• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

Al instante

Juan y el pájaro Guarandol

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“Y mientras un caballo de Chagall escapa por la ventana

hago estrellas con tus pecas”.

Juan Rodríguez


A todos los que amaron a Juancito.

A Carolin y a Jorge.

 

Juan era Caracas y quizás por ello voló.

Lo conocí hace muchos años, parece mentira que haya pasado tanto tiempo, yo con 18 y él 10 más.

Yo comenzaba la carrera de Letras y cada tarde, al salir de clases, me quedaba a conversar en el Gran Café.

Allí nos tropezamos.

Me hizo gracia de inmediato. Su cabello lleno de rulitos, sus lentes redondos, una sonrisa dulce, tersa.

Del con leche pasamos al te invito a ver una peli en el cine Prensa, del cine a cenar pizza, de la cena a las cervezas, de las cervezas a patear el bulevar recorriendo bares míticos, de las barras a la arepera y de la arepera al te dejo, corro a mi clase de francés en la Alianza, hombre sonsacador.

Esa primera jornada que fue de 24 horas descubrí que el personaje con el que me fui de fiesta era el autor de unas tiras cómicas que leía con goce y avidez.

Juan era el ilustrador de la revista dominical de este diario, Feriado.

Yo no podía creer que tenía frente a mí al autor de Tozti y al autor de las portadas de otro libro que consumía con fruición y que siempre fue infaltable en mi biblioteca: La guía de Caracas de Miro Popic.

Fue el inicio de una intensa amistad.

Mientras mis dedos seguían los trazos de Juan, una línea escapó de las páginas del periódico y huyó veloz para pintar un mural bellísimo en la entrada de la librería del Ateneo de Caracas y de allí rodó juguetona a engalanar las paredes de los barrios de la ciudad en proyecto que era una fiesta: Juan y los niños dibujaban juntos bajo el auspicio de lo que entonces se llamaba IMAU y que ahora mismo recuerdo como la cara del Aseo Urbano.

Juan amaba formar parte de ese proyecto porque él, con 20, 30, 40 años, nunca dejó de ser un chamito.

Llenaba de colores sus lienzos mientras escuchaba una mezcla de los Beatles, Jim Morrison y música brasileña.

De sus pinceles salían bodegas de carretera, playas, mujeres de medias negras, el Ávila de día, el Ávila de noche y gatos, muchos gatos.

Juan era un gato más. Un gato sorpresa.

Y también un astronauta perdido en el amor. Quería amar.

Compartíamos rituales.

Uno de ellos era visitar al Chagall expuesto en el Museo Sofía Imber.

Nos parábamos delante del cuadro y peleábamos por él.

Nos creíamos los legítimos dueños de ese cuadro lleno de azul.

Al final llegamos a un acuerdo: la patria potestad del Chagall era compartida.

Una semana le tocaba a él, la siguiente a mí.

Juan tenía un mundo interior tan flamboyante que un día se quedó dentro de él.

Olvidó su lengua materna y se quedó con un lenguaje que solo él entendía.

Hablaba desde él y para él y contaba a quien quisiera escucharlo sus vivencias con arcángeles, con duendes, con planetas.

Luchaba pincel en mano contra los enemigos de un mundo agonizante.

Y en esa lucha, quizás tratando de embestir a un dragón con una lanza de flores azucaradas, tomó impulso, voló y nunca volvió.

Su partida me rompió en dos.

El día que lo supe sentí que una mano invisible me robó una vértebra.

Días después de la noticia soñé con él.

Una ventana reflejaba a un hombre piñata: mi amado Juan estaba vestido de pájaro guarandol.

El disfraz era de papel crepé en rojo y azul.

Tenía una cola verde larguísima llena de miniplisados.

Era como un ramillete de acordeones de papel minúsculos y kilométricos.

Una voz me preguntó:

—¿Qué le pasa a tu amigo?

—Vive en un mundo paralelo. Es un pájaro

Otra voz dijo:

—Se vería mejor en sedas frías.

Entre los temores que abrigaba a mi vuelta a Caracas estaba ver la ciudad sin Juan.

Exorcizando esos miedos le escribí un ruego a Chagall:

Marc, enséñame a volar sobre azules para volver.

Regrésame al lienzo que Juan y yo nos disputábamos en Caracas como si tuviéramos derecho a poseerte.

Devuélveme a las trifulcas con aquel amigo pintor, a las peleas en las que hacíamos de tu historia y de tu rastro trasplantados al trópico un punto de honor.

Invítame la mesa que he visto y leído tantas veces.

Indícame el camino del silencio.

Al bajar del avión recité el escrito como el rezo desesperado de la agnóstica que soy.

Me dije a mí misma: resígnate. Juan se fue.

Pero el amor es una terquedad.

Y una mañana en casa de mi prima, sentada en la terraza, viendo las guacamayas y ese verde que quería beberme, comenzó a sonar “El pájaro guarandol”.

La música, que para muchos podría ser un tormento, para mí fue la gloria: era un grupo de niñitos cantando en su acto de fin de curso en un colegio cercano a casa.

El aire distorsionaba el coro y lo enriquecía.

La canción se hacía en la transparencia.

Fue un momento mágico, recordé mil cosas, pensé mil cosas.

Días antes de abordar el avión que me regresaría a Madrid, Jorge, un amigo común, me llevó de regalo un libro.

Luna de Neón, de Juan Rodríguez.

El poemario póstumo de Juancito que además de usar el lápiz para delinear figuras también lo deslizaba para escribir.

Y como en sus lienzos, Caracas y el mar se repetían en sus versos.

La ciudad es tan generosa que abrió un pasillo entre planos y tiempos para que Juan y yo pudiéramos reencontrarnos.

¿Qué mejor espacio para persistir que el ave colorida de una canción infantil y que los poemas que vivimos juntos antes de ser escritos?

Caracas borbotea vida.