• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

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Lena Yau

El equipaje es una cosa infinita

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Para Adrian y Raquel.
“Sangran en mí las hojas de los árboles”.     Eugenio Montejo.


Todavía encuentro alguna camiseta ovejita hecha un rebujo en el fondo del baúl de madera que en Caracas usaba de mesa para la tele y que en Madrid uso para guardar la ropa de verano cuando es invierno y de invierno cuando es verano.

Parecía tan grande allá. Acá su capacidad es insuficiente.

Mi mano toca la tela de franela y la reconoce.

No necesito mirar para saber.

Mi mano tiene memoria.

Pasa también cuando busco ibuprofeno en el mueble de las medicinas.

A ciegas, por pereza de encender la luz, mi mano tantea, explora volúmenes y formas, tropieza con una pestaña de cartón que el tacto lee, ésta no, ésta es de allá, juega al toca–toca para adivinar, ¿será ponstan? hasta dar con la caja que necesito.

El tropiezo con la cajita de allá me dispara, me hace volar y aterrizar en el asiento trasero de un taxi, quince años atrás. Allí, engurruñada por una mezcla de frío, dolor y miedo, pensaba en círculos sin poder parar de llorar.

El hilo musical de mi cabeza sonaba así:

Qué frío tan horrible, ¿cómo se llamará esta autopista?, se parece al pulpo, el cartel dice M30, M30, ¿qué quiere decir M30?, no me ubico, ¿cómo saber dónde está el norte si aquí no hay Ávila?, este taxista no habla, qué pinta de malandro, esos pelos, por favor, el camino de vuelta se me está haciendo más largo que el de ida, el dolor me está reventando, y eso que tengo anestesia, odio la anestesia, me pica en la mejilla, no siento la boca, no se me entiende cuando hablo, ¿cómo voy a hacer en la farmacia?, ¿cómo se dirá ponstan aquí?, yo quiero ponstan, una merengada de ponstan, ¿cómo se dirá esa vaina en españoleto?, este taxista me quiere secuestrar, esta no es la vía por la que vine, ¿por qué agarró por aquí?, está claro, me quiere secuestrar, en la autopista no hay semáforos, ¿y si me tiro?, ¿me pasará mucho?, va a cien kilómetros por hora, si me tiro pongo la mejilla derecha primero, segurito que no me duele, me inyectaron anestesia por carajazos, voy a llorar callada para que crea que soy valiente, le voy a decir que no me secuestre, que le va a salir mal el negocio, que me duele mucho la muela, que enferma soy imposible y que en esta ciudad nadie pagaría por mí un rescate, qué triste, aquí no valgo medio, aquí no soy nadie, aquí no existo, aquí no salgo en la guía telefónica, aquí no soy secuestrable, aquí no me puede doler la muela porque no sé decir ponstan.

Ahora me río pero…

Vivo en un mundo bilingüe.

Camisetas de aquí y de allá, medicinas de aquí y de allá, comida de aquí y de allá, palabras de aquí y de allá.

Todo se traduce.

Siempre fue así.

Hija de inmigrantes españoles, mi mundo era un cubo de Rubik.

Los hermanos de mi padre y de mi madre se unieron también a inmigrantes.

Españoles, alemanes, italianos, portugueses y más.

Vivía una realidad de cuadritos de colores que combinados al azar hacían las caras de un cubo.

Había que traducir todo.

Poner lo que era de allá y acá en su lugar.

Supongo que por eso no tengo claro si soy una emigrante, una inmigrante, una retornada.

Aquí soy de allá, allá soy de aquí.

A veces imagino el mapa de mi país: geografía de cielos.

El de Venezuela, el del España, el del Atlántico entre ambos.

Una tarde, mi hijo hace un cuenco con sus manos y me ofrece su botín:

Una piña de pino, tres bellotas maduradas, una granada color gris ciudad.

Veo las palmas de sus manos, sudadas y pegajosas y el recuerdo superpone sobre ellas, las mías, más de treinta años antes, yo pequeña, en aquel valle verde, llevándole a mi madre mi tesoro: mangos y cocos por crecer, guayabas picadas de gusanitos blancos, envoltorios de torontos que juntaba y alisaba con mucha paciencia, la pluma de un turpial.

