• Caracas (Venezuela)

Leandro Area

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Leandro Area

¿Ingenuos o caribes?

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Nada es gratuito y hasta la ingenuidad tiene taquilla asegurada. Al menos eso infiero de la afirmación hecha por José Ortega y Gasset en su libro La rebelión de las masas (1927), según la cual: “…El engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad”. Claro que ello no me permite concluir que por cándidos hayamos sido mentidos por sus páginas, las que a pesar del tiempo transcurrido crecen actuales y provocadoras.

Las ideas de Ortega, tan españolas ellas, universales hoy, están cargadas de parentela, imágenes y preocupaciones cercanas a los que ahora vagamos por este laberinto de Hispanoamérica que padecemos de frustración ante tantas promesas desgajadas y mitos delirantes como aquél de “El Dorado” y  cuya realidad se encuentra atascada entre un pasado que nos abstrae del porvenir, un presente excesivo y áspero, y un futuro vacío por incierto e interrogante.

Pero para ser justos con el español, lo que él plantea o yo creo entender, es el tema de la “masificación” como tendencia, atajo y realidad de un tiempo de contracción de la individualidad, producto de la crisis del Estado Social de Derecho en tanto administrador de los bienes públicos y como consecuencia además del desborde del malestar social convertido en movimientos políticos fundamentalmente no democráticos.

Lo cierto es que en todas las teorías políticas de nuestro tiempo, las masas, el pueblo, los descamisados, los condenados de la tierra, los pobres en suma, han sido elevados en una especie de lástima inconclusa, culpa eterna, hasta el panteón de la idolatría al ser considerados junto a la violencia como los actores privilegiados en los partos históricos que implican ruptura de cordón umbilical con el viejo orden, siempre injusto, partiendo del presupuesto ilusorio y propagandístico de que todo puede comenzar de nuevo cual Edén. Que el pasado es capaz de borrarse a través de algunas genuflexiones frente a la guillotina o el sórdido levanten-apunten-fuego de los fusilamientos, las cámaras de gas, los juicios de los Tribunales Populares o las persecuciones, las expropiaciones o las mentiras, de lo más constitucionales todas ellas.

A todas estas, la democracia, muy elegante y circunspecta, ha sido más que alcahueta y timorata con sus enemigos y por ende más frágil y propensa a zancadillas y perfidias. Debilidad política que no le ha dejado ver y actuar a tiempo, cara a errores propios y vicios ajenos, frente a unos energúmenos que anclados en el barco taimado de la revolución, ganan acólitos para su indigestión en un tiempo propicio para ello, donde se conjugan a su favor el crecimiento de la pobreza y las desigualdades, la corrupción, la impunidad y el desdén por los principios en los que se sustenta la vida en democracia.

La masificación aquí y allá, lo digo por y con Ortega, nos ha hecho, si así puede inferirse, ciudadanos estúpidos, sinónimo este de insensatos, propiciadores además y voluntarios del engaño, y en todo caso complacientes con nuestra pérdida de individualidad que es a fin de cuentas, libertad, y todo a cambio de hacernos irresponsables, inmóviles, de lo que ocurre a nuestro alrededor, bajo el paraguas pendenciero del “nosotros”.

La ingenuidad política se cobra en la taquilla del engaño con moneda barata y humillante, ya que no media soborno alguno, todo se hace a gusto de las partes. Que de ello tenemos y sabemos de sobra en Venezuela cuyo modelo se ha convertido en epidemia para ser reexportado en envase de lujo, ahora al viejo continente.