• Caracas (Venezuela)

Leopoldo López Gil

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Apestoso uniforme

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Recuerdo cuando respetábamos y envidiábamos a los jóvenes que con prestancia, dedicación y evidente vocación de servicio se inscribían en la Escuela Militar, la casa de los sueños, el nicho para la defensa de los valores de la nación. Sus uniformes tenían un atractivo que despertaba nuestra imaginación.

En la memoria descansa lo que el admirado cadete representaba y significaba en su uniforme. Era el más legítimo de todos los herederos del Bolívar joven y emprendedor de la epopeya patriótica. Así lo veíamos y por ello lo admirábamos.

Los jóvenes de las academias militares con disciplina difundían virtudes. Eran para el mundo los más valientes, caballeros y honestos. Eran los portadores del legado del héroe que entregó su vida en aras de la libertad, el joven caraqueño que retó a la naturaleza hasta convertirse en el astro que iluminó senderos con su ejemplo a las naciones que buscan la libertad.

Eran los jóvenes militares de la Batalla de La Victoria, a los que se referiría José Domingo Choquehuanca en su arenga en el templo de Pucará cuando le dice a Simón Bolívar lo que sus jóvenes guerreros significaban.

Hoy, lamentablemente, pido perdón por mi dolor. Es un dolor legítimo de padre, esposo y abuelo. Hoy no pienso como pensé ayer, pero no se confundan quienes crean que exagero cuando refiero el triste episodio de la cobarde actitud abusiva en la requisa en Ramo Verde. Este evento lo único que ha hecho es ilustrar y descubrir el abuso que un uniformado, con los símbolos de la patria, es capaz de cometer.

Es la traición al uniforme, herencia del padre de la patria. Traición al uniforme que debe ser la joya más preciada de nuestra ciudadanía y no un trapo para cubrir los actos del esbirro, la ineptitud del haragán, la escoria del corrupto que se esconde en las tinieblas del contrabando, el narcotráfico, los secuestros, las amenazas y chantajes que hacen en combinación con la impunidad que dispensa el descompuesto Poder Judicial.

Marco Aurelio, en el segundo siglo de nuestra era, parece haber sido más sensato que este esbirro con mancillado uniforme de oficial; para el romano las leyes estuvieron siempre por encima de los antojos de los buitres.

La rendición de cuentas del secuaz no será ante obedientes y genuflexos funcionarios del poder. Habrá que rendir ante la justicia, cuando esta se reivindique en Caracas, en La Haya o en cualquier rincón del mundo civilizado lejos de la barbarie en la que se ha convertido esta patria.

El sádico goza al humillar al débil, el abuso del poder ha sido placentero para los pervertidos, los incompetentes y resentidos. No hay duda de que en las candilejas también gozan del poder momentáneo, pero les desespera la firmeza de quienes no se amparan en vientos temporales ni cantos de sirena. Nunca se podrá enarbolar una bandera nacional embadurnada con la hez de la injusticia. No nos pondremos firmes ante ella sucia y mancillada. Nuestra bandera, el escudo, la imagen auténtica del Libertador y su ejército volverán a ser respetados a pesar de los opresores que, por ahora, tienen en sus ensangrentadas manos el poder de la nación.