• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Terror de Estado

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Lenin pregonaba la siembra del terror. Lo hacía porque sabía que a un pueblo aterrorizado, como actualmente está el venezolano, se logra arrinconarlo con miedo y manejarlo a placer.

El terror, para los comunistas, es una herramienta recomendable para la higiene social. Ellos, los comunistas, saben muy bien que el terror, científicamente administrado por el poder, es el elemento más poderoso del régimen para detener el ímpetu de aquellos inconformes que pretendan ejercer la defensa de sus derechos.

Contemporáneo con Lenin, sir Winston Churchill fue el gran enemigo del comunismo. Lo conocía muy bien, lo había estudiado en su nacimiento y combatido en la guerra, y por ello sabía los alcances de la siembra del terror de Estado. Sabía Churchill que practicando, con las hordas policiales y militares, la persecución, el amedrentamiento y la tortura a los estudiantes, a los líderes políticos y a los dirigentes gremiales convertiría en fértil surco el terreno social para la guerra del miedo.

Churchill lo advirtió, y fue famosa su sentencia: “Nada tenemos que temer, solo debemos temer al miedo mismo”.

Sobre estas hordas el doctor José María Vargas, héroe cívico del republicanismo venezolano, declaró sin empacho, ante la adversidad: “No le temo al Ejército, mas sí le temo a las hordas y a la riqueza torrencial de generales y coroneles”.

Históricamente hemos sido los venezolanos testigos de primera fila de cómo los autócratas se envalentonan sembrando terror. La amenaza es uno de sus recursos para generar miedo en la población, miedo que se propaga en un espectro amplio y sin límites, donde todos somos vigilados, hombres, mujeres, familias, por cuerpos armados y represivos, como lo hizo la Seguridad Nacional, cuerpo represivo y torturador que escribió con sangre uno de los capítulos más penosos de la historia política nacional. Con esa misma letra, la Guardia Nacional Bolivariana y el Sebin escriben otro penoso capítulo en la Venezuela actual.

La situación provocada por las torturas a los estudiantes, las confabulaciones y retrasos en los procesos judiciales, las amenazas presidenciales a médicos, empresarios y a todo aquel que sobre alerte la propagación de calamidades son, sin duda, evidencias del terror de Estado.

El Estado represor aterroriza calificando de terroristas a sus enemigos, como ocurrió recientemente con los sidoristas en Guayana cuando protestaron por sus derechos laborales y para evitar el colapso de industrias del aluminio y del acero, hoy al borde de la quiebra por acciones de corrupción de Estado, en beneficio a intereses extranjeros. Terror de Estado transformado en una mentira llamada protección contra los enemigos del pueblo, la patria o la revolución.

El país ha sido fracturado, y su división en buena parte ha sido la aplicación del método más tradicional de las autocracias, y particularmente las comunistas, el terror de Estado. No debemos temblar ante esta realidad.