• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Es usual por recurrente, utilizar la imagen del hundimiento del Titanic como ilustración de desastres que la prepotencia provoca. La negligencia, la desesperación y la estupidez, son junto con la arrogancia conductas que surgieron en momentos de cobardía inmovilizadora y heroísmo inspirador.

Evocar esta memoria para esclarecer el fatídico momento histórico que vive Venezuela, no da suficientes luces, pero no es exagerada.

Esa soberbia nave representó el poder ante la fuerza de los océanos. Así, igual que la altivez del Titanic, Venezuela vivió petulante y altanera el poder de otrora, su gobierno jamás estuvo dispuesto a dar cuartel, conceder posiciones por considerarse sin fundamento real, como único en el concierto de naciones iberoamericanas y del Caribe.

Éramos el espejo de la engreída nave hasta que tropezamos con obstáculos y nos dimos cuenta que ni estábamos preparados, ni dispuestos a sacrificarnos y superar los impedimentos que encontráramos en el océano de la historia real. Hoy crujen nuestras estructuras sociales como crujió el casco del barco al chocar con el iceberg.

Como respuesta a su deplorable manejo, la economía en sus vertientes, como la inflación, el desabastecimiento, el desempleo, el endeudamiento y la insolvencia, causa profundas grietas y fracturas en nuestra sociedad.

La ruta del dolor, ese idílico y fantasioso camino que tapizan con adoquines de mentiras y fracasos los predicadores del socialismo, tiene por único derrotero el abismo, destino al que llegamos con cantos de sirena, el odio abonado, y música que embelesa y distrae mientras la realidad camina por la cuneta de la fatalidad del populismo, ese que solo conduce a la destrucción de la nación.

Anteponer el servicio a la deuda financiera a librar divisas para importar materias primas para nuestros alimentos y medicinas, provocando la confrontación fratricida y el genocidio, aísla a quienes al hacerlo traicionan su doctrina socialista.

Hay quienes comparan a la oposición con los músicos del Titanic, ven en esos patriotas que se oponen a felonía, a quienes conscientes de su destino, se mantuvieron unidos, con hidalguía hasta el final. Afortunadamente, Venezuela además de políticos dispuestos al sacrificio entonando la melodía de la promesa republicana, cuenta con muchos que desde sus ergástulos cantan con fuerza el grito de la venidera libertad.

Rugido como el telegrama enviado desde el gran barco cuando todo se había perdido, y con angustia decía: “nos hundimos de prisa pasajeros subiendo a botes”

Horas más tarde la Oficina de Correos de Londres recibió un telegrama de la White Star Line diciendo: “Según mensaje de reaseguradores de N.Y., el Virginian se encuentra cerca del Titanic y no hay riesgo de pérdida de vidas”.

El Virginian no llegó a tiempo. ¿Tendremos nosotros un Virginian oportuno?