. Con expresión concentrada revisaba la información nutricional de un envase de medio litro, inscrito en inglés, de huevo batido sin colesterol. Hasta eso se podía permitir nuestro pordiosero: leer en inglés un envase importado y dejar que la calle (y no los lípidos malignos del torrente sanguíneo) lo arrastraran hasta su última hora.

A pesar de su coincidencia temporal con Mad Max, Presidente le dejaría el horror de la violencia apocalíptica a una Venezuela que seguramente no conoció. No creo que haya sido uno de los mendigos de cráneo fracturado quienes, por la avenida Libertador de Caracas, subrayaron la confrontación política de los años 2003 y 2004. Para entonces debía rondar los 80 años y su vida de calle debe haberlo postrado u obligado a tirar la toalla mucho antes. Lo cierto es que Presidente llegó a convertirse en punto de referencia para toda una generación de adolescentes. Eran otros tiempos y todavía un país a punto de perder la chaveta no le negaba ni siquiera a los menesterosos la posibilidad remota de morir por causas naturales.