• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Engañoso disfraz

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Acabamos de vivir una de las fiestas más antiguas de la humanidad: el Carnaval. Fiesta que sembró sus raíces en el antiguo Egipto, que se celebró entre los griegos y llegó a su máxima expresión en Roma. El carnaval era una licencia para que el pueblo soterradamente pudiera burlarse de los poderosos. Para que irrespetara a las autoridades manifestando y señalando los abusos que le causaban sufrimiento en la población.

El pueblo, para burlarse, no daba la cara, lo hacía escondido detrás del disfraz.

En Venezuela los poderosos no dejan de burlarse, sin piedad y misericordia del sometido y engañado pueblo al que disfrazan de soberano, en el pernicioso lenguaje del populismo. Lo visten con disfraz de Libertad, Soberanía y Democracia, un vestido cívico y deslumbrante, que le impide ver la verdad de la trágica situación que vive la Nación.

Según el DRAE, un disfraz se utiliza para cambiar la apariencia de algo y conseguir que no se reconozca. Claro, en estos días de realidades virtuales, son muchas las veces que creemos que algo es, cuando en realidad no lo es. Se espera lo virtual, lo intangible, no se transforman las mentiras en verdades. Sólo se crean espejismos e ilusiones.

Al regreso del asueto carnavalesco a los católicos se nos llama a reflexión al celebrar el “adiós a la carne –origen de la palabra carnaval–, con el recordatorio de las cenizas que se imponen en nuestras frentes con las palabras “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Pero ante un prolongadísimo engaño de los buitres criollos vemos cuan triste se torna la burla al pueblo soberano.

De acuerdo con los conceptos de algún genio vernáculo de la economía, se anuncia y no en tono lúdico, que la inflación es producto de la imaginación y no del manejo de irresponsables. Recurso de la imbecilidad retórica de los impúdicos e incapaces directores de la economía que manejan la política monetaria.

Las estupideces continuadas, los errores constantes en la dirección económica no tienen otro propósito que el pretender exonerar su culpabilidad invocando una situación bélica, eso que ramplonamente denominan “guerra económica”, una batalla que se libra, sin tener otro enemigo que los errados mandatos que emanan de sus oscuras y zafias mentes.

Habrá que recordar aquel digno presidente de nuestra naciente república, que ante la advertencia de que en el teatro se burlaban de su persona replicó: “Lo grave no es que el pueblo se burle de su presidente, grave es que el presidente se burle de su pueblo”. Las palabras de Carlos Soublette nunca tuvieron mejor marco referencial.

Hoy vivimos de la mentira, de la careta del eterno carnaval del gobierno, al que solo le preocupa abusar del tesoro público, raspando la olla del erario público hasta dejar a la nación sin reservas en las bóvedas del Banco Central. Ciertamente no se dice nada de los depósitos en cuentas de bancos internacionales que han sido objeto de investigación, y pertenecen a particulares ligados al régimen.

El patrimonio nacional ha sido dilapidado, pero hasta ahora nadie es responsable del barranco. Se premia con embajadas, se les da protección diplomática, se protegen a los mayores criminales de esta nada minúscula hazaña de convertir a un país rico en mendigo y maula internacional.

Nada creía que podíamos agregar a este triste lamento, pero el estupor se incrementa cuando se informa que aterrizan en nuestros aeropuertos aviones repletos de nuevos billetes para echar gasolina al fuego de la incontrolada inflación.

¿Cuánto se ganó en esta operación?

Nunca lo sabremos. Seguro dio para pagar alguna cirugía estética en un cuerpito agradecido.

Si este carnaval no se acaba pronto, en polvo quedaremos convertidos y no será necesario esperar cien años.

Ni el disfraz es de Venezuela. Tampoco la careta es de Patria.