• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

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Carlos Andrés Pérez o el adiós a una fobia

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A mi querido Julio Ikeda, 

por las risas antes de las reservas en su restaurante.

A Antonio Fernández Nays, amigo de mil acentos, que una noche en Madrid me devolvió a este lugar.

La otra cara también tiene otra cara.

Proverbio japonés.

 

Hace una semana compartía conversación y risas con amigos muy queridos en Madrid. Y este Madrid con temperaturas de otoño y gripes de estación es muchas veces Caracas. Otras es Maracay, El Sombrero, Puerto la Cruz, Valencia, Puerto Ordaz, Apure.

Madrid tiene, gracias a nuestras bocas, una capa que es Venezuela.

Así, frente a unas cañas bien tiradas, un par de copas de vino, unas aceitunas aliñadas, un grupo habla del allá, se reconstruye a partir de lo dejado.

Todo nos hace viajar.

Una tortilla de patatas me hace sufrir lo indecible y me obliga a confesar algunas fobias.
Eduardo, Beatriz, Esther, Sandra y Antonio, se ríen cuando cuento que la tortilla forma parte de mis gastropesadillas, que mi mamá lo intentó todo para que me la comiera, llegó a cambiar las papas por tajadas y queso blanco y ni así logró su cometido. No me atreví a contarles que mi intuición ubica el miedo a ese plato en una foto que conservo. Aparezco muy pequeña, a lo sumo dos años, comiendo una tortilla. Una tortilla de sesos.
Esa noche también conté que me da terror ir al cine. La idea de estar encerrada y a oscuras junto a un montón de desconocidos que mastican ruidosamente me llena de pánico.
Después de las carcajadas alguien preguntó por alguna otra fobia que no tuviera que ver con comida.
Lo solté sin pensarlo mucho: mi fobia más terrible fue hacia Carlos Andrés Pérez.
Antonio pidió que le contara más. Preguntó si había escrito sobre esto.
Sí, querido. Escribí. Aquí está y va para ti.

Carlos Andrés Pérez cambió mis paisajes.

Caracas, esa ciudad acogedora y pequeña, dejó de lado su tímida belleza y se vistió de metrópolis moderna. Espabiló como una preadolescente. Se llenó de luces, de autopistas, de vallas publicitarias, de lujo, de petrolera comodidad.

Las torres de plata se comieron los techos rojos.

También las palabras cambiaron por él.

Algunas eran de orden social, otras auténticos disparates.

No sé si eso fue lo que originó la profunda aversión que yo sentía hacia su figura.

En el cole, la señorita Otilia nos explicaba, arrebatada de entusiasmo, que nos estábamos convirtiendo en la primera potencia de América Latina, gracias a él.

Nuestros pies de parvulitas se balanceaban en el aire.

Sentadas en los pupitres, amasábamos plastilina y mirábamos a la montaña.

Alguna de las niñas comentó que iba a extrañar mucho la concha marina de la Shell. Otra dijo que Petroven era muy difícil de pronunciar.

Con los años mi rechazo creció hiperbólicamente y se convirtió en fobia.

Una fobia que, omnipresente, marcaba mis pasos, mis acciones, mis pensamientos y mis planes.

Una fobia que se acendró cuando Carlos Andrés ganó las elecciones por segunda vez. Los pupitres esta vez eran universitarios.

Los pies me llegaban al piso.

Mis dedos pinzaban cigarrillos en lugar de plastilina y mis ojos seguían clavados en el Ávila.

Caracas era una mujer bella y segura que presumía soberbia a golpe de melena.

El ardor y la incondicionalidad con que respondían los fieles seguidores del presidente me ponía de los nervios.

Yo me voy, me dije. Yo no sigo aquí. O él o yo.

Consciente de que mi huida era a largo plazo, tomé medidas.

La ciudad era muy moderna pero también muy pequeña y no estaba dispuesta a tropezarme con el presidente.

Era una idea fija.

Lo pensaba al levantarme, al acostarme, al soñar.

No resultaba tan descocado pensar en coincidir con un presidente que parecía tener muchos dones: saltaba charcos como un atleta, caminaba kilómetros sin despeinarse, se multiplicaba como un personaje de los dibujos animados, su voz llegaba a todas partes, aspeaba sus brazos, incombustible.

(Este último gesto me enloquecía. A más de uno le quité la palabra por remedarlo delante de mí).

Sin darme cuenta, la fobia, me encadenó a Carlos Andrés.

