• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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Leopoldo Tablante

Cuba y el resto

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La chequera y el entusiasmo rabioso de Hugo Chávez marcaron el espíritu de la Revolución cubana tardía. En ese intervalo, el comandante se desempeñó como contorno esponjoso de lo inefable: petróleo a cien dólares, patronos y obreros aliados contra él en 2002 y 2003, inteligencia y médicos cubanos hasta en la sopa y Venezuela financiando, vía Pdvsa, los golpes de inspiración dominicales de un presidente que predicaba una generosidad regional peleada a muerte con el contable. El imperio y el mundo entero se lo permitían: George W. Bush invadía Irak y Afganistán luego del ataque terrorista a las Torres Gemelas, cebaba la indignación de quienes veían en su determinación un nuevo episodio plomífero de intervencionismo yanqui al tiempo que necesitaba espurio petróleo venezolano posparo para poner en marcha su maquinaria de guerra.

De esos años dorados, el comandante Chávez fue el portavoz más apasionado y sedujo a muchos trasnochados procesos de izquierda latinoamericanos. En la mente exaltada de nuestro paladín justiciero, la Gran Colombia socialista estaba a punto de renacer de las cenizas de La Cosiata de las oligarquías apátridas. Por Aló, Presidente, el mandatario se felicitaba frente a los seguidores de sus misiones y de su salud: «¡Estoy fino!», le oí decir una tarde de domingo de 2003 o 2004 por VTV. Pero, en un plano superior, aquella aleación entre grandes ambiciones e invulnerabilidad física y moral debe haber sido cobrada como mera soberbia.

Maduro no solo heredó, sin legitimidad y sin sesos, la presidencia del duelo, sino que además tiene que enfrentar un nuevo clima geopolítico. Los viejos aliados del ALBA parecen hoy tan deslucidos como una vieja alcancía del Banco Latino. Y Cuba… ¡ay, Cuba! Obama, como Chávez, tiene grandes pretensiones. Y en vista de que sus propósitos de justicia social no son populares en Estados Unidos, país de clientes en el que la democracia se reduce a la gratificación instantánea y al buzón de quejas, está dispuesto a sellar su «derrota» política con el lacre de la inmortalidad: seguro médico universal y obligatorio, regularización de inmigrantes ilegales y, por si fuera poco, distensión política con Cuba.

Con un olfato oportunista que lo acercaría a Chávez (solo si este no hubiera limitado su intuición estratégica al modesto proyecto de sobrevivir), Obama sabe que este es su momento. El acercamiento a Cuba, que devalúa fatalmente la importancia estratégica de Venezuela en la isla, sucedió una semana después de que se divulgaran los métodos de tortura empleados por la CIA para obtener evidencias de los prisioneros de Guantánamo indiciados por terrorismo, prácticas que, así como develaron los excesos del sistema de inteligencia militar estadounidense, le brindaron al presidente el pretexto moral para llevar a cabo una acción que contraría la inercia imperialista.

Nadie se llame a engaño: si por algo se caracteriza un estadounidense común y corriente es por su desinformación sobre lo que pasa fuera de su país, por lo que la idea de Obama interpelará de momento solo a militares, a activistas demócratas, a políticos reaccionarios republicanos y a un puñado de estudiantes y de profesores universitarios, liberales y/o conservadores. Sin embargo, esto no siempre será así. El precedente político que va a ser el ochenio de Obama está condenado a evolucionar hacia un reaccionarismo de derecha que, tarde o temprano, conectará con una conciencia sociopolítica más moderada: no solo no tiene sentido que el país que todavía es la primera economía del mundo no le ofrezca a sus ciudadanos acceso a servicios de salud mínimos, sino que su cada vez más limitada capacidad de control policial del mundo atenta contra sus capacidades de negociación global mientras recalienta una paranoia ciudadana que cada tanto revienta en desmanes violentos producto de la hipermilitarización y del estrés postraumático.

¿Y del chavismo qué? Si acaso la mala onda dejada por un Robin Hood tan astuto como Chávez, que incluso supo cuándo y cómo morir y que dejó una ciudadanía dividida y enfrentada, apenas unida por la confusión de un socialismo del siglo XXI que nadie ha terminado de explicarnos cómo se come.