• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Leviatán

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Cuando Dios creó el mundo y su población, incluyó un monstruo tan enorme capaz de destruir toda su obra, Leviatán. Algunas escrituras dicen que creó un macho y una hembra, pero ante la estupefacción del Creador por el poder destructivo de su engendro decidió matar a la hembra para darla como alimento a los honestos y usar su cuero como carpa para protegerles de los elementos, y así evitar la procreación de estos monstruos destructivos.

Mucha gente cuando oye la historia tan inverosímil, tan triste, tan demoníaca que se relata al describir la desconsolada destrucción de nuestro país, Venezuela, dicen: “Eso solo puede ser obra de Leviatán”.

No sé si nosotros, los venezolanos, en nuestra cotidianidad hemos logrado entender el proceso destructivo que nos ha carcomido en los últimos lustros y menos aceptarlo como necesario o indispensable para lograr la promesa populista del tan ofrecido “mar de la felicidad”. Muchos llevamos un intenso dolor interno porque mientras más amamos la patria más nos duele la realidad que vivimos, sin lograr justificar la devastación.

El empeño en demoler todo lo orgullosamente nuestro y sustituirlo con una nueva identidad a través de símbolos, héroes, íconos, verbo, caras, caricaturas, monigotes y cualquier loca idea que borre el pasado con una nueva historieta importada desde el Caribe y que nos ha invadido con la traicionera complacencia de quienes tienen la obligación jurada de defender nuestra soberanía.

La soberanía no se logra mascando insultos contra el Imperio en las cadenas radiales y televisivas, descalificando con sobrenombres u ofendiendo a los ciudadanos.

El Leviatán bolivariano devora toda la representación ciudadana sin posibilidad ni capacidad de amparo en nuestra propia ley fundamental. Los venezolanos nos enfrentamos al monstruo más grande del engaño democrático, el disfraz de los poderes constituidos hoy transformados en devorador de la voluntad popular; la mentira y la traición pretenden convertir el triunfo electoral de nuestra representación parlamentaria en una derrota jurídica amparada por triquiñuelas de una corte suprema sumisa, que no representa más que una burla a las normas y procedimientos dispuestos en la ley.

Llegó el momento de revisar las doctrinas de este fracasado régimen, al fin y al cabo los gobiernos democráticos, como dijo Abraham Lincoln deben ser: “De la gente, para la gente y por la gente”. Es decir, del soberano.