• Caracas (Venezuela)

Leonardo Padrón

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Leonardo Padrón

Bandidos de un solo brazo

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A veces uno se encuentra las historias en los paradores de carretera. En el Km. 25 de la vía Caracas-Valencia son muchos los conductores que suelen detenerse en Maitana, un típico merendero de la ruta. Allí me encontraba una mañana desayunando. El lugar estaba repleto. El rumor de los comensales cubría cada rincón. De pronto, un ladrido estentóreo, gigantesco, paralizó a la clientela. El ladrido provenía del baño de caballeros. Todos fijaron la vista en la pequeña puerta. Un hombre surgió, con cara de espanto, y alertó que adentro había un perro. Un perro furioso, sin duda. Se forjó un silencio expectante, temeroso. Hasta que un grupo de hombres rompió en carcajadas cómplices celebrando la actuación del compañero surgido del baño. Todos tenían algo en común: les faltaba un brazo. Al imitador del perro también. Ese hombre respondía al nombre de José Longa y es el miembro estrella de los Bandidos de un Solo Brazo.

La travesura la ha replicado en distintas ciudades del mundo. En un restaurante de Japón la gente salió corriendo despavorida ante lo que parecía el ataque de un perro rabioso. Aclarado el “equívoco”, le rogaron –celulares listos para grabar- que repitiera la asombrosa imitación del ladrido que, dado el calibre de su garganta, pareciera provenir de un animal de gran magnitud. Las visitas a esas ciudades las ha hecho con el equipo de softbol al que pertenece. Eso me cuenta Longa, un impresionante shortstop de 42 años que posee un solo brazo y 11 guantes de oro.
Ese día, en Maitana, nos estrechamos la mano y comencé a conocer su historia.
 
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José Longa ha vivido siempre en la UD-3 de Caricuao, una populosa zona del oeste caraqueño. Allí nació, sin mano izquierda. Cuenta que su madre parece haber ingerido un medicamento contraindicado para mujeres en estado de gestación. Ni modo. Su padre, entonces, lo llenó de beisbol. Tuvo la intuición de que ese sería el antídoto contra los obstáculos de la ruta. Lo paraba frente a una pared y lanzaba la pelota contra la superficie. Tantas veces como fuera posible. Fueron muchas las ocasiones en que la pelota lo golpeó en el rostro. Y el pequeño Longa lloraba. Pero cada día lograba atajar más rebotes. Por arriba, a los lados, rastreros. Así aprendió una acrobacia clave: sacarse el guante a toda velocidad para lanzar la pelota con la misma mano. La única mano posible.
En su parroquia, jugar beisbol era más importante que tener dos manos. “El que no hace deporte en Caricuao se tiene que mudar de ahí”, me comenta con orgullo en las vocales. 
Su infancia fue una zona de caimaneras incesantes, de partidas con chapitas, con peloticas de goma, mucho bateo y corrido, mucha cancha de básquet y mucho voleibol. Cuando los niños lo veían lo subestimaban, algunos lo llamaban “el mocho”. Hasta que comenzaba a batear durísimo, atajar rollings como nadie y lanzar perfecto a la primera base. Entonces empezaron a pedirlo en cada equipo callejero y a llamarlo por su apellido, Longa. Con respeto. Con aplauso en la voz.
 A los cinco años ya jugaba con los Criollitos de Venezuela. Y comenzaría a tejerse su destino para luego ser el mejor campocorto en la historia de los Bandidos de un Solo Brazo.
 
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A principios de 1994, un neoyorquino llamado Victor Rosario se dirigía a su trabajo en el departamento de seguridad del Jackson Memorial Hospital, en Miami. Victor sufría de movilidad reducida. Ese día reparó en la gran cantidad de personas con discapacidad que acudían a terapia. Gente que había perdido los dedos, la mano completa, el antebrazo o toda la extremidad. Algunos en un accidente de tránsito, por una herida de bala, una caída estrepitosa o en una maquina de moler carne. Una idea comenzó a circular por su mente. Armar un equipo de pelota con gente de la misma condición. 
Días después fue a un casino a probar suerte. Se sentó frente a una máquina tragamonedas. Bajaba la palanca del costado, veía los cilindros dar vueltas, los símbolos buscando repetirse, la suerte en lidia. Sintió alguna similitud entre él y la tragamonedas. Recordó entonces el antiguo nombre que tenían esas máquinas: Bandidos de un solo brazo. Una frase que resumía un aspecto y una noción: tragaperras con una palanca lateral (el brazo) y una notable habilidad para despojar de su dinero al jugador. Bingo. Ese sería el nombre del equipo de softbol que quería conformar. Los jugadores, en su caso, le robarían la partida a la adversidad. Bandidos, a su manera.
 
