• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Campamento de refugiados

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La diáspora de la humanidad, la huida de la muerte por hambre o de la esclavitud provoca la desesperada situación de hombres y mujeres con el enfrentamiento entre hermanos que prefieren exponer todo por el derecho de soñar con un futuro mejor.

Hoy Europa toda es un conflicto, un debate. No saben sus naciones si la solución está en cerrarles las puertas a los miles de seres humanos, sufridos y moribundos, que deambulan por el continente buscando su amparo. No saben cómo hacerlo sin renunciar a sus principios humanitarios.

¿Cómo se puede satisfacer la justicia, ética y dignidad a la vez de compensar las apariencias populistas de los que proponen cambiar las reglas? Se resquebraja la unidad de las naciones.

Los países firmantes del Tratado de Schengen, países que un día acordaron suprimir los controles en las fronteras interiores, hoy están en la mira como el objetivo del canibalismo xenófobo de organizaciones e intereses particulares. Ellos, que se unieron en busca de paz y justicia, hoy creen ver el momento de cambiar el valor de la unidad por el egoísmo del separatismo y la pequeñez.

Esto que sucede lejos de nuestras costas atlánticas, convirtiendo en un hervidero el mar interior del Mediterráneo, es lo que sucede allá, al otro lado del océano. Un aviso, una señal como tantas que nos han llegado y no hemos sido capaces de comprender. Es algo cercano, una realidad que está aquí en Venezuela, que desgraciadamente llegó a estas costas caribeñas.

Ha sido tanta la torpeza administrativa del régimen bolivariano, particularmente en los últimos años, que ha logrado dejar a nuestra patria en triste carraplana. De nada sirvió la bonanza, los mejores y mayores precios para nuestro petróleo, tampoco supimos aprovechar los mercados más altos para otras materias primas como oro, aluminio, hierro y acero.

Hoy, ante un sombrío panorama de la economía mundial en decadencia, nos enfrentamos a una deuda financiera internacional imposible de pagar, a pesar de estar sacrificando el bienestar de la población negando las divisas necesarias para la compra de alimentos y medicinas, pero satisfaciendo a los tenedores de la deuda (probablemente dateados compraron bien barata) para no ser lo que en realidad somos, un país en quiebra.

Ciertamente se dice fácil, pero las implicaciones de nuestra quiebra van mucho más allá de la economía. La quiebra del venezolano es moral, además de la miseria económica. Hemos destrozado el aparato social en su esencia, en la profundidad del Estado.

No respetamos las instituciones, la Constitución no pasa de ser una referencia populista, una “bicha” que ignoramos absolutamente. No guardamos respeto por la ley, los poderes no existen, no hay autonomía de poderes, no hay república. Vivimos en anarquía.

Esta locura que vivimos nos hace pensar que el rumbo escogido es el de la destrucción total en manos forajidas. El Apocalipsis. Nos hemos convertido en un gran campo de refugiados. Hoy nuestra diáspora llega al millón de compatriotas que buscan futuro allende nuestras fronteras.

Pero sin cruzar fronteras 30 millones de muertos de hambre sufren la falta de medicinas, caldo de cultivo para nuevas y tremendas pestes. La reducción de la ingesta calórica generará una camada de niños enclenques y enfermizos. Desgraciadamente el debilitamiento también será mental.

Alguna vez leí una frase que decía: “Nunca seremos grandes mientras las aguas de nuestros ríos se pierdan en el mar y la inteligencia de nuestros niños se desperdicie por no cultivarla”.

Tratemos con toda nuestra voluntad de evitar convertir a nuestro país, alguna vez promesa de futuro, en el más grande y triste campamento de refugiados de nuestra América.