• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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La traición amenazante

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Es inimaginable el dolor que causa la deslealtad cuando surge de la traición. La perfidia que mana abonada en medio del afecto, que se creyó firme y sincero y que fraguó lealtad entre amigos, hermanos, compatriotas, en medio de aquellos que luchan honrando los valores que sostienen la razón de patria.

La traición se define como una falta a la lealtad, no es necesario ayudar al enemigo, lo cual es evidentemente una traición, sino no cumplir con lo debido o no asistir al compromiso cuando así se requiere.

En la lucha ideológica la traición, casi siempre, está agazapada en el camino de los eventos que trazan los compromisos. Responsabilidades sustentadas en el honor y en la fe, sostenidas con las raíces del convencimiento, fruto de la lealtad. La traición nunca surge del enemigo, porque no esperamos de nuestros adversarios cosechar los frutos de la honestidad.

Hoy, las situaciones que nos condujeron al camino en el que nos encontramos están inclinadas a producir traiciones. Así lo percibimos y lo sentimos, y así lo vivimos en el fino hilo que separa la barbarie de la civilización. Un paso en falso es caer en el vacío. Los tropiezos con la piedra de la traición surgen de los engaños y mentiras cuando no se honran los fundamentos de compromisos. Dice una canción ranchera que lo único que deja la traición es una buena razón para detestar al Judas.

No envidio la posición de la dirigencia democrática en esta encrucijada moral. Difícil por lo fácil que se hace confundir la mejor intención con una posición desleal para con sus principios, producto de un pretendido pragmatismo ante una invitación que intenta convencer al mundo de lo que ellos mismos no creen.

Saben que se pretende convalidar que llegó la hora de sentarse para, al fin, oír y ver, para releer nuestra Constitución. Catarsis para purgar pecados con promesas de felicidad que, hasta ahora solo ha conseguido consolidar la peor experiencia que hemos vivido como nación.

Vamos a sentarnos en una mesa llena de apóstoles. ¿También Judas? Apóstoles que rogamos a Cristo sean defensores de la patria como sus discípulos defendieron los Evangelios. Tal como Jesús suplicó porque le libraran del cáliz del dolor, roguemos nosotros porque no suframos el profundo dolor de la traición.