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Leopoldo Martínez Nucete

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Leopoldo Martínez Nucete

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Con el mercado petrolero en la situación actual, cuando nuestro barril se cotiza por debajo de los 50 dólares, y con las distorsiones económicas acumuladas que paralizan la economía privada, al gobierno no le queda otra que hacer más ajustes impopulares y devaluar. Y todo indica que lo harán de la misma forma que sucedió durante todo 2013 y 2014, sin resultados capitalizables en lo económico y menos en lo político.

¿Pero por qué las devaluaciones y ajustes que se han hecho hasta ahora no funcionan? Por dos razones, principalmente. La primera es que devalúan pero no cambian el régimen cambiario, y este, como todos los ajustes, se produce sin secuencia, sin plan y sin rectificación en lo estructural y en lo político. La segunda, porque en el país no hay inversión en los niveles necesarios para reactivar el aparato productivo, ni confianza o seguridad jurídica para que exista más inversión privada. Pretender enfrentar esta crisis con nuevos ajustes o devaluaciones, sin un giro de 180 grados, jamás traerá resultados, y el desenlace será una mayor pérdida de base política para el gobierno y su partido.

Y aquí es precisamente donde está la llave del candado de las cadenas que amarran al gobierno. Maduro ha fracasado porque el modelo económico del comandante Chávez ha fracasado como era advertido y previsible. Y ahora a ese fracaso se suma la variable externa de la caída de los precios del petróleo. Si los precios no hubiesen bajado tanto, habría otra forma de maniobrar, pero a estos niveles lo que tocaría es decirle al país, con claridad meridiana, que asistimos al fracaso de un modelo económico. Fidel lo dijo en estos días para la revista The Atlantic, explicó que no tenían otro camino que abrirse a la relación con Estados Unidos, entre otros cambios, porque el modelo cubano no le sirve a Cuba. Pero Maduro no se atreve, en su caso, a decir algo parecido e iniciar una nueva etapa. Piensa que si lo hace se niega a sí mismo; o queda visto como un traidor al legado que lo llevó hasta donde se encuentra. 

Maduro está tentado nuevamente a escapar hacia adelante. Le pasa por la cabeza profundizar en su guión político: continuar la represión selectiva pero gradual de la oposición, cerrar espacios a la prensa libre y el ejercicio de la libertad de expresión; intentar domesticar al sector empresarial por la vía de negociaciones puntales e inevitables para la supervivencia mutua; y crear un clima de frustración y conflicto interno en la oposición. ¿Cómo lograrlo? Utilizando la herramienta que más resultados le ha dado en su proceso histórico: promover la abstención electoral y provocar situaciones de conflicto que aparentemente habilitan salidas diferentes en el corto plazo. La forma en que se designó al CNE es solo una manifestación de esa estrategia oficialista en pleno desarrollo.

Ahora bien, los factores democráticos del país no pueden dejar que la agenda la imponga el gobierno. Se gana en política cuando se toma la ofensiva, cuando se impone una narrativa y se organiza una poderosa maquinaria de activismo político (electoral y de protesta en este caso, de forma simultánea y coadyuvante). Para ello hay dos cosas que es necesario hacer, y hacerlas ya.

En primer lugar, para pasar a la ofensiva política con una agenda y una narrativa, a los factores democráticos no les queda más recurso que el trabajo de calle, la visita a los sitios donde crece el descontento, donde la gente quiere explicaciones y propuestas; y la profundidad e intensidad de este esfuerzo se debe multiplicar ante la hegemonía mediática del gobierno. Las nuevas tecnologías y las redes sociales pueden coadyuvar ese trabajo de organización y distribución del mensaje, pero nunca podrán sustituirlo.

El tema económico puede ser utilizado como una herramienta para canalizar el descontento, despolarizar al país con un debate en torno a propuestas hechas a todos los niveles, incluso llevando planteamientos al gobierno en los espacios institucionales a efecto de que asuma el costo político de negarse a discutirlos; y, finalmente, convertir las elecciones parlamentarias en el preámbulo político de una ruta para el cambio que desembocaría en el referéndum revocatorio que viene en 2016.

El segundo planteamiento es inaplazable: los mecanismos y decisiones para tener una plataforma electoral unitaria de participación en las elecciones a la Asamblea Nacional deben asumirse de inmediato. No podemos concluir el primer trimestre del año sin eso resuelto de forma incluyente y satisfactoria a todas las fuerzas que promueven el cambio democrático. El emplazamiento no es caprichoso ni producto de la impaciencia, porque el gobierno, controlando todos los poderes y entrampado en lo económico, puede jugar una carta que tiene en la mano: adelantar las elecciones parlamentarias. Sí, es arbitrario, pero cuál decisión del régimen no lo es cuando se trata de su supervivencia. Por tanto, es un escenario posible. Si se convencen de que ante el problema económico afrontan la dificultad de resultados capitalizables políticamente este año, entonces se pueden decidir a actuar ya, en un escenario de frustración, confusión y desorganización de los factores de la oposición.

Una derrota de la alternativa democrática en las elecciones parlamentarias tendría un costo político muy alto. No lo podemos permitir y depende de que hagamos lo que hay que hacer: tener un mensaje enfocado en lo socioeconómico con alternativas, fortalecer la unidad y desplegar un esfuerzo logístico, más allá de lo mediático, para distribuir el mensaje y organizar al pueblo a participar en una aplastante movilización electoral.

El país que mayoritariamente aspira a un cambio debe visualizar las elecciones parlamentarias como la antesala del referéndum revocatorio presidencial de 2016.