• Caracas (Venezuela)

Lena Yau

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Lena Yau

Avena sobre Kafka

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A todos los estudiantes.
A Bassil y Robert que siempre estarán.

El mundo ancho y ajeno convive con el mundo pañuelo. Dos frases que se persiguen. Saltan una sobre la espalda de la otra para desdecirse que es, al mismo tiempo, su forma de confirmarse.Una especie de juego de pelota lingüístico: atrápame para que no me atrapes.
Estos días los países del globo terráqueo se van pintando de tricolor con estrellas. Los mapas se encienden con puntitos amarilloazulyrojo que dicen: aquí vive un venezolano, a este venezolano le importas, somos tu voz.

Escribo esto desde 6.000 kilómetros que no son distancia. Basta encender el ordenador para hacer de él mi balcón al país. Corro la cortina y veo a María Eugenia, a Carlos, a Gabriela, a Pepe, a Johnny, a Gladys, a Venancio, a Lucía, a Felipe, a Coromoto, a Joao, a Jessica, a Franklin, a Pili, a Gorka, a Fátima, a Paolo. Cuando cantan asoman sus dientes blancos, algunos llevan un piercing en la nariz, en la lengua, en el labio. Tienen días sobre el asfalto pero se les ve frescos. Pulso un botón y corren para esconderse de los perdigones. Pienso: ayer eran niños jugando al escondite. Pincho un enlace y se llevan la camiseta a la nariz luchando contra los gases. Pienso: tendrían que estar en clase esquivando taquitos de papel.

Empiezo mi día con ellos muy temprano y lo acabo con ellos también. Todos están en mi casa. Quiero marchar con ellos. Lo hago tecleando.

Como ahora. Cada tecla presionada es un paso que va acompañándolos. Es la hora del cole. Vuelvo a mi aquDejo mi marcha de letras y apuro a Adrian:

- Come rápido, te deja el transporte, hoy tienes exámenes, aliméntate bien.

Su bigote de leche me pregunta por los chicos de “allá”.
Están, le digo. Siguen.

Lo dejo en el bus y de regreso reanudo mi marcha frente al plasma. Miro mi escritorio. Sobre un libro de Kafka descansa mi desayuno: un cuenco de avena.

Avena sobre Kafka.

Es un buen título para muchas cosas: para un cuento, para una paradoja, para una carta de amor. Para la ucronía: ¿Qué piensa Kafka estudiante de lo que ocurre en Venezuela? O para una angustia más: ¿Estos chamos estarán desayunando?
Hoy mis pisadas tecleadas siguen hablando poesía y comida, de palabras y alimentos. Los estudiantes nos nutren con una literatura que escriben en la calle.

Los venezolanos que vivimos fuera de ese casi millón de kilómetros cuadrados vibramos con ellos. Los aplaudimos, abrazamos el aire para hacerlos nuestros. Admiramos su gallardía, nos rendimos ante el ejemplo, aprendemos al verlos. Sentirlos es recuperar la esperanza en la reconstrucción de Venezuela. Nuestra gratitud cubre todos las formas coloreadas del mapamundi. Todos los cielos. Toda el agua. No hay kilómetros que nos separen de ellos.