• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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Leopoldo Tablante

Oración del tac-tac

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Fundamentalistas son las personas que lo entienden todo literalmente, por lo general inspirados por un solo texto, religioso y fundacional, que asumen como el principio y el final de la creación. Podría asumirse como fundamentalista a todo aquel que desconfía de la razón individual y que, por lo tanto, se niega al curso de la modernidad. Es decir, fundamentalistas somos potencialmente todos, por eso las sociedades modernas hacen grandes esfuerzos para cascarles el espíritu a quienes crezcan con el defecto de fábrica de la cerrazón obtusa. ¿Son más fundamentalistas los hermanos Chérif y Said Kouachi que el adolescente asesino de la escuela de Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, Adam Lanza, o que hombres de empresa salvajes como Pablo Escobar o el Chapo Guzmán, cuya biblia es el culto fanático a sí mismo?

Desde hace algunos años trabajo como profesor de una universidad del sur de Estados Unidos. Una de las pruebas para aprender a enseñar en este medio ha sido asumir clases para bachilleres recién graduados. Esas clases, obligatorias, se conocen con el nombre de «seminarios para principiantes» y tienen como propósito asegurar la transición entre el final del liceo y el primer año de la educación superior. Su objetivo es ofrecerles las herramientas a los estudiantes para que comiencen a pensar «críticamente», una labor que la actitud soporífera de muchos rechaza de entrada: contrastar puntos de vista ajenos –es decir, ver, leer, preguntarse, preguntar y discutir– para alcanzar el modesto objetivo de producir una opinión justa e informada.

Las clases no son particularmente apetecidas entre profesores, quienes suelen acabar la faena de un semestre con una confusión y un cansancio difíciles de volver a peinar. No obstante, a menudo sirven para detectar a los mejores estudiantes y para frisar rebeldías innecesarias, aparte de para aprender a enseñar. Los seminarios no deparan más consuelo que el hecho de que un estudiante reacio haya seguido haciendo vida universitaria –asimilado, de alguna manera, a la tradición del pensamiento crítico– o, si se tiene la suerte de volvérselo a topar, de que sus ensayos contengan tesis y al menos cuatro referencias citadas, lo que se asume como un primer antídoto contra el dogmatismo umbilical.

No todo el mundo tiene furor de fundamentalista y, en realidad, tales son lo menos, aunque sean una minoría con afición por el fuego y el impacto. Si fundamentalista es el miembro de una comunidad renuente a aceptar nuevas fuentes de información y negado a acomodarse mentalmente a la existencia de otras realidades, el remedio contra el mal es una educación que poco a poco desmantele su obstinación, lo haga pensar que podría estar equivocado y lo convenza de que en una sociedad abierta incluso él tendría cabida. Me temo, no obstante, que todos los países, inclusos los más avanzados, están rezagados en este cometido: no más de 7% de la población del mundo tiene diploma universitario de pregrado y, por ende, su pensamiento crítico tiene límites concretos. La situación mejora solo un poco en Francia, hogar de una población musulmana equivalente a casi 8% de la población total del país, donde, según la encuesta de la OCDE de 2012, los jóvenes (sobre todo varones) de las comunidades de inmigrantes son dos veces más propensos a unirse a los grupos de estudiantes en dificultad y, por ende, más susceptibles de padecer vulnerabilidad laboral, exclusión socioeconómica y debilidad ante cualquier relato místico que reconforte su marginación y su resentimiento. ¿Recuerdan los disturbios de la banlieue parisina a finales de 2005, al expresidente Nicolas Sarkozy llamando «gentuza» a esos seres airados marcados por la estigmatización social y por la deserción escolar? En fin, usted dirá derechos individuales, secularismo o libertad de prensa y desde un suburbio del norte algún malote de esquina, sin sentido del humor, sin miedo a la muerte y sin mucha idea de las nociones de «república» o de «libertad de expresión» le entonará un sentido «tac-tac», onomatopeya que significa «paraíso» según versión de un sabio yemenita del siglo VII de nuestra era.