• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

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Volver

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A Efrén Hernández Arias.

A Gaby y a Matías.
A María Zafira.

En alguna ciudad del pensamiento

te estaré amando.

 

Joan Margarit


I

¿Volver a dónde, de dónde, por quién, a qué?
Eso pienso en el avión que me lleva.
La aeromoza sirve una de las tres comidas que harán más llevaderas estas 9 horas de trayecto.

Bebo mi vino, cierro los ojos, recuerdo viejas lecturas para sosegar los nervios.
10 años sin pisar la cuna. 10 años de mariposas cosquilleándome el estómago.
Prepárate, me advirtieron los que sabían de mi viaje.
Eso que buscas no existe, ese país ya no está.
Mi compañera de asiento suspira.
También vuelve, me digo.

Se llama María Zafira.
Le cuento que me siento emocionada y asustada, que según la distancia se acorta, voy retrocediendo en el tiempo, que no veo la hora de abrir la ventana y ver el mar, que quiero empegostarme y acalorarme.
Ella me ve con dulzura y piedad.

Intenta protegerme de un golpe, de una decepción.
Ya no es, me dice. Ya no es.
Hasta el pegoste y el calor cambiaron.
Ya no es.

 

II

Aterrizo y camino ligera para entrar al país.
Mi medida no tuvo efecto: hay una larga cola para entregar la documentación.
Miro a la gente: es mi gente.
Aunque me pierda en algunas palabras, aunque hablen de programas que jamás he visto, esos rostros son los rostros que crecí mirando.
Detallo sus caras, su forma de pararse, los gestos con los brazos, la ropa que es tan colorida que parece cantar.
Sonrío al comprobar que llevan chaquetas, suéteres, mangas largas.
Con este calor.
Pero el que es de un lugar siempre encuentra la brisa.
El momento pacheco dentro del calorón.
Yo sudo como quería, parezco un pollo, estoy contenta, estreno pasaporte y piso mi suelo.

El funcionario me mira, me da la bienvenida, paso, las maletas tardan pero aparecen, dos maletas pesadísimas que me ayudan a sacar de la cinta y a pasar por los rayos con amabilidad caribeña: mamita, dame acá, tú no puedes solita con eso, pero ¿qué trajiste en el equipaje, mija?

Quise contestar traje ansiedad, traje angustia, traje expectativa, traje hambre, traje sed, y también quise explicar que todo lo que le nombro aunque intangible, pesa muchísimo.
Pero di las gracias dos veces, dos veces riendo y dos veces dije: me traje a mí.
Salgo, me esperan los brazos de mis amores, alcanzo la calle, cierro los ojos, aspiro salitre.
Mientras subo para alcanzar mi ciudad repaso la larga lista de cosas por hacer y miro fascinada el recorrido. 

Tras el último túnel veo lo que tantas veces puebla mis sueños, mi brújula interior, mi tic tac verde, mi montaña, mi Ávila.
Estoy. He vuelto.

III
Escribes una lista de deseos y aparece sabio.
Un dador que sabe leer.
Alguien que es capaz de ver a través del tiempo y de intuir rutas añejas, añoranzas no registradas.
El sabio tuerce el guion sin salirse y ocurre la magia:
Desayuno en Quinta Crespo frente a un chivo vivo y un chivo muerto.

Alguien grita mi nombre en el Parque del Este.

Cruzo calles contando perros.

Tomo cerveza a pie de licorería en un barrio cercano al Panteón.

Me hacen fotos con maniquíes pechugonas en Plaza Caracas.

Camino por el estacionamiento de Parque Central y escucho dos orquestas ensayar en sus sótanos.

Dejo la cartera en el carro y vuelvo al vértigo del estará no estará cuando regrese.
Un teleférico que no conocía me acerca a una montaña que siempre vi desde mi carro.
Subo al Metrocable y veo muchas cosas con menos distancia.

Almuerzo pan de maíz recién horneado.
Me reconcilio con un muerto en una taguara.
Disfruto de la brisa asfáltica.

El amor es sortilegio.

IV
¿Cómo explicarle a María Zafira que regresar es regresar a mí misma?
Lena niña en su calles.
Mis manos quieren tocar la tierra.
No hay maceta que se salve: donde veo un manto que protege raíces allí van mis puños.
Se mueven circulares sobre lo húmedo, hacen un hueco y estiran los dedos.
Ahora mis dedos son raíces también.
¿Quién me arranca de aquí?
Camino por Chacao.
En la plaza el jardinero rastrilla el césped.
Qué bien huele la grama alborotada, le digo.
Yo soy el responsable de ese perfume, me contesta, ríe, silba, continúa.
Parece feliz.
En una calle cercana una brisa repentina se lleva un montón que una señora afanosa había barrido de la acera.
Vuelan en remolino una montañita de hojas.
Me divierto entrando en medio del pequeño tornado, dejándome despeinar, sintiendo cómo la arenilla golpea mi cara.
La señora me cuenta: esta calle siempre ha sido así. Es una calle con sorpresas.
Lo dice con un dulcísimo acento gallego.
Alcanzo mi trasversal.
La recorro de esquina a esquina.
Reconozco todo porque todo está.
El mercado antiguo, el seguro social, el kiosko, el abasto, la tienda de pócimas encantadoras, la escuela donde aprendí a tocar cuatro.
Las puertas del edificio de mi niñez están abiertas.
Entro sin dudarlo.
El ascensor sigue roto.
Mi tío Hans lo reparaba siempre pero este aparato nació terco.
Mi tío sigue allí. En otro plano pero también allí.
Subo hasta el tercer piso.
La puerta de mi vecina está abierta.
Llamo al timbre.
Sale mi vecina, la misma que tuve hace 40 años.
No hace falta que le diga mi nombre.
Me reconoce de inmediato.
Paso a su casa.
Está idéntica.
Conversamos emocionadas, le doy dos besos, sigo mi camino.
Veo mi jabillo.
Me abrazo a él, dejo que me clave sus pinchos.
La gente pasa, se detiene, les cuento que es mi árbol, que lo extrañaba mucho, que viajé 6.000 kilómetros pensando en él.
Una señora llora conmigo.
El jabillo se hincha y se suelta.
Es un suspiro de madera.
Me reconoce.
Nos dejamos querer.

