• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

Al instante

Leopoldo Tablante

Polvo de estrellas

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

A veces me da por mirar en Youtube videos de celebridades del rock para ver en qué las ha convertido la madurez. Paso sobre todo por los viejos viciosos que, después de los 50 o más años, prefieren atracar en una bahía mental que les permite sacar conclusiones sobre las necedades del mundo y los alcances del narcisismo universal. Hay unos tipos que no se enteran nunca de sus límites; sin embargo, hay otros que, luego de años de excesos químicos, de televisores lanzados por balcones de hoteles o de proezas orgiásticas en ascensores o limosinas, son capaces de sustraerse del barullo de su pasado para sentarse a sacar cuentas.

Este acto de reflexión es más frecuente entre estrellas que, antes de serlo, fueron niños y adolescentes en circunstancias cultural y moralmente exigentes, como esa sociedad británica que el Roger Waters de La pared comprendía como el producto del sarcasmo represivo, memorioso y pedante que reinaba en los salones de clase. No es raro, por lo tanto, sorprenderse de la elocuencia y la gracia de un David Bowie, un Robert Plant o, incluso, de un Keith Richards, con todo y el líquido destapador de cañerías que aún pueda correr por sus venas. Por más que cada uno haya envejecido más o menos marcado, todos son capaces de ir más allá de sus propios alardes. A la manera de Picasso, los “rockeros lúcidos” pueden admitir que han sido individuos con cierto talento que, en el momento correcto, comprendieron “la imbecilidad, la vanidad y la codicia de sus contemporáneos”.

La confesión de Picasso es amarga, pero él decía que tenía el mérito de ser sincera: saberse una vedette contradecía su concepto de “pintor”, que congregaba la entrega y las místicas de un Giotto, un Tiziano o un Rembrandt. Su conclusión fue forjada entre una inercia cultural europea (que, antes de recompensar con prestigio, le reprocha al talento individual su mediocridad y su ignorancia) y un mercado del arte que voltea los rigores de la cultura para convertirlos en mercancía. No obstante, esa lógica no funciona así en todas partes. En Sound Effects, su texto clásico sobre la industria de la música pop, el sociólogo británico Simon Frith comienza por decir que la pop-culture es una invención forjada en Estados Unidos por una sociedad liberada del peso de la institución y del relato oficial sobre la cultura, que en Europa es el mayor comité de censura. Y, en efecto, el estrellato pop, con sus abundancias financieras y sus desbordes hedonistas, constituye una especie de horizonte motivacional americano que, incluso en las universidades, orienta a los jóvenes hacia un éxito contundente, global y en primera persona.

Algunos llegan tan alto y tan rápido que su próximo peldaño no puede ser sino el vacío. Y es aquí cuando el catálogo de estrellas pop pasa a funcionar como un reparto de personalidades fuertes y débiles: unas que dominaron la ironía necesaria para sobrevivir a la fama y otras que, a falta de protección, se dan con los dientes contra el suelo, como Marilyn Monroe. ¿Qué diferencia hay entre la Whitney Houston que se ahoga entre cocaína y agua en una habitación de hotel y la Sade Adu que, desde 1984, declara morir por los hombres y, al mismo tiempo, se desliza en aparente serenidad sobre una celebridad administrada con largas ausencias? ¿Qué diferencia existe entre el Sly Stone (sí, el cabecilla de Sly and the Family Stone) que hoy desvaría con el apocalipsis y duerme en una camioneta en alguna calle de Los Ángeles y el Mick Jagger que, en traje formal, evoca con languidez los colores del atardecer durante el concierto de los Rolling Stones en Roundhay Park, en 1982?

Si la juventud pop, en América y Europa, se iguala en el placer de vivir tentando la muerte (después de todo, Amy Winehouse y Sid Vicious eran británicos), en Inglaterra los que consiguen madurar se instalan en el horizonte una memoria que, así como anuncia una fecha de vencimiento, pone de manifiesto que la educación de los primeros años, rígida y decrépita, era un salvavidas más fuerte que los sobresaltos de la rebeldía.