• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Escasez crítica

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En los días que corren en nuestra patria nos enfrentamos cotidianamente a la expresión “no hay”. Es la réplica simple y directa a la demanda de cualquier producto. Nunca antes valoramos lo que nos faltaba, suponíamos normal su reposición. Hoy entendemos que no hay precio más alto que el de lo que se pierde. Falta todo lo que fuimos capaces de producir con acierto y calidad, falta porque se ha destruido la industria nacional. Es que se ha ido mucho más allá en el camino de la destrucción de un país: ahora nos falta lo esencial.

Se ha destruido la producción aplicando el método demoníaco, organizado, efectivo, sostenido y eficaz puesto en marcha por la revolución bolivariana. Método resultante de experiencias como el estalinismo, o la destrucción de la sociedad cubana. Es la lección aprendida del lobo al que le vimos las orejas detrás de su piel con la que se disfrazó de socialismo y engañó a nuestro pueblo. El método horadó profundo para que desaparecieran los valores y principios como lo constatamos en los cuadros de su dirigencia.

Los jerarcas enviciaron sus principios y enterraron sus valores, y también perdieron el rubor de la ignorancia, llegando a baladronear, con insultante atrevimiento, su incapacidad e ineptitud con la que destruyen instituciones que requirieron siglos para darle identidad al perfil nacional. Podríamos pensar que el aspecto más crítico lo presentan las insuficiencias anteriores; pero no, nuestro buen salvaje hoy deambula por los caminos de la patria, lo hace sin el más fundamental de los derechos humanos, el derecho a la vida. No hay garantía para su existencia. El día a día del venezolano es un nudo de temor y aprehensión, se ha convertido en un prisionero de su propia tragedia. Vive entre rejas, alertado por incesantes alarmas, bloqueado por candados y encerrado en un laberinto producto de la perversa metamorfosis kafkiana que transformó aquella sultana del Ávila, aquel valle que fuera sucursal del cielo, en la paila más ardiente, peligrosa e inhumana de todas las del infierno.

La escasez es más crítica por la falta total de posibilidades para enderezar el rumbo sin pasar por un proceso que ha de reclamar el derramar sangre, dolor y lágrimas cuando mueran los vástagos que habían sido llamados a construir el futuro. Una generación que no ha entendido su pasado. Que no sabe comprender el presente, que ignora cuál pudo haber sido su mejor futuro. Terriblemente shakesperiano y absurdamente cervantino como la manifestación de la voluntad popular, es enterrada en urnas del surrealismo político creado por los destructores de la nacionalidad.

Debemos comprender que sin tolerancia será imposible reagrupar al país y recuperar el aliento para recoger las ruinas y resurgir cual ave fénix de nuestras cenizas. La intolerancia ha sido probablemente el rasgo fundamental más imbricado en el rojo régimen tiránico. La intolerancia levanta su voz e impide que se oigan los que desde la Asamblea exigen respeto a nuestra carta fundamental.

Gritos y gruñidos de gerifaltes traicioneros a la democracia, pretenden con esos alaridos enterrar sueños de una nación en una farsa que ni a sainete llega. Una determinante escasez que podría impedir nuestra paz futura.