V
Encontré un lugar vibrante, un sitio de grosero verdor y edificios, calles que hierven sonidos y ruidos, pájaros que cortan el aire.

Gente que abre generosa las puertas de sus casas y te dan sin pensarlo cosas que han comprado tras horas de colas, días de peregrinaje, semanas de pesquisas: café con un chorrito de leche, quesos frescos, sublimes quesos frescos, indescriptibles quesos frescos; trenza, telita, de mano, guayanés.
En la radio los periodistas y amigos me preguntan cómo encuentro todo, cómo me trata el lugar.
Les cuento del amor a los sapitos de la noche.
De lo loca que estoy por un palo de agua.
De las chapitas aplastadas que estrellan el pavimento.
Sienten alivio con mi dicha borracha.
Recupero el sentido del humor local.
Tengo que ser rápida.
Visito a Milagros y me ofrece sancocho, me incorpora a su familia, me regala neologismos de escasez, intercalamos seriedades y carcajadas.

Voy a casa de Elisa y me recibe con chocolates y croissants.

Conversamos sus libros, los libros de otros, el trabajo fotográfico de amigos comunes, las partidas de gente amada.
Yamel me lleva a comer, acepta dulce mi desorden, me ampara, me enseña a contar billetes, me da instrucciones para tomar un mototaxi.

Juan me enseña sus orquídeas, una mata secreta para condimentar, una piñata reconvertida en vigilante.
A Faitha le digo que la sultana me bate las pestañas.
El Ávila se cuela por todas las ventanas.
No vi la fuente de Plaza Venezuela.
Pero la tengo con nombrarla.
Y en Corina, que está en Moscú y que desde allá es la fuente.

En Caracas estamos todos.
Todos somos Caracas todos los días.
Dentro y fuera de ella.

VI
Casi al final de mis dos semanas de viaje presento mis libros.
Llego a la librería azorada.
Sentada en una silla reconozco a María Zafira.
Junto a ella sus hijas, sus nietos.
¿Te acuerdas de mí?, me pregunta.
¡Viniste!, le contesto, feliz, maravillada.
La calidez, la amistad, la cercanía, todo lo que pensamos perdido, todo lo que somos, todo lo que seguimos siendo, está concentrado en el gesto de alguien que conocí en el avión y que se trasladó desde una distancia considerable para acompañarme en un día importante, especial.
A cada evento al que fui la gente se agolpó para abrazar, para preguntar, para conversar, para llenarme de regalos y de un cariño que no sé si merezco pero que atesoro. 

Familia, amigos de infancia, amigos virtuales, lectores, un hervidero de latidos, oídos deseosos de escuchar qué país encontré.
¿Cómo que el país no está? ¿Cómo que ya no es?
¡Pero si yo he encontrado todo!

¡Qué calor y qué pegoste tan sabroso!
Lo que somos permanece.
El país subyace bajo una capa gruesa que parece inflexible y amenaza con hacerse permanente.
Pero esa capa es soluble.

V
Ya en Madrid exploro la palabra Volver.

Joan Corominas dice que procede del latín volvere y que su etimología remite a hacer rodar, hacer ir y venir, enrollar y desenrollar.
Y la realidad no hace otra cosa de darle la razón porque eso soy en mi país / ciudad: algo que rueda, que se mueve pendularmente, que se desenvuelve como una lengua larga y sensible para lamer todo, recogerlo y llevarlo siempre conmigo.

Sigo inquiriendo y el Diccionario de la Real Academia Española recoge 27 acepciones para Volver y las preguntas que me hice al principio comienzan a tener respuestas.
¿Volver a dónde, de dónde, por quién, a qué?
Porque volver es corresponder, pagar, retribuir. Dar vuelta o vueltas a algo. Encaminar algo a otra cosa, material o inmaterialmente. Traducir. Anudar el hilo de la historia o discurso que se había interrumpido. Girar la cabeza, el torso, o todo el cuerpo, para mirar lo que estaba a la espalda.
Volví para tocar. Para vagar. Para mutar. Para hablar y escribir todas las lenguas. Para seguir contando. Para coger impulso, para medir la distancia. Para entender que ahora es cuándo. Para reforzar mi amor, mi esperanza y mi fe en mi mapa. Para amar.
Volveré pronto y muchas veces, estoy segura, siempre en sonrisa porque hicimos las paces.

A veces ponemos las culpas en la casilla equivocada.

Soñé que era pájaro.

Hacía acrobacias en el aire antes de dejarme morir en un lento y elegante cruce de alas.

La muerte en el sueño no era final sino paz, sosiego, armonía.

Ya nada me desdice.
Hay un territorio al que necesitaba regresar.

País lenguaje.

En él estoy.

lenayau@gmail.com