• Caracas (Venezuela)

Leandro Area

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Leandro Area

Depredadores

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Los verbos nos definen, dan sentido a la realidad y a la imaginación aunque la abstracción no necesite narrativa. Hacen que las conexiones del entendimiento funcionen, que para eso sirven, y sin ellos seríamos sujetos aplazados, complementos en el aire, alucinaciones, limbo. Al principio era el Verbo.

Los hombres y las sociedades, a diferencia de los animales, que solo cazan para subsistir, podrían ser clasificados por los modos  en que satisfacen y administran sus necesidades. Tener, acumular y su pariente íntimo poseer, en el sentido de adueñarse del otro, hacen la diferencia entre dos tipos de sistemas políticos, a saber, la democracia y la dictadura.

El primero de ellos trata de convencer, es verdad que no siempre por caminos cristalinos, a través de un liderazgo que debe encarnar un proyecto político específico de libertad, prosperidad y seguridad, mientras que el segundo se impone, encuentra razón de ser en la violencia, tóxica partera de la historia, en la derrota o aniquilamiento del otro que no es sino obstáculo, enemigo, nada, que solo si obedece tiene derecho a respirar.

El morbo de poseer depende de mantener vivo lo poseído si no se extinguiría el objeto del placer que emana de la relación amo-esclavo. Por eso enjaulan todo en rededor, en espectáculo para mostrar sus mercancías, cual botín de saqueo. Todo se confina, limita, traga. Desde los símbolos y los mitos colectivos, pasando por los conculcados derechos ciudadanos, hasta la restricción del acceso a los productos básicos de la alimentación, la circulación de personas, bienes y servicios, la higiene personal y la auto-estima. El goce de la araña.

Venezuela, después de tanto histórico esfuerzo, ha caído en manos de estos depredadores que de sol a sol nos mandan y atiborran de mentiras y trucos y que solo desean una cosa: aquello que no es de ellos. El verbo que mejor los desnuda es el de poseer indebidamente porque se retuercen de la más cochina envidia por lo que jamás llegarán a ser más allá de sus instintos destructivos.

El poder en manos indebidas es el más peligroso de los verbos humanos ya que lo convierte en el más dañino y epidémico instrumento de desdicha colectiva.