• Caracas (Venezuela)

Leopoldo Martínez Nucete

Al instante

Bailando la samba del desencanto

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hace no mucho tiempo se escuchaba a muchos líderes políticos latinoamericanos responder la pregunta sobre sus planes económicos con una referencia muy cómoda: “Yo manejaría tal o cual política económica como lo hizo Lula en Brasil.”

Era una respuesta cómoda, pragmática, que sintonizaba con una especie de tercera vía latinoamericana muy popular. ¿Pero responderían lo mismo ahora?

Son tiempos difíciles para Dilma Rousseff. Luego de un largo período de popularidad, concatenado con el de su predecesor y mentor político Ignacio Lula Da Silva, y apenas a cinco meses de su reelección, la presidenta de Brasil resiente el descontento de la gente, el malestar del votante, y en consecuencia la caída en picado en las encuestas.

Siempre explicábamos, desde el Centro para la Democracia y el Desarrollo en las Américas, que era incompleta y simplista la respuesta: “manejaré la economía como Lula” (y en consecuencia, como hasta ahora lo ha hecho Dilma).

En realidad el verdadero arquitecto de un plan económico que llevó a Brasil por la senda de crecimiento con baja inflación fue el Presidente Socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso. Las limitaciones que hoy enfrenta la economía brasileña son el resultado de la falta de nuevos enfoques por parte del binomio Lula-Dilma, pero sobre todo, por girar en el gasto social contra los resultados económicos sembrados por Cardoso, sin medir la sostenibilidad de su énfasis en lo redistributivo; y sin asumir algunos ajustes o reformas que gradualmente debían realizarse para acelerar el crecimiento y promover nuevas inversiones, capaces de agregar valor en el modelo económico de Brasil. 

Luego está el tema Petrobras. Ha pasado de lo sublime a lo vergonzoso. La estatal petrolera fue abierta al capital privado en los mercados internacionales en un plan que representó la mas grande colocación de acciones conocida hasta esa fecha, pero hoy la acción de empresa a caído en el mercado de 35 dólares en octubre de 2010 (momento de la colocación internacional que le permitió recibir inversiones por 70 millardos de dólares) a niveles de 5,60 dólares esta semana.

Lo que para muchos era otra respuesta modelo, tanto en México como en Venezuela, luce ahora ensombrecido por el escándalo. La erosión causada por los vergonzosos casos de corrupción en Petrobras, que llegan hasta la cumbre del Partido de los Trabajadores, unido a los pocos alentadores datos sobre la marcha de la economía, causan estragos en la confianza hacia Rousseff.

El pasado domingo ese malestar tomó cuerpo en las calles de las principales ciudades en la que se recuerda como una de las mayores expresiones de protesta del período democrático en Brasil. Algunos cifran la asistencia en dos millones de personas, pero lo significativo fue la consigna más coreada: ¡Fuera Dilma!

Al día siguiente, la atribulada gobernante brasileña salió al paso de las sonoras protestas, al declarar en un acto público: “Yo soy la presidente de todos los brasileños. Tenemos que oír y dialogar, pero también mantenernos firmes en lo que consideramos que es esencial, como la lucha contra la corrupción y el ajuste fiscal”.

Y mientras eso sucedía en el palacio de Planalto, en Brasilia, fiscales nacionales acusaban formalmente al tesorero del PT y a otras 26 personas por actos de corrupción ligados a la compañía estatal Petrobras.

Al desencanto popular se añade una realidad que hasta los caricaturistas de la prensa carioca han retratado: la soledad de Rousseff. Soledad política.

En lo económico los datos son claros: Brasil coquetea con la recesión, el crecimiento apenas roza 1% y la inflación, el dragón de la economía, escala hasta 7,7%. Dramático cuadro en un momento álgido.

No obstante, mucho debe aprender el presidente Nicolás Maduro de la situación y enfoque que ha dado a la crisis Dilma Rousseff. La protesta para ella es una legitima expresión del pueblo (no parte de una conspiración); y el dialogo amplio, sincero y dispuesto a los acuerdos, la única forma de abordar políticamente las reformas impostergables en lo económico. Y en el plano judicial, la autonomía de fiscales y jueces será la encargada de juzgar la corrupción de sus propios compañeros de gobierno o de partido.

La coyuntura para la presidenta brasileña no está fácil. El momento exige sacrificios, prudencia política y liderazgo. La tempestad ya ha empezado, pero la respuesta que se asoma está a la altura del talante democrático que debe exhibir los líderes ante las dificultades.

¿Será mucho exigir lo mismo a quienes gobiernan en Venezuela?

Nos leemos por twitter @lecumberry