• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

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Lena Yau

Un chasquido

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En las manos calientes

de los niños
el pájaro de madera
comenzó a vivir

Zbigniew Herbert

Un chasquido es el sonido que produce la lengua al separarse con rapidez y fuerza del paladar.
Ese alejamiento hace que el aire de la cavidad bucal reverbere convirtiéndose en sonido.
Aire no significa vacío.
Lo hueco tampoco. Hay oquedades que engañan.
La cueva que es el interior de la boca recibe, cobija, cura y ofrece.
La lengua abraza los sabores, describe una ruta sobre la piel de la persona amada, limpia una herida leve que quema al pasar la página de un libro, mide la temperatura de la sopa que invitamos.
La boca tiene que estar libre para hablar, para comer, para cuidar, para amar.

Solo así es posible que sea un afluente que sube y baja en muchas direcciones.

Somos voz, eres voz.
Papá me decía: No me chasquees la lengua pero yo no podía evitarlo. Los chasquidos son tan automáticos en mí como el gesto de arrugar la nariz para preguntar ¿qué quieres?
El chasquido es contrariedad pero también se reproduce de muchas maneras en lo cotidiano con múltiples significados.
Las coquetas, esas flores humildes que abundan tanto como el monte, esconden un cartucho bajo las hojas.
Cuando era pequeña imaginaba que esa cápsula vegetal celaba el perfume que las flores no emanaban. 

Buscaba con cuidado las bombitas verdes, las separaba del tallo con pulso de artificiera para posarlas con suavidad sobre la palma de mi mano, hacer una fila con ellas y presionarlas levemente.

Una por una estallaban en chasquidos enroscando las paredes hacia fuera y dejando al aire semillas blancas que yo frotaba detrás de mis orejas para oler a coqueta antes de sembrarlas.
¿Tienes un real entero? ¿Me cambias dos medios por un real?
Si venía un sí, deslizaba mi realito por la ranura de la máquina de refrescos.
Un puertecilla vertical y transparente mostraba variedad de bebidas.
Los sabores me eran indiferentes, lo que me importaba eran los sonidos.
La moneda caía por lo que yo pensaba como un esófago metálico hasta aterrizar en la barriga del robot de las bebidas.
Una luz se encendía y abría la puertecilla con un quejido neumático. La mano empujaba un gancho semicircular y la botella caía dando botes que se escuchaban como bolas de billar devoradas por un agujero de la mesa.

Quitarle la chapa tenía dos tiempos y una coda: un clinc y un chasquido que se derivaba en un shuuuuuuuuuuuuu que parecía mandarnos a callar.
Pero muchos chasquidos sumaban muchas chapas que se aplastaban para clavarlas en un taco de madera y hacer un sonajero dejando sin efectividad la orden gaseosa de hacer silencio.

Un chasquido rompe un mamón gordo y opulento, deja salir la pulpa que la lengua succiona hasta disolverla por completo.
El mamón es derrota en cáscaras arrugadas y en una semilla pálida y calva.
Un chasquido desviste a un libro del celofán transparente que lo envuelve y deja escapar millares de líneas, palabras libres, pensamientos al vuelo, ideas en futuro practicable.
Un chasquido es un fósforo deslizándose sobre la lija negra anunciando que un cumpleaños está a punto de cantarse.
O que una fogata va ser encendida.

Un chasquido nunca rompe el vacío.
Un chasquido abre el paso.
Un chasquido precede a lo que viene.