• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Quo vadis

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Cuando san Pedro fue perseguido por los soldados romanos se sintió impotente ante la adversidad y, derrotado, emprendió su retirada. En el camino de regreso se encontró a Jesucristo que llevaba una pesada cruz, y, sorprendido, le preguntó: “¿Quo vadis Dómine?”. “¿Adónde vas Señor?”.

La respuesta del Maestro fue tajante: “Romam vado iterum crucifigi”. “Voy a Roma para ser crucificado de nuevo”.

El apóstol, avergonzado, regresó a Roma.

¿Qué contestaría a los venezolanos ese otro majadero de la historia, el Libertador, si lo encontráramos en el sendero de los disparates que recorremos como nación? ¿Sabemos acaso hacia dónde vamos? ¿Somos conscientes de hacia dónde caminamos?

Me pregunto en voz alta si Venezuela puede dar respuesta a esa interrogante; si puede hacerlo con firmeza y convicción. Si sabrá hacia dónde y para qué vamos por ese derrotero cuyas metas son la pérdida de la soberanía, la libertad, los derechos humanos y una cobarde entrega de la nación, como si fuéramos herederos de Judas Iscariote más que hijos de Simón Bolívar.

Entre las características que definen la imposibilidad de una respuesta afirmativa está la falta de escrúpulos al avenirnos con la vida en medio del desastre y olvidar todos los principios de la democracia.

Trágica situación, absurdamente justificada alegando la disminución del precio del petróleo, una máscara que esconde el rostro de la corrupción e incapacidad.

Una bacanal del clientelismo, el despilfarro y el reparto descontrolado del patrimonio nacional, que ha demostrado cuán inadecuadas han sido las designaciones de gerifaltes en sus obedientes funciones.

Es urgente reunir voluntades de auténticos patriotas a la orden de una voz de mando clara y contundente, que convoque y provoque el cambio en la conducción del gobierno, y reconocer esto como primer y primordial objetivo de la confrontación política.

Todo obstáculo a los procesos democráticos debe ser considerado como violación de nuestra Constitución; no podemos cerrar los ojos, aun cuando nos encandilen todos los focos externos o nos aturdan ensordecedores ruidos de la poderosa propaganda.

Vivimos bajo la amenaza de la creación del Estado paralelo; y nos preguntamos, ¿acaso nadie juró defender y exigir la obediencia a la única ley, a la Constitución de la República?

Hoy, cuando vemos lejana aquella Asamblea que aprobara su disolución para convocar una nueva ruta social, nos preguntamos ¿cuán sinceros eran los proponentes de los radicales cambios, o si eran los mismos gatopardos con chaquetas rojas que solo aspiraron a llegar para saquear con comodidad a este pobre pueblo que por su ignorancia hoy paga con un enorme sacrificio humanitario?

Gracias a los estudiosos podemos trazar la hoja de ruta para la recuperación de la patria, la guía de posibilidades y capacidades con las que se podrá contar cuando tengamos la voluntad. ¿Cuándo la tendremos?