• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Martínez Nucete

Al instante

Una buena ración de sensatez frente al delirio

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En estas últimas dos semanas ocurrieron tres eventos de gran importancia en Estados Unidos, por sus implicaciones en la batalla por la Presidencia y el control del Senado.

Dos de esos relevantes episodios se relacionan con la agenda de campaña del inefable Trump. Primero, el del característico peinado viajó al estado de Nuevo México, cuya gobernadora, la republicana Susana Martínez, es uno de los íconos de ese partido, promovida hasta hace poco como una posible candidata a la Vicepresidencia, en un esfuerzo por conectar con el importante y decisivo voto latino de Estados Unidos. Al salir de su flamante jet privado, Trump se montó en un podio y emprendió un virulento ataque personal contra la gobernadora, culpándola de problemas anteriores a su gestión, que ella viene tratando de resolver. En un solo disparo, el excéntrico de Trump mostró sus prejuicios contra el empoderamiento de las mujeres y los latinos. Y en su partido nadie entiende cómo pudo enajenarse la posibilidad de un acercamiento con quien podía ser, precisamente, un conector con el voto hispano, que en este momento se encuentra en el más alto nivel histórico de rechazo al Partido Republicano y su candidato presidencial (con solo 12% de respaldo entre los latinos).

El segundo evento, protagonizado también por el aludido, tiene que ver con la visibilidad y relieve que viene adquiriendo el juicio por fraude que avanza en un tribunal en California por el caso de Trump University, en cuyo curso han aparecido evidencias de afectados y hasta de empleados de aquel proyecto, que indican que supuestamente se defraudó a sus estudiantes. Pero el controversial Trump, aquejado por este tren que amenaza con llevarse por delante su credibilidad –ya de suyo quebrantada por su negativa de hacer públicas sus declaraciones de impuesto–, optó por salir al ataque contra el juez de la causa. Su increíble e inaceptable argumento: ¡El magistrado Gonzalo Curiel es mexicano y, por ende, “no puede ser juez en este caso”, porque, según Trump, de llegar a la Presidencia ejecutará una deportación masiva de mexicanos...

El magistrado Curiel es hijo de mexicanos que, desde un origen muy humilde y con trabajo dedicado, lograron que sus dos hijos, ciudadanos nacidos en el estado de Indiana, se graduaran de abogados; uno de ellos prestó servicio en la Fuerza Armada y es veterano de la guerra de Vietnam.

El juicio por el fraude de Trump University comenzó mucho antes de que Donald Trump fuese candidato presidencial. Las evidencias comienzan a adquirir visibilidad en la opinión pública y, de pronto, el demandado (ahora candidato emblemático de los prejuicios contra los latinos) arremete con ese absurdo ataque personal contra el juez de la causa que avanza en su contra por fraude. Pero este lance no solo profundiza la herida abierta por el discurso de Trump en la comunidad hispana, sino que trae a colación un nuevo asunto: el irrespeto a la institución judicial por parte de alguien que aspira a la Presidencia. Ya durante un debate del Partido Republicano (y en varias entrevistas) Trump ha admitido estar de acuerdo con la tortura de prisioneros de guerra y descalificó al honorable senador McCain en su condición de héroe militar insinuando que no lo era, porque fue capturado por el enemigo. Y no se inhibió de decir que la Fuerza Armada tendrá que seguir sus órdenes si es presidente, aun siendo estas ilegales. El capítulo que se reabre con la conducta de Trump en el caso del vilipendio al juez Curiel es su carácter autoritario como condición inhabilitante para asumir la primera magistratura de Estados Unidos, la posición de mayor poder e influencia global del planeta. Sin duda, se acumulan evidencias de que no tiene la condición y atributos personales para ejercerla.

Y precisamente, cabalgando sobre ese momento, se produjo el hecho de significación electoral que merece comentario. Días después de que los líderes del G7 le expresaran al presidente Obama la preocupación internacional por los conceptos y planteamientos de Donald Trump, Hillary Clinton pronunció, en San Diego, California, un discurso equilibrado e impresionantemente bien documentado sobre política exterior, que contrastó notablemente con los de su contendor.

Mientras su competidor da muestras de muy escasa confiabilidad, por decir lo menos, Hillary Clinton se mostró como una persona preparada en los asuntos globales y dotada de los atributos personales para ejercer la Presidencia de Estados Unidos. Ha demostrado una especial capacidad de trabajar con amplitud, tolerancia y comprensión frente a las diferencias culturales, políticas o religiosas, dando garantías de que estas no son obstáculo para construir espacios de entendimiento, colaboración y multilateralismo en el manejo de los desafíos de seguridad, lucha contra el terrorismo, medio ambiente, comercio, frente contra la corrupción y defensa de los derechos humanos. Demostró Hillary que maneja los conceptos, tiene la experiencia y talante que cabe esperar de quien aspira a presidir tan importante nación. Y, muy concretamente, comandar con sindéresis y buen criterio la fuerza armada más poderosa del planeta.

El presidente Obama confió, a los líderes mundiales preocupados por el discurso de Trump, que él no creía que los americanos lo elegirían. Interpelado por qué, repitió lo que otras veces ha dicho a la prensa: “Porque creo profundamente en la decencia del pueblo americano”.

Los líderes del G7 seguramente escucharon con detenimiento a Hillary Clinton en San Diego esta semana. Y deben tener cifradas sus esperanzas en que la decencia de la que habla Obama se expresará en la mayoría electoral que convertirá a esa mujer en la primera en conducir las riendas de Estados Unidos.

 

Nos leemos por twitter @lecumberry