• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Tablante

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Leopoldo Tablante

Comprar en Walmart

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Desde el balcón, Ryan se distraía y pensaba que lo que pasaba frente a sus narices era una película en 3D. Fumaba y engullía gelatinas cargadas con vodka mientras, en la esquina, dos hombres del barrio se sacaban la mugre. Hasta que uno de ellos perdió la paciencia y empuñó una pistola. Rápidamente el altercado encontró su resolución. Mientras la muerte se consumaba sobre la acera, la vida siguió su curso: llegaron dos patrullas y, a los golpes, embarcaron a un hombre negro. Del caído se ocupó otro vehículo: cava, camilla y dos tipos con cara de haberlo visto casi todo.

Después de que el huracán Katrina afeitara Nueva Orleans, el gobierno local resolvió demoler el área. Aunque el complejo de viviendas de interés social del barrio de Saint Thomas no había sufrido daño alguno, pusieron tractores a la obra. Cundía una excusa de profilaxis social: para finales de los años ochenta el barrio de Saint Thomas era de los más peligrosos de Estados Unidos y había que ser muy bravo o muy santo para vivir allí. Helen Prejean, la hermana de la Congregación de San José que es hoy la principal portavoz contra la pena de muerte –encarnada por Susan Sarandon en la película de Tim Robbins Hombre muerto caminando–, lo hizo. Un alma brava y virtuosa en medio de una multitud de vidas aturdidas.

Del temible Saint Thomas hoy no queda rastro, o sí: un conjunto de casas de interés social nuevas entre las que ya las patrullas prenden sus sirenas y ponen a brillar sus cocteleras. En su vértice extremo, entre el nuevo barrio y la calle Tchoupitoulas –nombre del país choctaw que identifica uno de los corredores industriales principales de esta ciudad portuaria–, un hipermercado Walmart remplaza los edificios del viejo conjunto residencial y atrae la necesidad de mercancía barata del vecindario aledaño. Los remplaza también un enorme galpón de ladrillos rojos donde el cuerpo de policía estaciona y conserva su flotilla de Ford «Police Interceptor».

La experiencia de consumo en Walmart puede ser aleatoria, siempre con tintes de color y sabor local. Los estacionamientos de los hipermercados pueden ser a menudo polígonos de tiro de clanes conformes con el derecho constitucional a portar armas, o dormitorio en descampado para vecinos con el cerebro y los dientes astillados por efecto del crack. En sus pasillos llenos de cajas de alimentos procesados, de legumbres impecables y genéticamente modificadas –aunque también, dicen, de la existencia más accesible del renglón orgánico− suelen bambolearse anatomías colosales dotadas de un gran sentido práctico: cartones familiares de huevos, pechugas Tyson o cajas con veinticuatro unidades del mismo producto y con los colores más estridentes y negados a una función metabólica regular. Una condena contra las arterias coronarias, garantía de exceso de glucosa y hormonas en la sangre, de depresión gaseosa frente a las imágenes rutilantes de una tele pantalla plana, que también puede viajar en eje diagonal dentro del carrito. Los empleados del negocio suelen parecerse a sus clientes. Aunque no se caracterizan por ser solícitos, cumplen su labor con seca eficiencia. El reciclaje no es lo suyo, así que asumen que al plástico de su compra le corresponde el plástico de todas las bolsas posibles.

Al salir, es posible encontrarse a representantes del sedimento automovilístico y social local reponiéndole el aceite a sus motores gastados, o, mientras uno se afana en descargar en la maleta la cosecha de una compra, es posible toparse sobre el techo del carro con los huesos y cartílagos de una pechuga de pollo mordisqueada. Nada desconcertante: a través de la naturalización de las diferencias socioeconómicas y de su interpretación como topografía, como circuito, como reflejos y modales asumidos para enseguida ser estigmatizados, la cadena despeja un reducto de la libertad. En pocos lugares es tan obvio que uno forma parte de un segmento de mercado. Y en esta esquina la única certeza es que el cliente siempre tiene la razón o le devolvemos su dinero.