• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Juicio abominable

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Cuando la humanidad juzga o valora acontecimientos trascendentales, rara vez muestra unanimidad de criterio o consenso; sin embargo, hay eventos que por su vasto efecto se convierten en ejemplo para la sociedad, en lecciones de admiración o rechazo.

Entre ejemplos contemporáneos está la admiración por el descubrimiento de la energía atómica, paralelamente con similar intensidad, el rechazo como arma del poder para la guerra. Admirable dominar el átomo como recurso energético, despreciable su uso para la destrucción.

Hago esta referencia por entender que hay actos y hechos que unen la mente de los hombres disímiles en su mayoría, diversos en sus formaciones, principios y valores, pero congruentes en sus criterios.

Es así como en el mundo occidental apreciamos uno de los más tristes lances de la justicia frente a sus eternos enemigos: el poder y la intolerancia.

Cuando la investidura del juez es personificada por estos atributos se produce un acto para la administración de la justicia que solo puede calificarse de detestable.

Tiempo atrás conocimos del juicio al que llevaron a un joven cuyo delito, por los jerarcas transformado en crimen, fue denunciar los abusos del poder establecido que llevó al pueblo a estados de sufrimiento. Tanto padecer había que la promesa para alcanzar un mundo mejor después de la muerte fue suficiente para generar ilusión, fe y esperanza como el bálsamo para tolerar las inclemencias cotidianas.

Este joven fue apresado y torturado. El poder recurrió a la traición y falsos testimonios para encausarlo. Los discursos del orador fueron una poderosa llamada de atención a la corrupción reinante y eso fue intolerable. El joven prisionero no se escondía detrás de las armas. No lideraba grupos de insurrectos. Su poder era la palabra, la palabra de la verdad verdadera que defendía a los oprimidos provocando ira y terror entre los buitres del poder.

Así fue como un juez, postrado y genuflexo ante los deseos de los gerifaltes, en un acto pletórico de hipocresía, le consultó a la gleba para esconder su acción de condena al inocente. Más tarde se lavaría las manos, más no pudo lo mismo con su conciencia.

Esa burla a la justicia, esa condena a la palabra de la verdad, ha quedado en la memoria de la humanidad. Lo mismo que se ha estigmatizado el terror con el ejemplo de ese juicio abominable.

Hoy, a más de 2.000 años de esa aberración, los poderosos que tiemblan ante las ideas pretenden esconder abusos y tropelías detrás del Poder Judicial, pero cuando así se ensucian sus manos, no hay cómo limpiar la indeleble marca de su inmundicia.