• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

Al instante

Venezuela, Venezuela, Venezuela

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El 10 de julio del 2014 soñé que estaba en Caracas.

Caminaba por Chacao.

Todo estaba muy cambiado.

Los edificios otrora habitados por inmigrantes eran ahora gastronomía vertical: locales con propuestas ligeras, desenfadadas, lúdicas y en algunos casos confusas.

Subí a la azotea del edificio Coro y me senté en una mesa.

Cuando hice mi pedido una pareja que ocupaba la mesa vecina me preguntó:

—¿De dónde eras?

—De aquí, les dije. Era y soy de aquí.

—¿Con ese acento?

—¿Qué acento? Los venezolanos no tenemos acento. Eso lo sabe todo el mundo. Yo soy venezolana. No tengo acento.

—Tienes un acento marcadamente diacrítico.

—No tengo acento. Soy caraqueña.

—Tienes que demostrarlo.

—¿Por qué?

—Porque hicimos una apuesta. Gane quien gane repartimos contigo.

—Yo lo único que quiero es comer silencio.

—Prueba esta pizza. Si te gusta, olvidamos tu acento.

—¿De qué es la pizza?

—De frunas.

—Vale. Tengo un ligero acento diacrítico. Pero soy de aquí. Y no pienso probar esa pizza. Odio las frunas.

—No eres de aquí, no eres de aquí, no eres de aquí. Oigan todos: esta mujer no es de aquí, no es de aquí, no es de aquí.

Me desperté con taquicardia.

2

Marirrosa dirige un colegio en Catia.
Antes de ser directora fue profesora de Castellano en el mismo plantel, guía tutora y madrina de infinidad de promociones.
Por complicaciones personales y familiares, Marirrosa tiene que dormir en Maracay.
Cada día se levanta a las 3:00 de la mañana, se sube a un autobús con su hijo pequeño y recorre los kilómetros de la Autopista Regional del Centro para llegar a tiempo al colegio.
Allí vive su jornada laboral, escucha a los alumnos, los enrumba, atiende lo programado y lo imprevisto, repasa los pendientes del día siguiente, si le sobran segundos comparte café con sus compañeros, toma de la mano a su niño y sube de nuevo a un colectivo que la devolverá a Maracay, con suerte, dos horas después.
Así todos los días.
En Marirrosa se mezcla el amor de una aragüeña y un asturiano.
De su mamá heredó la pasión docente y la cara redonda.
De su papá heredó una pujanza terca, el color de la piel y alguna palabra en bable.
Sus padres heredaron de ella la persistencia.
Marirrosa le dio clases a Salomón Rondón.
Cada vez que el gran Salo sale al campo pienso en mi amiga y en las formas que tiene mi país.
Todo nos hace crecer.

3.

Lecturas ásperas y audios estremecedores.
Escucho a César Miguel Rondón relatar su infancia.
Habla de los años previos a nacer, de la semilla del hogar que luego fue, de barrotes y arrestos domiciliarios, de hermosos vestidos blancos ofrecidos por cortinas y pantallas de lámparas, de una tierra de acogida cuando la prepotencia de quienes detentaban el poder los expulsó, de afectos separados por el mar, de parientes de cariño en el país transitorio, de repetir tres veces, muchas veces al día, el nombre de la cuna, una letanía que es cordón umbilical, sílabas que suenan quemando la nuca, nombre propio para un mapa que es ánimo. César Miguel revela al niño, el miedo nocturno, la cama de los padres como balsa salvadora, la noticia que anuncia la posibilidad del regreso al territorio que nombra esa palabra pronunciada tres veces, muchas veces al día.
Encuentro lo que motiva esas declaraciones.
Un comunicado absurdo de un ente absurdo que forma parte de un régimen absurdo.
Recuerdo entonces a Victor Kemplerer.

Contaba el filólogo en La lengua del Tercer Reich que en el tablón de anuncios de la universidad en la que trabajaba se colgó un aviso en el que se leía: Cuando el judío escribe en alemán, miente.
Así lo había decidido el régimen.
Por imposición millones de alemanes perdían el derecho de serlo y perdían el derecho a gritar verdades en su lengua materna.

4.
Una de las primeras palabras que aprendí a pronunciar, leer y escribir fue Extranjería.
La aprendí así, con la inicial en mayúscula y todavía sale así de mi boca y de mis teclas.
Extranjería era una agenda, un montón de diligencias previas y posteriores, fotos, vestirse presentable, carpetas con planillas y recaudos, timbres fiscales, fotocopias de la Gaceta Oficial, un papelito con un número, los papeles, por fin los papeles.
Mis padres venezolanos me duraron media hora.
Un carro en neutro bajando por una calle, un brazo extendido, el bolso, la billetera, los documentos, la nacionalidad oficial sin estrenar y la nacionalidad del corazón completamente compungida.
Vuelta a empezar para repetir la historia pero con algún cambio y avance.
Una navajita rasgó la tela de la cartera de mamá y se llevó el monedero.
Esta vez lo perdido fue la cédula.
La tercera fue la vencida.

5.

Buscando apelativos cariñosos tropiezo en Wikipedia:
Las Capitónidas son aves del orden Piciformes. Habitan en los trópicos de todo el mundo; el mayor número de especies se encuentra en África. Las diversas especies reciben los nombres comunes de barbudo, barbudito y cabezón.

Son aves regordetas, con el cuello corto y la cabeza grande. Los nombres de barbudo y barbudito se deben a las cerdas que rodean su grueso pico. La mayoría de las especies están brillantemente coloreadas.

Son aves arbóreas que anidan en agujeros de los árboles, donde ponen de 2 a 4 huevos. Se alimentan de frutas e insectos. No emigran.
Ya casi no quedan lecturas inocentes.

6.

La pérdida de la inocencia, la fuga de lo tranquilo, la ausencia de lo natural y la puntualidad impertinente del dedo señalador.

Todo lo foráneo es peligroso. Toda diferencia es traición. Toda crítica es amenaza.
Leo en Twitter a mi amiga Enza García Arreaza. Cuenta que regresa de la farmacia y piensa en uno de sus escritores de cabecera, Orham Pamuk.
Enza y Pamuk me llevan a su padre, al padre del escritor, a mi padre y a Seamus Heaney.
En dos segundos y gracias a Enza pienso en los pozos de agua y en la turba.
Dos segundos después alguien increpa a Enza por leer a autores extranjeros.
Ese alguien pregunta desafiante si ha leído a autores venezolanos e intenta dinamitar su calidad de escritora.
Abrazo, venezolanísimamente, a Enza, con los versos de Montejo, tan de Islandia como de Manoa:

La terredad de un pájaro es su canto,

lo que en su pecho vuelve al mundo

con los ecos de un coro invisible

desde un bosque ya muerto.

7.

En Madrid leo y veo sobre Araya.
Miro las ruinas de un castillo que se levantó para proteger el lugar de los piratas.
Leo que Humboldt estudió la luminiscencia del mar.
Veo seis minutos de la película de Margot Benacerraf.
Mido las montañas de cristal blanco, cuento las veces que he soñado con un lugar en el que nunca he estado pero que conozco de memoria, paso la yema de los dedos por la frase ladrones de sal, encuentro títulos para poemas y hago mío el rezo del niño César Miguel: Venezuela, Venezuela, Venezuela.