• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Martínez Nucete

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Hillary, el debate demócrata y el factor Biden

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Con la celebración del primer debate entre los aspirantes demócratas a la Presidencia comienza a perfilarse un enorme contraste en la opinión publica, tanto en Estados Unidos como la comunidad internacional, que observa el desarrollo de la elecciónp de 2016 como un evento de interés global.

En este primer torneo, cuya agenda de discusión se concentró en los asuntos económicos y sociales internos, el contraste con los encuentros republicanos se expresó en el tono y en lo temático. Los candidatos demócratas pudieron mostrarse parte de una plataforma partidista coherente, en la que evidencian consensos en torno a la necesidad de hacer sustentables los avances económicos de la administración Obama, y seguir avanzando en el terreno de las políticas públicas concebidas para lograr mayor inclusión e igualdad social, así como fortalecer a la clase media. Otro aspecto en el terreno común de las prioridades se manifestó en la cuestión migratoria y la contribución de los latinos y los inmigrantes en general. Para los inmigrantes indocumentados, los aspirantes coinciden también en trazar una ruta a la ciudadanía que permita integrarlos plenamente a la sociedad norteamericana.

Pero la escena del debate demócrata mostró que, en realidad, existen solo dos candidaturas en contención, por ahora, mientras se sigue a la espera de una decisión que todavía pondera el Vicepresidente Biden. Por un lado, está el senador Sanders con su planteamiento más progresista y hasta revolucionario en lo político, enmarcado en una propuesta orientada a reproducir un modelo social y económico más próximo al referente escandinavo, con financiamiento exclusivamente público a la actividad política; y el por el otro, la gran favorita Hillary Clinton, quien exhibió un aplomo, digamos, presidencial, muy hábil al proponer propuestas reformistas capaces de conciliar el idealismo con la realidad en el marco de un capitalismo con acento en lo social, (también aludido como economía social de mercado). Así, en grandes rasgos, se podría decir que la decisión de los demócratas, de momento, es entre dos progresistas, uno de la corriente revolucionaria y utópica: Sanders; y Hillary Clinton como exponente de una postura progresista y reformista.

Dos momentos de particular interés, durante el debate, fueron: el pronunciamiento frontal a favor de controles más estrictos al porte de armas, que mantuvo Hillary Clinton, frente al corte más pragmático, inusual en un idealista como Sanders. Y, en segundo lugar, pero de mayor pegada, cuando Sanders dijo no tener problema alguno, ni interés en hablar, sobre la controvertida investigación a las comunicaciones por email de Hillary Clinton cuando, siendo Secretaria de Estado, usó una dirección personal alojada en el servidor privado que maneja la familia Clinton, (por cierto, una plataforma sujeta a significativos estándares de seguridad del Servicio Secreto porque se trata de las comunicaciones de un ex-presidente)… en fin, Sanders fue categórico: no le interesa (como no le interesa al país) hablar de los emails de Hillary: lo que quiere la gente es que hablemos de sus problemas y cómo resolverlos.

Pero la gran incógnita política sigue siendo la decisión que tomará el Vicepresidente. Es cierto que bajaron los números en las encuestas de Hillary Clinton, aunque persiste como la gran favorita, tanto en la primaria como en los escenarios de confrontación nacional medida uno a uno contra todos los aspirantes republicanos. Esta merma tiene mucho que ver con el impacto, sobre los electores independientes, del ataque a su credibilidad por el "affaire" de los emails; y por supuesto, por el terreno conquistado en las audiencias más progresistas, particularmente los jóvenes, por Bernie Sanders. En la medida en que su exitosa compaña le subió el perfil nacional al Senador de Vermont, creció la movilización de esos grupos alrededor de su figura, bajo el emotivo slogan: “Feelthe Bern”. En ese contexto, sectores del partido demócrata comenzaron a pensar en los peores escenarios, y allí aparece la opción Biden, quien sería el más conspicuo portador del legado de Obama, alentado por su innegable carisma y autenticidad. Convertido por los medios en un candidato no declarado, Biden rápidamente capitalizó un 20% que, por supuesto, se alimenta de preferencias antes expresadas por Hillary Clinton, convirtiendo en ese escenario a la primaria demócrata en un proceso más competido, donde Hillary ya no sería la “candidata inevitable”.

El factor Biden ha sido un oxigenante de la primaria demócrata, que pese al avance de Sanders se mostraba lineal, aplanada, predecible y por ello de poco atractivo mediático. Pero no es una decisión fácil la que debe tomar Biden. Mas allá de la delicada situación emocional que atraviesa tras la dolorosa pérdida de su hijo BeauBiden, (quien prometía ser una de las próximas figuras estelares del partido demócrata desde su natal estado de Delaware), el Vicepresidente debe calibrar si realmente tiene opción cierta de ganar esa primaria, a la cual llegaría en términos logísticos y financieros con un importante retraso.

El debate de esta semana, según todos los analistas, le sirvió a Hillary Clinton para disuadir a muchos que comenzaban a tener dudas de su elegibilidad en la contienda nacional. Pero su excelente desempeño en el debate, sumado a la poderosa maquinaria electoral nacional que ha construido, deberá superar otra prueba de ácido: la interpelación que le hará el Congreso el próximo 22 de octubre, en el sesgado Comité que ya, lejos de investigar los dolorosos hechos ocurridos en el Consulado estadounidense de Bengasi, donde perdió la vida el Embajador, se ha convertido en una plataforma de ataque a la credibilidad de la ex Secretaria de Estado por el llamado “escándalo de los emails”. El objetivo del Comité (bajo control republicano) es continuar horadando la credibilidad de la candidata demócrata bajo la demanda de que debe hacer disponible la correspondencia por email clasificada como privada en su servidor, a efecto de juzgar si allí se esconde algo que comprometa su responsabilidad en los hechos investigados. No ha vacilado el Presidente de dicho Comité investigador en divulgar este propósito, cuando declaró que la investigación que dirige ha permitido bajar la preferencia que Hillary Clinton mostraba en las encuestas.

Obviamente, los equipos de Biden deben estar esperando el desempeño de Clinton frente a ese comité parlamentario y su efecto en la opinión pública. Si Hillary pasa esa prueba con el manejo exitoso que mostró en el debate, el Vicepresidente deberá meditar si se expone a ser el primero en la historia que desde esa posición no conquista la nominación del partido de gobierno, un acto final en su carrera política que sus allegados quieren evitar.

Así las cosas, hablaron los demócratas, crearon su contraste y, sin duda, Hillary Clinton sigue consolidando su favoritismo en su carrera por la casa Blanca, mientras se despeja la incógnita del factor Biden. Por ahora, la resonancia de la narrativa proveniente del campo republicano, frente a la del demócrata,refleja un nítido contraste que ya se expresa en los sondeos. La brecha de apoyo popular en el voto partido, según Gallup, se ha abierto a favor de los demócratas con un 46%, frente al 41% de los Republicanos.

Sin duda, la estridencia y visibilidad mediática de Trump, y su impacto en el desempeño de los aspirantes republicanos, está cobrando un alto costo el escenario político nacional al partido republicano, que luce todavía fraccionado y con aspiraciones muy hostiles entre sí, frente a un partido demócrata que debate sus diferencias en a unas arenas de mayor cohesión partidista y conexión con la agenda económica y social, verdadera prioridad para la mayoría de los estadounidenses.

Nos leemos por Twitter @lecumberry.