• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

Al instante

José Rafael Lovera y la gallina azul

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¿Qué es el pasado sino un trabajo inconcluso,

pantanoso, fecundo, seductoramente revisable?
Stephen Dunn

Rafael Lovera, bienquerido como el profesor Lovera, es historiador, gastrónomo, académico y escritor venezolano.

Es especialista en la cultura de la alimentación y la gastronomía venezolana y latina.

Fundador de la Academia Venezolana de Gastronomía, del Centro de Estudios Gastronómicos CEGA, miembro de la Academia Nacional de Historia y autor de libros fundamentales para los investigadores en el área de la cultura de la alimentación.
Esa es la parte sencilla para presentar a una figura como José Rafael Lovera.
Basta algo de investigación rápida en Google para que salten una serie de datos que configuran una carrera vasta y brillante.
Una segunda lectura, una lectura que se aleja de lo cuantitativo para entrar en lo cualitativo, una lectura que levanta los renglones como si de una alfombra tejida se tratase y mira lo que hay detrás del tapiz, descubre que todos los estudios, la actividad académica, las membresías, los actos fundacionales y las publicaciones, hablan de un hombre entregado, comprometido, leal y fiel creyente en la palabra, el país, la escritura, la historia, la formación.
Eso no es algo que descubro ahora.
Del profesor Lovera tengo noticias de toda la vida, no podría fijar la fecha primera, siempre ha estado presente en mis caminos con sus letras, tanto en la lectura como en la escritura.
Nunca, sin embargo, habíamos coincido personalmente aunque siempre había fantaseado con muchas conversaciones cara a cara.
En tantos años de seguirlo y leerlo, la cantidad de preguntas que me he planteado hacerle es infinita así como los comentarios a sus textos.
El azar me cumplió el deseo. El profesor Lovera vino a Madrid. La periodista Helen López Vázquez organizó un coloquio con el académico y me invitó a presentarlo.

Quise tener un encuentro con él antes de esta actividad porque además de leerlo en papel me interesaba una lectura de su persona.
Nos vimos en una cita cálida y breve y en ese momento fui incapaz de explicarle lo mucho que su trabajo ha tenido que ver en mis desvíos profesionales.
Y es que los desvíos son necesarios para acertar la ruta y el destino.
En términos taurinos José Rafael Lovera me dio la alternativa sin saberlo.
En ese desvío que fue diana tuvo mucho que ver un amigo del que hablé la semana pasada, Juan Rodríguez, mi ángel pintor.
El profesor tenía una columna fija en Letra G, la revista dominical del desaparecido diario El Globo.
Para ese entonces Elizabeth Fuentes dirigía el dominical y Juan lo ilustraba.
Lovera tuvo que ausentarse unas semanas y la directora le preguntó a mi amigo si sabía de alguien que trabajase lo gastronómico desde el punto de vista de la historia, la literatura o las artes.
Juan dio mi nombre y ella le pidió que me contactara.
No lo pensé dos veces, dije o grité o lloré o reí un sí mayúsculo y escribí mi primer artículo gastronómico literario: La última tentación de Leonardo Da Vinci.
Me publicaron tres crónicas que marcaron el inicio de mi camino trabajando lo literario y lo gastronómico.
Eso le debo a Juan y eso le debo a Lovera y la vida en su forma circular me da ahora la oportunidad de darle las gracias.

Leer a Lovera es más que llenarse de datos.
Más que revisar la historia de nuestra cultura bromatológica.
Lovera hace un trabajo tan incisivo y delicado a la vez que no es una fuente sino muchas.
Así, revisar cada uno de sus textos, sean libros o sean artículos en publicaciones periódicas va más allá de la información o del goce anhelante que generan las descripciones de una fruta o un plato determinado.
Lovera se pasea con soltura de conocedor, con la elegancia de un natural, por la botánica, las crónicas de indias, los textos greco-latinos, las cartas de navegación, la etimología, la zoología, la geografía y la filosofía para dar una visión total de un conocimiento a veces denostado, el saber gastronómico.
Y esa óptica desde la que aborda sus estudios es la misma que le imprime al pénsum de estudios de los profesionales que forma. Su búsqueda es la del cocinero ilustrado.
En ese lugar ubica a uno de sus alumnos, un hombre que brilla en sus haceres y en sus decires, un cocinero al que admiro y quiero: Francisco Abenante.
Le cuento que Fran es un lector ávido, un lector atento y exquisito y que eso refleja su cocina, que desde el tarkari de cordero a las empanadas de maíz pilao, esas lecturas suenan.
Me contesta que Fran ha hecho seminarios sobre Platón, y mientras lo escucho entiendo que solo alguien que ama la literatura, la filosofía y los fogones puede idear un regreso a lo propio para revisarlo y llenarlo de vida vestida de bocado y gusto.

La mamonada de Abenante, le explico al profesor, es el producto de esa sensibilidad. Fui feliz disfrutando de una bebida que es seda fría recorriendo la garganta mientras miraba el Ávila.
A mí me entusiasma mucho el compromiso del profesor con la cocina, especialmente con nuestra cocina, porque en su entrega Lovera no solo rescata platos sino palabras.
Para mí, una niña que probó su primera arepa muy tarde (bueno, ¡nunca es tarde cuando la dicha es buena!) el mundo de sabores y de historias que el profesor regala en sus libros en un tesoro.
Para la letrada, cazadora de sabores y de palabras, una dicha.
Desde su trabajo me saludan voces que son estrenos, retos, gemas. Venezolanismos preciosos como inmancable, arrosquetado y canarín, llegan a mis ojos junto a sebucán, yape, aripo y pijiguao.
Muchos de estos términos los recoge el Diccionario de la Real Academia.
No puedo dejar de pensar en que José Rafael Lovera sí logra ver los términos locales y específicos en un diccionario que es insignia.
Algo que Emilia Pardo Bazán no alcanzó.
Lovera es un arqueólogo gastro-lingüístico, un guardián de la memoria de lo que somos, un cuidador del futuro que queremos como país en una mesa, en las páginas, un buscador de claves que nos explican en el tiempo a través de lo que se siembra y se cría, de lo que se pronuncia y de lo que se mastica.
Un hombre lleno de curiosidad casi infantil, el motor básico y fundamental para no dar todo por hecho y sabido, para seguir rompiendo la superficie engañosa de las cosas y acceder a la esencia, para hacer del detalle mínimo y particular una universalidad.
Compartimos amor por el saber de raíz y por los textos tridimensionales.
La letra móvil de un recetario escrito a mano o un recetario impreso con notas al margen.
Allí, en la caligrafía que acota, está el plato hablante, el alimento que no solo nos nutre sino que nos cuenta.
Por eso digitaliza todo lo que le llega escrito de cocinas íntimas, familiares, privadas.
Quizás también por esa curiosidad chispeante se empeñó en buscar un ave que se suponía mito, la gallina azul o tinamus tao y no cejó hasta dar con ella.
No perder la curiosidad y alimentar la paciencia es la clave para encontrar.
Y la suma de esas dos virtudes es el amor.
Lo que vale para la gallina azul, vale para nosotros.
Sea en sabores o en la palabra es nuestro deber perseguirnos y encontrarnos.

Lenayau@gmail.com