• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Leopoldo López Gil

La pomposa cueva de la injusticia

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El hábito no hace al monje. Llamar Palacio a ruinas, casa de la justicia en Venezuela solo expresa desprecio y burla de los poderosos por sus súbditos. Ironía que pretende el apodo como la esencia, mientras la malévola contemplación se regocija en la miseria.

El Palacio de Justicia, presuntuoso edificio, lucía ambicioso sobre los planos y proyectos; hoy no es ni la sombra de lo que su arquitecto soñó en su día.

La casa de la justicia, las oficinas y salas, los archivos de tribunales penales son los harapos con los que se viste el ejercicio del derecho en Venezuela.

La vergüenza aflora cuando las lluvias inundan sus pasillos, provocan desamparo y deprimen más las acongojadas almas de encausados y familiares, cuando esperan con la ilusión de desesperados por justicia que se les devuelva su vida.

La fetidez de los baños invade las oficinas, mayor hediondez aún cuando cortan el agua corriente y el pútrido olor de los detritos en descomposición invade pasillos y las paralíticas escaleras mecánicas, atestiguando lo sentenciado hace años por la pravedad que invadió el edificio.

Consta el Palacio de Justicia de Caracas de dos construcciones, una donde se cumplen las ejecuciones del régimen y otra entregada a la destrucción por el abandono. En ambos se respira un ambiente del vértigo de la injusticia. Allí descaradamente se ignora la Constitución y leyes de la república. Espacio mezquino donde se burlan los jueces de resoluciones fundamentadas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y Carta de las Naciones Unidas.

Es la maloliente penumbra, la soledad del abandono, el teatro idóneo para la violación del artículo 31 de nuestro texto fundamental, ese que concede el derecho a todos los venezolanos de solicitar tutela internacional.

La usurpación de la justicia sometida a intereses políticos es administrada por jueces que no deciden, porque los que deciden no despachan desde estas miserables paredes. Los que deciden viven en la opulencia, sordos a las demandas de los acusados y víctimas que nunca son escuchados.

Tribunales que cierran sus puertas por capricho de sus jueces, paralizando centenares de juicios, jueces que desconocen la autoridad del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, y complacen a fiscales cuando omiten documentar adecuadamente los cargos, jueces que niegan testimonios y pruebas a la defensa de acusados sin dejarles espacio para sus alegatos.

Es un palacio devenido en cueva derruida por la desidia, que en el corazón de la nación viste de miseria tan ruin como la justicia que imparte. Cuartel de sicarios de la justicia y jueces provisorios sin autonomía, temerosos de un destino como el de la jueza Afiuni, funcionarios contumaces, obedientes a la traición de los principios de la patria y nacionalidad.