• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

Al instante

Una astronauta

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Para Alejandro Sebastiani Verlezza.


Hace días pensaba en lo mucho que me gusta disfrazarme.
De niña me gustaba, en mis tiempos universitarios también y ahora, a esta edad que es un poco espejismo, me sigue gustando.

Cuando pequeña tuve disfraces comprados y disfraces cosidos por mi mamá en una para entonces modernísima Singer automática.

Mi mamá me llevaba de la mano hasta la avenida Francisco de Miranda.

Allí quedaba la tienda en la que compraba los patrones.

Tengo una foto en la que me descubro conejo.

La foto es de mi primer colegio, el San Marino, en Caracas.

Era un colegio bilingüe italiano-español.

Me inscribieron allí para que dejara de atormentar a “los grandes” con preguntas cuando me aburría en casa.

Mi roce con la lengua italiana aumentó con los vecinos del apartamento de abajo.
Dice mi madre que estuve un año y que al finalizar sostenía conversaciones en italiano con los Grillo: una modista y un vendedor puerta a puerta de la revista infantil Topolino.

Me encantaba ir a su apartamento porque jugaba con su hija, una niña un año mayor que yo, porque la madre me enseñaba a hacer arancini y porque el padre se había quedado sin los dedos de los pies.

Se le congelaron, me contó, huyendo de la guerra.

Solo le quedó uno, el pequeño, negro y arrugado como una pasa pétrea.

El señor G. llegaba de vender las revistas, se sentaba en el salón y se sacaba los zapatos.

Momento feliz para mí ver sus pies sin dedos.

Contrariamente a lo que pueda parecer eran unos pies muy bonitos.

Yo pensaba: son los pies de un bebé.

Ese dedo negro es el ombligo seco que no se cae.

Yo bajaba a merendar siempre.

La primera vez que probé la Nutella y la gianduia fue gracias a ellos.

Y allí vi la máquina de hacer pasta: un aparato de hierro que se fijaba a la mesa con un mecanismo de succión.

Se dejaba caer la harina amasada en un orificio mientras se giraba una manivela. Por una fisura salía la masa convertida en pasta.
La máquina tenía moldes que se cambiaban según la forma en que se desease para la pasta: pasta corta plana o cilíndrica, pasta larga de calibre variado, fideos.
Láminas para lasaña y nunca para pasticho, “esa palabra es un invento venezolano, en Italia se come lasaña, el pasticho es griego”, me explicaba siempre la señora Giovanna, pero cuando yo preguntaba, ¿cómo de Grecia?, ¿por qué no puedo decirle pasticho a su lasaña? Giovanna, que era costurera pero no cosía disfraces, se ponía a silbar canciones de su tierra para no contestarme.

La máquina de pasta me fascinaba y también una ruedita que tenían para cortar una masa que luego se freía y se rociaba con azúcar nevada. Se llamaban crestas.

Yo era muy mala para comer.

Me invitaron a almorzar y fui porque quería probar la pasta de la máquina.
Acepté encantada y me puse mi disfraz de conejo para estar a la altura de la ocasión.
El encanto se fue disipando cuando me senté a la mesa.
En ese instante supe del desfile innumerable de platos que se da en un típico almuerzo de la mamma.
Pimientos asados, pepinillos, berenjenas, cebollas, alcaparras, aceitunas, zanahorias, tomates, todo tipo de vegetales crudos, encurtidos, escabechados, empanados, en ensalada.

Me resigné, me tapé la nariz, me comí todo y les pedí a los vecinos que nunca le contaran a mi mamá que había comido lechuga, pimentones, berenjenas y tomates.
Ellos me guardaron el secreto, me sirvieron la pasta y la disfruté feliz.

La segunda sorpresa fue descubrir que después de la pasta venía otro plato.

Me lo comí sudando dentro de mi disfraz.

Las orejas del conejo habían perdido firmeza y parecían dos velas vencidas por el calor.

La familia G. me invitó a almorzar muchas veces más pero, aunque me encantaba la pasta, no estaba dispuesta a comerme los platos que la escoltaban.
Les comenté que los conejos preferían comer pan campesino con mantequilla.

No volví.

Nunca contaron que comí vegetales.
El primer disfraz que recuerdo fue heredado.
Era un disfraz de astronauta que me cedió mi prima mayor.
Se llamaba María Eugenia y la recuerdo bellísima, con una cabellera negra, lisa, brillante y unos ojos vivaces.
María, como la llamaban mis tíos, me regaló el vestido pero se quedó con el casco.
Todavía me sirve para patinar, dijo.
A mí no me importó demasiado, la verdad es que me angustiaba tener la cabeza encerrada en un cilindro de plástico con antenas que, según mi imaginación, podrían atraer rayos.
El vestido era una pieza fantástica en damasco color plata y con aberturas en la cintura para transpirar a gusto en el calor selenita.
En las tardes me vestía mi disfraz y preparaba lo que pensaba era la comida ideal de un trabajador espacial.
Tacitas con sabores: leche, chocolate, gelatina, café instantáneo, sal, azúcar y algo de picadura de tabaco.
Todo en polvo o molido porque así de ligera y etérea tenía que ser la comida de quien volaba.

Meses después supe que las niñas que vuelan comen mamones antes de partir para hacer travesuras con las semillas.
Y luego comen colores.
La última vez que vi a mi prima la vi con un mamón en la mano.
Dejó la semilla limpiecita, me miró con picardía, apuntó a la cabeza de una vecina que caminaba en la planta baja del edificio, lanzó con acierto y me apartó de la ventana entre risas.
Escondidas debajo de la cama me juró que la víctima no fue la señora Giovanna.
Menos mal, le dije. Ella conoce mi secreto. No quiero que se enfade y lo revele.
Mi prima se carcajeó. ¿Qué secreto puedes tener tú con cinco años?
Él secreto de los vegetales, le contesté, cruzando los dedos para que no preguntara más.
Dos días después una fiebre muy alta la despegó hasta la luna.
Sus padres se llevaron su cuerpo de regreso a la isla en la que la historia de la familia abarca una alta pila de libros en los registros.
Años más tarde viajé a verla y comprendí que los astronautas también se alimentan de flores.

La única foto que conservo de ella es la de diez docenas de claveles junto a su nombre en letra de molde sobre mármol.
Siempre cuento que mi prima María Eugenia fue la primera astronauta venezolana.
No le dio tiempo a conocer la máquina de pasta ni los pies sin dedos del señor G.
Pero supo de lo mamones y sus pepas.
Ese recuerdo me hace sonreír.