Se lo cuento a mi hijo y pregunta por el nombre del árbol del coco.

Cocotero, le digo.

No me cree.

Me pide merendar “ese pan redondito de tu país que rellenas con York”…quiere arepas con jamón.

Llamo a mis compadres y atiende mi ahijada.

Me habla de Segovia, de Burgos, de Guadalajara, de San Lorenzo del Escorial.

En su boca de niña esas geografías suenan tan mayúsculas que me dan ganas de decirle:

— Princesa, no digas palabrotas.

Entonces me recuerdo diciendo Carabobo, Guasdualito, Margarita, Parapara, Barquisimeto, Aragua, ante la cara desorientada de los adultos de mi familia.

No sé bien de qué me fui.

Sólo sé que tenía que irme.

Y que el país intentó detenerme.

Primer aviso; piénsalo bien, traidora:

Cuatro días antes de la partida: bajando por la autopista de Prados del Este, una lámina de conglomerado mal amarrada, se desprendió del camión que iba delante de mi carro y se estrelló contra el parabrisas.

Segundo aviso; no lo vas a poder contar, traidora:

La última imagen de mi ciudad adorada: atrapada una torre de Plaza Caracas. Busco la ventana y miro diez pisos hacia abajo. En el asfalto negro y bacheado, una decena de ballenas con sus chorros más que disuasorios, jaulas, patrullas, gente en estampida, gritos, triquitraquis…¿eran triquitraquis?

Tercer aviso; ahora o nunca, traidora.

Colofón de la fuga: a diez metros del estacionamiento del aeropuerto, con las maletas que vendrían por avión, con los pasaportes en la mano, curva cerrada, mancha de aceite, chirrido de cauchos que derrapan, equipaje que vuela, cinturones que felizmente no estaban vencidos y funcionaron como debían.

Cuarto aviso; aquí también estoy:

La venganza: en Madrid, de camino a tramitar mi Documento Nacional de Identidad. Yo mirando a través de la ventana cafeterías con dibujos de churros, yo pensando que el atasco me iba a hacer perder la cita, yo considerando si pagar la carrera e irme caminando, yo escuchando unos gritos, una frenada larga, un golpe seco. Yo recuperando la consciencia mientras voces preguntaban si me siento bien, si quiero llamar a alguien, si me ayudan a poner la denuncia.

Y hoy, tantos años después, tan lejos de todo aquello, sigue aquí.

En un semáforo en la calle Alcalá.

A mi derecha, Las ventas.

Pululan rumanos que quieren limpiarme el parabrisas.

A mi izquierda, una ambulancia. En su carrocería leo: San Román.

Se abre el océano y todo está en un mismo sitio.

Regresa la cola sonora de un extra, rehenes en una clínica, ladrones, policías.

Desecho aquello.

Pienso en mi hijo y en mi ahijada comiendo mamones con los antebrazos embarrados del juguito que chorrean, con las lenguas pintadas de amarillo de raspado de parchita, cantando los chimichimitos y el pájaro guarandol, sabiendo escoger los árboles a trepar (guayaba no, que resbala, aguacate no, que la rama se quiebra), pronunciando con soltura chaguaramos y Guachirongo.

Eso será posible desde la memoria, desde la palabra de los poetas, desde las páginas de los libros, desde el humo de una empanada de carne mechada hecha en invierno.

Yo hice un viaje de vuelta que ellos harán cuando sea oportuno.

Mientras tanto, ellos también viven un mundo bilingüe que ven como un plus, una ganancia, un extra.

Jamás como una pérdida.

No sé si quince años después alguien pagaría un rescate por mí.

Sé que aparezco en la guía, que me encuentro a amigos por casualidad en la calle, que el paisaje me responde cuando le hablo.

Sé que tengo un país con un mapa hecho de tres cielos que son uno solo.

Y que el Ávila marca el norte dentro de mí.