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Una mañana de 1996 los parques y las estaciones del metro de Caracas amanecieron llenas de pendones que decían: “Se solicitan atletas con un solo brazo para organizar el primer equipo de Venezuela de softbol de personas con discapacidad. Interesados llamar al número…”. Un abogado venezolano, Oswaldo Flores Jr., había decidido replicar la experiencia norteamericana. Todo el mundo le habló de Longa y su prodigiosa habilidad. Fue muy fácil hallarlo.
Longa aceptó. Venía de una dolorosa frustración. Un día tenía una cita con los scouts de los Atléticos de Oakland. Les habían referido al muchacho que, con un solo brazo, era ambidiestro en el bateo e insuperable en el campocorto. Era la cita más importante de su vida. Pero justo en la víspera se lesionó la rodilla jugando básquetbol. Una pequeña tragedia. Quizás ese día se truncó su posibilidad de llegar a las Grandes Ligas. Ahora lo llamaban para conformar un equipo singular, distinto a todos. Eso  cambió su destino.
 
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Bandidos de un solo brazo, capítulo Venezuela, es el segundo equipo fundado en el mundo. Ya han participado en 14 campeonatos mundiales, de los cuales han ganado 8, y en 4 han sido subcampeones. Las cifras lo dicen: son un equipazo. Su mayor rival en los torneos es República Dominicana en una liga donde también están Colombia, Nicaragua, Puerto Rico, Estados Unidos, Corea, China Taipéi y Japón. El próximo mundial será justo en Dominicana, julio mediante.
El nombre del equipo ha sido cuestionado por potenciales patrocinantes. La involuntaria alusión al mundo del hampa confunde a los desprevenidos. En un país donde el delito es rutina, hay metáforas que pueden resultar inconvenientes. Aún así han preferido ser fieles a sus raíces. Oswaldo Guillen y Ugeth Urbina los han ayudado a financiar sus giras, amén del respaldo del Instituto Nacional de Deportes y de su primer patrocinante, SITSSA, una empresa estatal de transporte terrestre.
En Venezuela hay cuatro equipos más de softbol de personas con discapacidad. Es el único país en el mundo con esa abundancia de equipos. Son ramificaciones de los Bandidos: Gigantes de Anzoátegui, Estrellas de Una Sola Mano, Potencia de Aragua y Bandidos de Lara. Se están multiplicando.  
Longa me habla de “ese décimo pelotero que es Dios”. Los Bandidos poseen un lema: “Cuando los deseos son más fuertes que las limitaciones”. Es su mantra.
        
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Longa acaricia su muñón mientras habla. Me relata una de las mayores humillaciones que ha vivido. Un día, recién graduado de bachiller, fue a buscar trabajo en una popular tienda. Llevó los requisitos. Llenó la planilla. Todo encajaba en el perfil. Menos algo que no habían advertido: su ausencia de mano izquierda. Lo rechazaron en el acto. Bañado en llanto se fue caminando por el hombrillo de la autopista, desde La Trinidad hasta Chacaíto. Decidió concentrarse en lo que mejor sabía hacer: jugar pelota.
La familia de Longa es una raza de shortstops. “Remigio Longa, mi papá, jugó con Luis Aparicio. Él es campocorto, como mi tío, Anibal Longa, que jugó con Los Tigres de Aragua en 1965. Y como mi hijo Abraham”.
Longa hace las jugadas de rutina con alardes circenses. Hay que verlo. Cómo cubre los huecos en el campo, su alcance, su brazo para fusilar corredores en primera base. “Siempre he tenido buen brazo”, me dice. La frase parece una paradoja cuando quien la dice tiene un solo brazo.
“Cada vez que jugamos contra un equipo convencional nos ven y dicen ‘Ay, pobrecitos’. Se les nota en la cara. Cuando les vamos ganando por más de 4 carreras empiezan a respetarnos y entienden que no deben subestimar a nadie”. Es la lección que dejan a cada sitio que van.
 
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Un día tuvo la oportunidad de participar en un juego con Hugo Chávez, quien solía refrescar su popularidad en caimaneras, casi siempre televisadas. Esa mañana, en el dugout, vistiéndose para el juego, le pidió a Chávez el favor de que le amarrara los zapatos. Chávez se desconcertó y le dijo que se lo hiciera él mismo. No había advertido su discapacidad. Longa le dijo que no se preocupara y con un gesto le reveló “sin querer” su condición. Chávez saltó de un brinco. Le amarró los zapatos. Longa, entonces, con pasmosa destreza, los desató y los ató de nuevo, sin ayuda. El presidente no pudo más que sonreír: “Me jodiste”.
 
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José Longa posee un solo brazo, una esposa, tres hijos, y once guantes de oro. Es profesor de educación física y ha fundado una organización con su nombre: “Los niños con discapacidad tienen que vivir lo que yo he vivido. A mí me han pasado doscientas cosas buenas y tres malas”. Está buscando a algún cineasta que se detenga en la historia de su equipo.
Su oficio natural es dar jonrones y capturar pelotas imposibles. Ser una estrella cuando tenía la planilla llena para ser un hombre frustrado. En realidad, su principal oficio es ganarle la partida a la adversidad todos los días.
Justamente el mismo oficio que nos toca hoy a todos los venezolanos.