• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Leopoldo López Gil

Dadme la libertad o dadme la muerte

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“Dadme la libertad o dadme la muerte” fueron las palabras del joven Patrick Henry, quien luego de mucho debatir con sus colegas asambleístas consideró que resultaba vano e inútil el discurso de ellos en contra del opresor. Cuando el joven patriota sintió que esos hombres, en sus peroratas, proponían tomar el camino de la paz y no la lucha por la libertad, dijo en la reunión de la Convención de 1775: “¡Paz, paz!… pero la paz ya no existe. La guerra ya ha comenzado. ¡Nuestros alientos ya están en el campo de batalla! ¿Por qué permanecemos, entonces, inactivos? ¿Qué es lo que los hombres desean? ¿Qué es lo qué quieren? ¿Es la vida tan preciada, o la paz tan dulce, como para ser compradas al precio de las cadenas y de la esclavitud? Ignoro el curso que otros han de tomar; pero en lo que a mí me respecta: ¡dadme la libertad o dadme la muerte!”. Palabras que inspiraron el inicio de la Revolución americana y los movimientos libertarios de América entera.

A los pocos días comenzó la represión inglesa. La guerra por la independencia de las colonias americanas se inició sembrando el surco del sacrificio con muchas vidas patrióticas.

Hoy, en Venezuela, estamos ante un gobierno represivo: Maduro lanzó una proclama de Guerra a Muerte, y convirtió a su ministro de la Defensa en un heraldo con guadaña presta para los ciudadanos que ejerzan su derecho constitucional a la protesta. Han incoado esta nefasta proclama. Pero ¿cuántas veces más van a gritar paz, mientras sus armas escupen el fuego de la opresión y el terror, sembrando el odio entre hermanos, provocando la división en la familia venezolana? Diálogo no hay, ni lo ha habido. ¿Cómo convocar a la paz si no oyen a los que en su derecho piden enmendar lo errado?

Ha llegado la hora de sincerar posiciones y deponer trampas y engaños que han regado con la sangre de nuestros jóvenes las calles del país. No permitamos ni una víctima más, la patria lo exige.

Urge reconocer con crudeza los errores cometidos; principalmente por quienes, empeñados en culpar a extraños e impertinentes por los resultados nefastos de su mal concebida y peor ejecutada política, insultan como a la patria a quienes les oponen. La oclocracia debe ser sustituida por una renovada representación ciudadana, deslastrada de ambiciones inconfesables y usurpadas representaciones. Un acuerdo como el que en el siglo XIII puso fin a las interminables guerras entre hermanos ingleses y su despótico rey Juan, que dé origen a una sociedad próspera. La carta magna.