• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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De los mentirosos

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La historia es parte del hombre quien se realiza como hacedor de ella y no como su consecuencia.

De las lecturas obligadas y a pesar de los siglos transcurridos, destaca Michel de Montaigne, quien mediante sus ensayos analiza los más variados comportamientos del ser humano. Entre sus escritos encontramos uno que pareciera describir los hábitos de nuestros destacados gerifaltes, lo tituló “De los mentirosos”.

Encuentra Montaigne una diferencia entre mentir y decir mentira. Sutil pero muy cierto, pues la primera se deriva del latín e implica ir contra la mente, contra la conciencia, mientras que decir una mentira es solo repetir sin saber o sin conocimiento del tema.

Nuestra patria ha estado sometida a la invariable prédica de la mentira por boca de mentirosos, ésos que hablan contra los que saben y como explica bien

el pensador francés al no guardar memoria de lo dicho se tropiezan una y otra vez sobre sus envilecidas falsedades.

Cierto es que la verdad tiene una sola cara, mientras que la infinidad de rostros de su antagónico reverso nos engaña una y mil veces al presentarse vestido de engañifa.

Los últimos tristes meses de la República Bolivariana, que ni es república ni bolivariana, ha sido la culminación de una gran mentira elaborada sobre mitos más que historia, enarbolada en el asta de la ignorancia.

Cuando se miente como norma, se construye un mapa lamentable de violencia, corrupción, inseguridad, incapacidad, ignorancia, hambre, miseria y muerte, solo queda claro que hemos sufrido cuál pueblo castigado por la divinidad las plagas bíblicas.

El reto que se plantea parece simple y claro, pues no es otra cosa que ser lo contrario a los mentirosos, creer y ser seres de palabra, no como esos que han merecido que aquel inglés escribiera que mientras más conocía al ser humano más prefería la compañía de su perro.

Se está comenzando a reescribir nuestra historia, el trazado requiere de hombres y mujeres dispuestos a humildad, sinceridad y honestidad al hablar y hacer lo que dicen y no lo que conviene. Sufrir alguna humillación será necesario pero tendrán el sustento de su verdad.

Como dice la historia, el Imperio Romano cayó por la negligencia de un solo soldado, ése que olvidó cerrar la puerta y permitió a los otomanos tomar Constantinopla.

Los que hoy detentan la responsabilidad de representar la libertad y justicia tienen la obligación de trancar el paso a los usurpadores mentirosos, y ese candado está en la Asamblea, en las mesas y en las masas. Está en cada uno de nuestro diario hacer, y nuestra conciencia será juez, no la historia.