• Caracas (Venezuela)

Leandro Area

Al instante

De Colón a Maduro

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Cuando se insiste caviloso y cabizbajo, pero no por ello falto de motivación y esperanza, en el análisis de las razones profundas por la que hemos llegado a este llegadero de país que ni siquiera es sombra de a lo que la gran mayoría aspira, irremediablemente se divisan algunas constantes, afluentes históricos, que vale la pena recordar en ejercicio de memoria crítica del pasado entre las cuales elegí algunas para refrescarlas en voz alta y discurrir en público.

La primera se encuentra en la razón y origen de nuestro descubrimiento, violencia-sumisión, y la carga cultural que desde allí nos define como territorio sorprendido y ocupado y, por lo tanto, impropio, agregándosele conquista, colonia y turbulencia del pensamiento y de la acción criolla, enfrentada a ambiciones y veleidades políticas imperiales, económicas y religiosas, así como sociales, tantas veces ajenas y humillantes.

Luego vendría la guerra por la independencia, la transformación de los nexos simbólicos y de los lazos afectivos e íntimos vinculados a la historia común con nuestra madre patria. Se trata del tiempo del destete inexperto de los nudos políticos, económicos y de los lazos psico-sociales seculares. Herida no curada plenamente esa de nuestro parto indeseado donde quedamos huérfanos de referencias ante nuestro destino siempre transitorio, a zancadillas, empalagados de libertad presuntuosa aunque legítima. La madre sustituta o padre, Estados Unidos, tardaría aún en aparecer en la emoción inmadura de lo que todavía y aun seguimos siendo adolescentes.

Cortado el cordón umbilical, realengos en el patio trasero de la casa, daríamos rienda suelta a uno de nuestros entretenimientos y cultos preferidos: el caudillismo, cuya única manera de frenar era, es, sedándolo por las buenas o por las malas, es decir, a través de la dictadura aglutinadora del poder disperso y desarticulado, o repartidora de riquezas y demás privilegios a cambio de obediencia.

Bolívar, caudillo de caudillos en su momento, es un ejemplo de ello, el Padre de la Patria, nuestra segunda orfandad culposa, odiado en Venezuela, expulsado de Colombia, que fue lo que más le dolió porque era a la que más amaba de sus hijas. Todavía cargamos con esa doble culpa parecida a las tragedias griegas.

En sintonía, se asoma otra constante, que es la del paisaje, el clima, el espacio, el territorio, las riquezas en todas sus versiones, la mina que no hemos dejado de ser. La imagen. Petrocaribe es un ejemplo de ello y no el más trascendente. La naturaleza, pues, como microcosmos para penetrar y entender en cada época cómo, qué y con qué ojos mira quién nos mira.

Primero lo fue como Edén bíblico transformado por Colón en Tierra de Gracia; luego el Dorado que vendría a ser la versión corsaria de lo descubierto: América, como botín; tercero, la nueva visión y lectura de las tierras equinocciales provocada por Humboldt y su reencuentro con estas latitudes que rejuvenecen el viejo continente, necesitado de mitos, turismo espiritual, peregrinación, busca de valores, cansancio y esperanzas, contacto reciclado pero no transformador de la visión que en el mundo imperaba, impera, sobre nuestra realidad.

En esa perspectiva, así mismo, nuestros afanosos vecinos, por ejemplo Colombia antes que nadie, agréguele Guyana aunque a lo lejos, apoyada ahora por todos los imperios, aprendieron rápido de nuestra debilidad y han invertido de manera constante en la rapiña, si no, fíjense ahora. La paz en Colombia y mi nuevo mejor amigo quedan pendientes en oportunidad de espacio, pues también entran como temas pendientes en este negociado.

Pasado el tiempo, entre unas cosas y otras, comenzó a vitorearse aquel ¨Yankee go home” tan presuntuoso él, casi que de estrella de rock, que nos llevó sin saber que allí terminaríamos a ser colonia de La Habana. Puede que todo esto sea verdad, pero más lo es todavía que nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.

Remachando: del limbo, pues, pasamos al Edén, Tierra de Gracia; de allí al botín corsario hecho Dorado; después con Humboldt y Bonpland ascendimos a niveles de éxtasis momificado a través de flores, pájaros e insectos y radiantes dibujos al menú de golosos y exquisitos viajeros y demás ambiciosos de materias primas y de distancias húmedas y aventuradas que requerían de nuevos descubrimientos, románticos exploradores y negociantes avezados. Y, como si no nos cansáramos de los orígenes, la Gran Venezuela de la era democrática y lo que somos hoy, este inútil barril de nada, con todo y sus distancias, son formaciones geológicas de una misma cordillera aunque en eras distintas, lo que nos explica y lee que uno solo es el tema en diversas versiones.

El petróleo fue, es, el detalle que faltaba, la guinda de la torta con la que repetir el pasado. Causa y consecuencia de la narrativa que de nosotros se tiene desde siempre y, en consecuencia, la que nosotros tenemos de nosotros mismos como herencia implacable. Es el petróleo, su papel geoestratégico y sus precios, en definitiva el que se ha apoderado de nuestra manera de ser, de existir y convivir y ni se diga de mirar hacia el futuro.

Son los aquí esbozados, en mi opinión, algunos de los afluentes más relevantes en la constitución de nuestra historia versátil y repetitiva, y en la construcción de nuestra cotidianidad que habría que reformular y reconstituir en sus bondades para ayudar a levantar el puente que nos saque del atolladero que no es coyuntural ni siquiera estructural, sino existencial, en el que nos encontramos hoy en Venezuela.