Dejé de subir a ascensores porque me aterraba quedarme encerrada en un ascensor con él.

Mis amigos me miraban, asombrados, subir diez pisos a pie, escalón por escalón.

Desde la planta baja me gritaban que el presidente no estaba en el edificio.

Mi respuesta se desprendía en voz con eco: ¿cómo están tan seguuuuuuros?

Y más.

Si iba a un restaurante, a la hora de la reserva, preguntaba si el presidente comería allí.

Revisaba el periódico minuciosamente para estar al tanto de las actividades oficiales y de sus horarios.

Evitaba las calles en las que vivía su familia.

Huía de las zonas cercanas al Palacio de Miraflores, a la Casona, al aeropuerto de La Carlota.

Borré mi número de teléfono de la guía telefónica y lo puse privado porque imaginaba que él escogía un número al azar para hacer campaña y salía el mío.

La idea de escuchar su voz en el auricular me angustiaba mucho.

Alguien me dijo que eso no iba a pasar jamás. Tiene secretarias. Él no marca personalmente cuando llama. Mi respuesta era la de siempre.

Así pasaron los años, la sangre, la cárcel, el siniestro por ahora, el dolor.

Más de siete plagas cayeron y dejaron a Caracas con el aspecto de una mujer que fue bella alguna vez. Bella de lejos. Ajada y sin dientes de cerca.

Cercenada, mancillada, mustia.

Yo lo sabía por la tele. Escuchaba las noticias en otro idioma y veía imágenes de la ciudad que tanto amé. Ciudad desportillada.

Eran los últimos días de democracia y no lo sabíamos.

También por la tele supe cómo lo ruin rompió las formas delante de la Constitución. Apagué el aparato indignada y con prisas.

Tenía que tomar un vuelo e iba con retraso.

Facturé, compré agua, revistas, chicles.

Busqué un sillón en el pequeñísimo salón de espera de los viajeros frecuentes.

Desde una esquina unos brazos aspearon.

Froté mis párpados. No era un espejismo. Era él.

Y me aspeaba a mí.

Él y yo atrapados en una habitación con butacas de cuero, periódicos, canapés, champaña, vino, cerveza, un par de mesoneros.

Por un momento creí escuchar que me susurraba con sorna: al fin solos.

Me senté temblorosa lo más lejos que pude y me atrincheré detrás del periódico más grande.

Esto, me dije, acabará cuando llamen a embarcar.

Pero no. La sala de espera era el principio de la larga jornada que compartiría con mi enemigo de infancia, con mi fobia más paralizante, con el cambiador de paisajes.

Porque tomamos el mismo vuelo y se sentó justo detrás de mí. Porque tomamos el mismo aperitivo, el mismo almuerzo, la misma cena, el mismo desayuno y la misma conexión. Porque en aduana hicimos la misma fila, esta vez él delante.

Fue entonces cuando todo cambió.

Carlos Andrés Pérez dio media vuelta, me miró de frente y me dijo: Señorita ¿tiene usted un bolígrafo que le sobre?

Una flecha ácida subió disparada desde mis pies hasta la garganta.

Iba abrir la boca para decirle, sí, sí que tengo, pero no te lo presto, porque me caes mal, porque me robaste mis paisajes, porque mira todo lo que está pasando por tu culpa, porque subí escaleras como una enajenada, porque he pasado catorce horas volando con las orejas calientes y la boca seca.

Pero vi que la bota de su pantalón tenía el ruedo descosido, que su chaqueta estaba arrugada, que su maletín tenía las esquinas peladas, que en su camisa había una inmensa mancha de tinta azul.

No dije palabra.

Le di mi bolígrafo pensando que si me daba las gracias aspeando los brazos, lo estrangulaba.

Me agradeció amable, cansado, vencido.

Sentí mucha pena.

Él también era un paisaje asolado.

Hoy mis pies siguen tocando el piso en otro suelo, otra tierra.

Mis dedos ya no pinzan cigarros, aporrean teclas.

Mis ojos llevan una marca de monte verde por dentro.

Aunque miren a Cibeles.
Y recuerdo con aceptación y aprendizaje al hombre que fue una fobia y que una noche madrileña regresa a nosotros como risas por las anécdotas compartidas, como parpadeo, como trago grueso, como clave de algo, como incompresible suspiro consonántico.
La historia no para de escribirse y reescribirse en nuestros ojos.

Lenayau@gmail.com